La tribuna de Jesús Alfaro

Necesitamos fábricas de ideas

Como no se cansa de predicar Javier Santiso, España es un gran país en muchos aspectos. No es el primero en casi nada (salvo trasplantes y turismo de sol y playa, aceite de oliva y algarrobas) pero figura bien situado en numerosas clasificaciones. Por ejemplo, nuestras Universidades son mediocres, pero la mitad de ellas figura entre las mil primeras del mundo; el sistema sanitario español es uno de los más eficientes del mundo; el número de jóvenes con grado universitario es también relativamente elevado; disfrutamos de las infraestructuras físicas más modernas del mundo; nuestros científicos – aunque pocos – son relativamente productivos y España contribuye significativamente a la producción científica mundial. Nuestro sistema MIR de formación de médicos es modélica y aumentan las voces que piden su extensión a las oposiciones jurídicas y docentes. De los deportistas podemos estar orgullosos ya que hay especialidades en las que somos, directamente, “dominantes”. Y estamos entre los países del mundo que más inversión extranjera reciben. España no destaca por la desigualdad en la riqueza.

Nuestro problema, al respecto, es que la clase media ha forzado a los políticos a recortar en atención a los pobres. Pero nuestros ancianos se cuentan entre los más felices del mundo. Somos campeones en la producción de alimentos y en la elaboración de comida. Nuestras empresas de distribución son muy eficientes y las de construcción y obras públicas – aunque les queda mucho por hacer en materia de transparencia y cumplimiento normativo – también se cuentan entre las más importantes del mundo. Disfrutamos de muchas instituciones que funcionan como las mejores del mundo, desde la policía – aunque sobredimensionada – hasta el sistema de pagos (nuestros bancos – no las cajas – soportan bien la comparación internacional) pasando por las escuelas de negocio, los despachos de abogados, los hoteles o la consultoría empresarial. Hay servicios públicos de algunas Comunidades Autónomas que funcionan muy bien pero son todavía islas en un océano de mediocridad.

Lo peor de España es que no hay think tanks que merezcan tal nombre. Tenemos menos de una tercera parte de los que tiene Francia y ninguno muy bien situado a nivel internacional

Lo peor de España, en este sentido, es que no hay think tanks(“tanques de pensar” o “fábricas de ideas”) que merezcan tal nombre. Tenemos menos de una tercera parte de los que tiene Francia y ninguno muy bien situado en los rankings internacionales y, entre los que aparecen en las listas, ninguno tiene envergadura o capacidad de producción e influencia suficientes. Además, no son especialmente independientes bien porque son “adosados” de partidos políticos o porque viven exclusivamente de fondos públicos. Y es una pena, al menos, por dos motivos. 

En primer lugar, los tanques de pensar son imprescindibles en sociedades que han salido del subdesarrollo y que, para mejorar, requieren de un gran talento en el diseño y en la ejecución de las políticas públicas. La Administración Pública española (especialmente la de las Comunidades Autónomas) no dispone de los medios intelectuales para diseñar, por ejemplo, una política de desarrollo de las energías renovables o una política de empleo que mejore la empleabilidad o de fomento de la inversión en el sector tecnológico (venture capital), o una política de tratamiento de las aguas residuales o de prevención de incendios forestales o no puede diseñar los procedimientos administrativos de manera que se minimicen los costes para los ciudadanos de relacionarse con la Administración etc. Nuestros maestros no aprenden casi nada (porque las escuelas de magisterio son un desastre y porque, cuando acaban, no vuelven a hablar con nadie que no sean sus alumnos y los padres de éstos). Cuando los políticos elaboran sus programas electorales y cuando ponen en marcha medidas legislativas, los errores (“consecuencias no pretendidas”) se multiplican y eso en el caso de que presumamos que actúan de buena fe y en el mejor interés de la Sociedad en su conjunto. Con mucha suerte, el político habrá puesto al frente del proyecto a alguien inteligente y con los conocimientos suficientes como para llevarlo a buen puerto (por ejemplo, el ingeniero que construyó la M-30 subterránea). El elevado poder que tiene el Ejecutivo en nuestro sistema constitucional (que es idéntico para los presidentes de Comunidades Autónomas y Alcaldes) permite al Presidente del Gobierno llevar a cabo sus proyectos si dispone de una mayoría en el Parlamento. Pero España no dispone de información y estudios de alto nivel previo (libros blancos, marrones, verdes, naranjas etc.) que permitan reducir los riesgos de adoptar políticas equivocadas (y someterlas a un análisis coste-beneficio) y, sobre todo, aumentar las probabilidades de acertar en ellas.  En consecuencia, se ensaya muy poco y no se aprende de las experiencias fallidas y de las que salieron bien cuando no se suceden las improvisaciones y las ejecuciones chapuceras.

Las fábricas de ideas pueden contribuir mucho a limitar el poder de los políticos para vender cualquier estupidez como una “política”

La segunda consecuencia penosa de la ausencia de tanques de pensamiento es que la discusión pública es de muy baja calidad. Las discusiones entre políticos (y periodistas) son un recitado de consignas en el mejor de los casos y de insultos o tonterías en el peor. Pero es que el nivel de los que participan en la discusión pública no es mucho mejor. Al margen de los “literatos” que nos divierten y nos hacen pensar, un político no puede formarse una opinión sobre cualquier tema que tenga una mínima carga técnica leyendo los medios de información general. Y la lectura de los artículos reservados a expertos rara vez incorporan sabiduría técnica como para mover en algún sentido la discusión acerca de problemas sociales, económicos o políticos importantes. Nuestros opinadores dicen muchas tonterías impunemente. Las fábricas de ideas pueden contribuir mucho a limitar el poder de los políticos para vender cualquier estupidez como una “política” y pueden hacerlo publicando estudios sobre tales políticas y evaluando las existentes para destacar las “mejores prácticas” y promover su extensión, sobre todo, a través de estudios “no-solicitados” sobre los resultados alcanzados y la relación entre el coste y los beneficios sociales de su implementación. Basta con que intervenga alguien con reputación en un debate para que las sandeces más groseras dejen de decirse

Además, los think tanks sirven para coordinar a los que saben de algo; para aprovechar toda la capacidad intelectual de los que trabajan en ámbitos muy diversos como la Universidad, la empresa privada, las instituciones públicas o la sociedad civil en general ¿Quién puede ayudar a mejorar la gestión administrativa mejor que el que inventó el just-in-time? ¿Quién puede ayudar a diseñar políticas activas de empleo que funcionen mejor que los que dirigen las empresas de trabajo temporal o los jefes de recursos humanos de compañías con decenas de miles de empleados o los que han estudiado el modelo danés en profundidad? Aunque nuestros políticos fueran unos merluzos con título universitario, si fueran mínimamente honrados y dispusieran de mejores estudios elaborados por gente experta, tomarían decisiones más razonables. 

Me dicen que cambiar el régimen fiscal (deducibilidad de donaciones) ayudaría a financiar estos tanques de pensamiento. Supongo que no lo haremos. 


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