La tribuna de Jesús Alfaro

¡Malditos ricos! ¡Dejad de prestarnos vuestros ahorros!

Fuente: Michael Kumhof, Romain Rancière, y Pablo Winant Inequality, Leverage, and Crises

Mian y Sufi explican que las grandes recesiones van precedidas de un incremento de la deuda de los hogares incurrida para adquirir viviendas. Como mucha más gente está en condiciones de acceder al crédito, se incrementa la demanda de viviendas y la oferta responde construyéndolas. Cuando las familias endeudadas para comprarse el piso prevén una reducción en el valor de éste, dejan de gastar. Al hacerlo, reducen la demanda agregada de modo que los que les venden productos, dejan de fabricarlos y reducen sus precios y despiden gente lo que reduce aún más la demanda porque los desempleados (aunque no estén endeudados y no han sufrido una reducción significativa del valor de sus viviendas) también reducen su consumo. El proceso se convierte en una espiral infernal de deflación y desempleo

La burbuja sólo se forma si los pobres son más optimistas sobre el valor futuro de las casas que los ricos

¿Y los ricos? Los ricos tienen buena parte de su riqueza en activos financieros (acciones, obligaciones) y con estos ahorros y a través de los bancos, ponen el dinero para que el pobre se compre la casa. Cuando la casa baja de valor, el pobre – propietario/deudor lo pierde todo y el rico recupera lo prestado mediante la venta de la casa. La burbuja sólo se forma si los pobres son más optimistas sobre el valor futuro de las casas que los ricos. Aunque los ricos sean más pesimistas, en la medida en que están asegurados frente a la depreciación de la casa porque tienen una garantía hipotecaria, prestarán el dinero a esos pobres locos que creen irracionalmente que la casa será siempre suficiente para devolver el préstamo. Bueno, estos pobres no eran tan locos. Esa creencia era racional cuando teníamos la peseta, porque su devaluación era segura. De manera que el precio de la vivienda no caía en términos nominales y la deuda, por el principio nominalista, era cada vez menor en términos de valor de compra. Los pobres de países con inflación y gobiernos manirrotos podían endeudarse – pagando tipos muy altos de interés – en la seguridad de que nunca se verían abocados a la quiebra porque su deuda hipotecaria acabaría “comida” por la inflación y la devaluación de la moneda, muy superior a cualquier posible escenario de pérdida del valor del inmueble adquirido. Cuando la moneda es el euro, esa devaluación de las deudas no se produce

En el trabajo del que se han sacado los gráficos, los autores elaboran un modelo que añade a lo que acabamos de explicar la evolución de la desigualdad en los ingresos. Según estos autores, las crisis se desatan como consecuencia de la decisión racional por parte de los más pobres –y sobreendeudados– de dejar de pagar sus deudas. La decisión es racional porque se adopta comparando las posibilidades que tienen, por un lado, de verse liberados de las deudas tras el correspondiente procedimiento concursal o ser “salvados” por el Estado con, por otro lado, los costes de dejar de pagar (no más crédito, embargos de ingresos futuros). Los pobres siempre pierden porque su sobreendeudamiento genera la crisis y, con la crisis, se reducen especialmente sus posibilidades de obtener ingresos por el aumento del paro y la reducción de la actividad.

Si, durante décadas, en una Sociedad hay una gran desigualdad en los ingresos, los pobres y clases medias no podrán acceder a los activos de gran valor en propiedad sin recurrir a la financiación bancaria

Lo interesante es el papel de los ricos en estas crisis. Recuérdese que las crisis van precedidas de un sobreendeudamiento de los pobres y clases medias. Pero la pregunta es ¿por qué se produce este sobreendeudamiento en primer lugar? Aquí es donde entra la desigualdad en los ingresos. Si, durante décadas, en una Sociedad hay una gran desigualdad en los ingresos, los pobres y clases medias no podrán acceder a los activos de gran valor (básicamente vivienda) en propiedad sin recurrir a la financiación bancaria o reducir drásticamente su consumo. Aunque haya crecimiento económico durante algunos años y el precio de esos activos aumente, el aumento de los ingresos de los pobres y de las clases medias será insuficiente para evitar dicho endeudamiento.

Si los ricos han ganado mucho dinero en esos años, se encontrarán con que han ahorrado mucho porque, simplemente, no podrán gastárselo y acumularán mucha riqueza financiera. Y querrán invertirla de forma que no la pierdan si se produce un descalabro o crisis financiera. La forma de hacerlo es prestarle el dinero a alguien con garantías sobre los activos financiados con esa deuda. De esa manera, si el deudor viene a peor fortuna y no tiene ingresos para pagar la deuda, el riesgo que corren los prestamistas es limitado porque pueden ejecutar la garantía. Todo el riesgo de depreciación de la garantía recae sobre el prestatario y sólo empieza a cargar con él el que ha prestado el dinero si el valor de la casa hipotecada es inferior a lo que falte por devolver del préstamo. De manera que cuanto mayor sea la riqueza financiera acumulada por los ricos, mayores sus incentivos para financiar a los pobres y, gracias a la garantía sobre el activo adquirido por los pobres y a que los ricos han ganado mucho y, por tanto, tienen mucho para invertir, para exigir un tipo de interés muy bajo.

O sea que para que una crisis financiera estalle necesitamos, simplemente, que durante algunas décadas de crecimiento, la distribución de los ingresos sea muy desigual y que los pobres quieran acceder a la propiedad de viviendas sin ver reducidos sus niveles de consumo, para lo que deberán endeudarse. Los ahorros acumulados por los ricos se convertirán en préstamos hipotecarios que se concederán, progresivamente, a deudores con mayor nivel de riesgo de impago y en mayores cantidades individuales. Cuando estalla la burbuja, los pobres son liberados de sus deudas – en EE.UU, no en España – y los ricos se hacen con los activos financiados y que han servido de garantía con lo que la desigualdad se refuerza.

Para el caso español, lo interesante es comprobar que los contribuyentes españoles han salvado a los acreedores y, en menor medida, a los deudores

En los detalles, hay muchos otros elementos que influyen en la gravedad y los efectos de las crisis, desde las innovaciones financieras al grado de movilidad social pasando por la solidaridad intergeneracional (los padres pueden estar entre los ricos y actúan como aseguradores de la deuda de sus hijos). Y el modelo puede trasladarse a las relaciones entre países acreedores y países deudores. Para el caso español, lo interesante es comprobar que los contribuyentes españoles han salvado a los acreedores y, en menor medida, a los deudores. Dado que los acreedores eran los ricos y los deudores los pobres, ni siquiera un buen sistema fiscal que redistribuya de manera importante a favor de los pobres puede compensar los efectos del sobreendeudamiento de los pobres. Y, en el caso de España, la cosa ha sido mucho peor porque nuestro Estado del Bienestar no redistribuye significativamente hacia los más pobres ya que nuestros pensionistas y nuestros desempleados no pertenecen al 10 % más pobre de la población. Y la legislación (la contractual, la bancaria y la concursal) es muy protectora de los acreedores, especialmente, de los que disfrutan de garantías reales. La paradoja es que si salvamos no solo a los depositantes bancarios (como hemos hecho con el rescate a las Cajas de Ahorro) sino también a los que prestaron dinero a los bancos (los que compraron la deuda de los bancos incluidos los preferentistas), estaremos reforzando la desigualdad social a costa del contribuyente. De ahí la importancia de un régimen concursal para las familias especialmente bondadosoque, una vez más, el gobierno no ha puesto en marcha con la reciente reforma de la Ley Concursal: porque el estallido de las burbujas y el saneamiento del sistema financiero no reduce significativamente el endeudamiento de los particulares pero sí sus incentivos para volver a empezar si sus futuros ingresos se los van a quedar los acreedores.


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