La tribuna de Gabriela Bustelo

El software del cerebro español

La mente funciona como un ordenador. O eso nos asegura el antropólogo navarro José Antonio Jáuregui en El ordenador cerebral, argumentando que los seres humanos estamos sometidos a un despótico cerebro cargado de programas naturales y culturales. Ese software cerebral nos indicaría qué hacer en cada momento, mediante la descarga de sensaciones gratas o ingratas. La clave de la conducta humana se hallaría, según Jáuregui, en mecanismos fisiológicos dependientes de complejas redes cerebrales. El devenir político, económico y cultural se articularía como un “juego de tribus” o sociedades territoriales, teoría que el sabio español –fallecido en 2005− desarrolló durante toda su vida. Jáuregui, que fue profesor en la USC de California, publicó su tesis doctoral en Oxford, dirigida por el antropólogo británico Edward Evans-Pritchard. En sus obras mantiene que la historia de la humanidad sería el resultado de una permanente interacción, violenta o pacífica, entre comunidades que se han adueñado de espacios donde imponen sus hábitos e identidades culturales. Pero cada miembro de estas tribus sociales sería una criatura programada, un robot manipulado por un ordenador cerebral cargado con programas que determinan su conducta.

Se ha cumplido el 80 aniversario del comienzo la guerra civil española, pero el debate político nacional parece tan saturado de resentimiento como en julio de 1936

La programación mental nacional

Al hilo de la teoría de Jáuregui, es interesante plantearse la índole del software mental de la población española. El programa principal implantado en el ordenador cerebral del español medio será sin duda el Revancha 2.0, casi un hardware ideológico sobreimpuesto al software cultural. De ahí que en España sea obligatorio embuchar todos los días −vía telediario, tertulia o internet−, la dosis diaria de revanchismo histórico posmoderno. Este verano se ha cumplido el 80 aniversario del comienzo la guerra civil española, pero el debate político nacional parece tan saturado de resentimiento como en julio de 1936. España sigue atascada en el automatismo del rencor, como un niño que solo sabe una palabra y pasa horas escuchándose repetirla, extasiado ante el sonido de su propia voz. El máximo representante de esta tara paralizante es Pedro Sánchez, que personifica −y por ello resulta útil− el prejuicio vital de una izquierda antidemocrática que no acepta la mera existencia de la derecha. En el país lastrado por la politización, quienes han controlado hasta ahora los resortes del poder no parecen capaces o dispuestos a prescindir de ella.

Dos paisitos que no logran ser nación

A comienzos de 2015 al plantearse –con la fundación de Podemos− la necesidad de un relevo generacional para modernizar el país y reengancharlo al tren mundial, en la izquierda española no se ha producido la esperable escisión oficial, para organizar por fin un progresismo equiparable con las demás izquierdas occidentales. Si José Luis Rodríguez Zapatero fue la prueba de fuego de la democracia española, llevando el antipatriotismo izquierdista al extremo de plantear la existencia misma de España, hoy son dos partidos los que prosiguen su labor contra la existencia de la derecha en España: PSOE y Podemos. ¿Y cómo reacciona la derecha? Por desgracia, no precisamente con ironía intelectual, sino con la vieja monomanía persecutoria que filtra todo contenido por el tamiz del “Nosotros” o “Ellos”, siempre a la defensiva frente a las supuestas maquinaciones de “Los Otros”. Esta persistencia en el error nacional confirmaría la teoría de José Antonio Jáuregui de la existencia de un software cerebral que impartiría órdenes, en este caso para reaccionar con ira “cuando el individuo se considere agredido por otro miembro de su colmena”. Por tanto, la ciudadanía española estaría programada para desdeñar la convivencia fraternal entre compatriotas, prolongando hasta el fin de los tiempos la contienda. Al desarrollarse la interacción entre ambos bandos de modo paranoico y destructivo, España insiste en ser un país anacrónico, incapaz de respirar en sincronía con Occidente. Mejor dicho, no un país, sino dos paisitos que no logran ser nación.

Por increíble que pueda parecer, España se está convirtiendo, en el siglo XXI y en plena decadencia occidental, en un país moderno

La buena noticia

La parálisis política que sufre España es la escenificación del intento de acabar con esa fractura. Una parte de la sociedad española ya no se conforma. Por eso España se ha vuelto "ingobernable". Esa es la buena noticia. La división actual es un abismo generacional. El cambio lo exige la juventud. El único político español que parece haber comprendido el proceso de desideologización que atraviesa la política occidental en la era audiovisual es Albert Rivera. Por eso tendrá que hacer frente no solo a la natural resistencia española al cambio, sino al cruel vapuleo de un país que lo ordena todo –trabajo, cultura, amistad, deporte, amor, etc.− mecánicamente en dos contenedores subjetivos. Por increíble que pueda parecer, España se está convirtiendo, en el siglo XXI y en plena decadencia occidental, en un país moderno.


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