La tribuna de Jesús Alfaro

¿Hubo alguna vez un populismo bueno?

Las encuestas siguen reflejando el ascenso de Podemos. Es el partido más votado, incluso donde no tienen previsto presentarse. A la vez, se les han acabado los cien días de gracia. Sobre todo porque a los del PP les ha dejado de hacer gracia, valga la redundancia. Creían que – como en el poema de Bertolt Brecht – sólo “iban a por los otros” (PSOE e IU) y resulta que se están llevando votos de UPyD y swinging votes de PSOE-PP. De modo que aunque el PP conserve la primera posición, no podrá formar mayorías ni aliándose con UPyD y Ciudadanos. Así que los Marhuenda pasan al armario y entran otros a señalar las debilidades del nuevo partido. 

El PP ha renunciado a regenerarse y a liderar la regeneración. En el PSOE no tienen ni media idea y, cuando la tienen, mejor que se la guarden

Para los que hemos considerado, desde el principio, que Pablo Iglesias no tiene media bofetada y que su ejecutiva son un grupo de buenos agitadores sociales sin nada de lo que convencernos, los últimos acontecimientos no pueden ser más tristes. El PP ha renunciado a regenerarse y a liderar la regeneración. En el PSOE no tienen ni media idea (excepto éste) y, cuando la tienen (art. 135 CE), mejor que se la guarden. Y los de UPyD van a hacer que gente moderada que les hubiera votado, acabe votando a Podemos.

Porque las encuestas pueden convertirse en una self-fulfilling prophecy  si, a la vista de la evolución de Podemos, una parte de los votantes que quiere votar “útil” acaba convencida de que Podemos representa el único voto útil para encauzar el inmenso enfado de la Sociedad española con sus políticos y demás élites. Si Rosa Díez se aplica la famosa regla de Weber sobre la ética de la responsabilidad, y lo que acabamos de decir tiene algo de plausible, que tenga en cuenta que ella será responsable, en significativa medida, del triunfo de Podemos.

Podemos está haciendo todo lo que hay que hacer para entrar en una decadencia rápida y dolorosa

Por ahora, y sin embargo, Podemos está haciendo todo lo que hay que hacer para entrar en una decadencia rápida y dolorosa. Como no podía ser de otra forma, su ejecutiva tiene un pasado y no el de Bergoglio precisamente; sus propuestas se han revelado inviables cuando no peligrosísimas para la libertad y, cuando se está en lo más alto, el principio de reversión a la media, conduce a que no se pueda sino caer.

Pero este estado de cosas puede cambiar. Si los de Podemos son tan listos como cree Marhuenda, deberían darse cuenta de que la única forma de evitar esa caída pasa por convertir su populismo de perfecto-idiota-latinoamericano en populismo a la Roosevelt. El primero reúne todas las características deleznables del populismo que tan bien describió hace poco Álvarez-Junco. El populismo à la Roosevelt, por el contrario, reforzó la legitimidad del capitalismo reduciendo algunos de sus rasgos más odiosos; aprovechó una crisis económica mucho más pavorosa que la actual para aplicar un programa que tenía como objetivo despatrimonializar al Estado y reforzar su función de garante de los derechos de todos.

El único populismo aceptable es el de Roosevelt. Ni el de Kirchner ni el de Chávez

Y es que, en efecto, la única versión potable de los populismos es la que integra a los ciudadanos de a pie en la vida pública; la que impide los contubernios entre las élites económicas, sociales y políticas que resultan en pactos colusorios donde los perjudicados son los ciudadanos, y la que no santifica a los grupos – por muy populares que sean – que pretenden vivir a costa de los demás. El populismo a la norteamericana es – en su versión más edulcorada – el de las películas de Capra; el de la Economía que incluye a todos y el de la política despegada de los grupos de interés. Una vez más, Zingales nos lo ha traído al presente en su libro “A Capitalism for the People

En el primer capítulo, Zingales explica la singularidad norteamericana frente a los países centroeuropeos: la democracia precedió a la creación de un Estado fuerte. Eso tuvo consecuencias buenas y malas. Las malas, que EE.UU no tuvo una burocracia a la prusiana y los depredadores se apoderaron del Estado. Es la época de los robber barons y el clientelismo rampante en la política. Las buenas, que, como no había mucho que ganar en acercarse a los políticos porque el Estado era pequeño y débil, la gente se dedicó a ganarse la vida creando negocios, lo que podía hacerse fácilmente porque había mucha tierra disponible hacia el Oeste. Los que crean negocios son, normalmente, deudores, no acreedores, de manera que los norteamericanos se aseguraron que los financieros no estarían nunca al mando. Su régimen de quiebras es el más bondadoso con los deudores y su régimen de control de los bancos y las grandes empresas, el más draconiano del mundo. Tuvieron la primera legislación antimonopolio y separaron, desde los años treinta del siglo XX, el negocio de asesoramiento e inversión del negocio bancario tradicional de servicios de pago y préstamo a los particulares. Los políticos, apoyados en los votantes, pudieron mantener a raya a los poderosos en sus intentos de apropiarse del Estado. Entre Main Street y Wall Street, ganó la primera. Y todo eso pasó porque los americanos odiaban la concentración de poder y siempre tuvieron un sesgo “antifinanzas” que favoreció la economía real sobre la financiera. El segundo capítulo cuenta la historia del “asesinato” de Horacio Alger.

El único populismo aceptable es el de Roosevelt. Ni el de Kirchner ni el de Chávez. O Pablo Iglesias hace lo que hizo Felipe González y le da una patada a todas las sandeces lunáticas que han incluido en un programa hecho a base de slogans generados para adular a los más imbéciles de los del pueblo, o haremos bien los españoles en repetir con el PP.


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