La tribuna de Javier Herreros Martínez

Miguel Delibes o la permanencia de una literatura

Se cumplen cinco años del fallecimiento de Miguel Delibes Setién, uno de los narradores más excepcionales de la literatura española. Su obra alumbra la novela escrita en España durante cincuenta años. Desde La sombra del ciprés es alargada (1947) a El hereje (1998). Considero que son varias las causas de su grandeza y de su inmortalidad como escritor. En primer lugar, la humanidad de sus personajes, bondadosos y sencillos, recordemos el Mochuelo, el Nini, el señor Cayo, Paco el Bajo, entre otros. Unos seres de ficción que parecían de carne y hueso; en ese talento creador, de figuras llenas de verdad humana, se advierte el aliento de Cervantes y Galdós, los grandes maestros de la narración en letras hispanas.

Delibes sobresale por ser un novelista en cuyas obras se perciben una serie de asuntos éticos, esenciales para el ser humano: el respeto y cariño por la naturaleza y los pueblos

En segundo, Delibes sobresale por ser un novelista en cuyas obras se perciben una serie de asuntos éticos, esenciales para el ser humano: el respeto y cariño por la naturaleza y los pueblos, la solidaridad, el afán de justicia, la inestabilidad familiar, la huella de la infancia como forjadora del carácter, la religión, y en conexión con estos dilemas Parábola de un náufrago (1969) o Las guerras de nuestros antepasados (1975) aparecen como creaciones que nos llaman a meditar, pero sin ninguna pretensión moralista o dogmática.

En tercer lugar, la tolerancia en la producción narrativa delibiana: en personajes, que oscilan del empresario Cecilio Rubes al Ratero; en espacios, desde la ciudad, en Señora de rojo sobre fondo gris (1991), al entorno rural de El camino (1950); en personalidades, que van del idealista Cipriano Salcedo al egoísta señorito Iván.

En cuarto, Delibes, como todo gran creador, posee un estilo propio y, en este sentido, resulta clave en sus obras el empleo del léxico coloquial, que impregna de viveza y espontaneidad unos diálogos vivísimos, al mismo tiempo que sirve para caracterizar a los personajes, en su mayoría de condición humilde, muy sabios en lo concerniente a los pájaros, los ríos, los árboles, las montañas, el mundo cinegético, las cosechas, la meteorología, aspectos todos ellos que en la ciudad permanecen prácticamente olvidados, y que constituyen un pilar de humanización, pues Delibes pensaba que el hombre debía respetar a la naturaleza y ayudar a su mantenimiento, de ahí que considerara que un progreso donde las máquinas suplen el sentimiento humano era deshumanizador para las sociedades. En las reuniones de la RAE, a la que Delibes pertenecía desde 1973, el novelista vallisoletano llevaba multitud de términos procedentes del mundo rural castellano con el anhelo de incluirlos en el diccionario de la histórica institución.

En quinto, su libertad creativa, a menudo se ha calificado la narrativa de Delibes de clásica o tradicional, y es cierto en algunos de sus trabajos, pero debemos señalar el aire innovador que alberga Cinco horas con Mario (1966), ¿novela o teatro?, la estructura, a modo de entrevista, de Las guerras de nuestros antepasados (1975 ), o la ausencia de los habituales signos de puntuación y de distribución dialógica en Los santos inocentes (1981), acaso su obra máxima.

Delibes se acercó a los que más sufren de una manera humana, no política

En sexto, la independencia, la integridad de su pensamiento, alejado de los dictados de la derecha y de la izquierda; calificamos a Delibes como un humanista cristiano, que se acercó a los que más sufren de una manera humana, no política; uno de los personajes de Madera de héroe (1987) afirma con enorme lucidez que la Guerra Civil fue una “emboscada”, en la que muchos inocentes perdieron la vida por la cerrazón y la intransigencia de los líderes de todas las ideologías.

En séptimo lugar, la gracia y el sentido del humor que irradian en algunas joyas del nivel de los diarios, Diario de un cazador (1955), Diario de un emigrante (1958) y Diario de un jubilado (1995), protagonizados por Lorenzo, un personaje entrañable, una cima de la novelística delibiana, a la altura de Eloy, Pacífico Pérez o Azarías. Delibes también cultivó con maestría el relato breve, muy meritorio su volumen Siestas con viento sur (1957), con una creación sobresaliente, La mortaja. Además, la labor periodística del autor vallisoletano fue esencial en su vida, vinculado, sobre todo, a su querido El Norte de Castilla, en el que empezó como dibujante y logró llegar a la dirección.

Miguel Delibes era el escritor que más admiraba mi hermano, y gracias a mi hermano Jorge y a Delibes empecé a leer libros; en la actualidad, estudio y enseño literatura. Espero que en otro mundo ambos se hayan encontrado, porque si en una vida nueva viven los buenos y los justos, allí vivirán, compartiendo emocionantes jornadas de caza, buenas tertulias con unos vasos de cerveza o vino, e inolvidables lecturas junto a una hoguera inmortal


Fotografía: Rastrojo. Placa homenaje a Miguel Delibes en la calle Santiago de Valladolid


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