La tribuna de Gabriela Bustelo

El ritmo del poder

En vísperas navideñas de las históricas elecciones generales del 20 de diciembre, los puestos del cuarteto contrincante están –salvo grandes imprevistos– asignados. Mucho se habla de la volatilidad del electorado, pero el retrato básico de los partidos en liza se ha consolidado. El votante estándar juzga a los candidatos por un mix de bagaje, imagen y honestidad percibida, así que los telediarios cargados de arcanos políticos aportan poco a estas alturas, porque el respetable tiene decidido el voto desde hace semanas. Las entrevistas y tertulias televisivas sirven más para reconfirmar que para hacer grandes descubrimientos. Una frase suelta pillada al vuelo, mientras se zapea o se pica cebolla, tiene más poder que un sermón de cifras y esdrújulas. El grupo etéreo de jóvenes primerizos y votantes inestables que solía zanjar las generales bipartidistas ya no es decisivo, pero será el responsable de las sorpresas de última hora.

El PSOE, enquistado en una ideología basada en la metafísica del enemigo se ha quedado sin discurso

Tres partidos inarticulados

El PP sigue sin comunicar adecuadamente dos datos bien sencillos: 1) España volverá a ser un país occidental puntero con una economía saneada y 2) las reformas estructurales quedan para la segunda legislatura que por justicia poética le corresponde. El PSOE, enquistado en una ideología basada en la metafísica del enemigo –Franco tuneado o el PP por defecto– se ha quedado sin discurso, pues la impavidez de Rajoy ante las provocaciones exige elaborar un programa viable, cosa que Pedro Sánchez y compañía no parecen dispuestos o capaces de hacer. A comienzos de año decía Felipe González que si él fuera joven no votaría a Podemos, porque no tienen un proyecto para España. Resulta curioso que diga esto el patriarca de un partido que no parece saber bien ni lo que es España, como demostró Zapatero durante sus dos legislaturas. El programa neomarxista de Pablo Iglesias –lastrado por la fidelidad al Movimiento 15M originario– ha dejado a Podemos varado en un limbo entre la realidad democrática y la distopía antisistema, pero la retrógrada España comunista que nos dibuja Iglesias asoma tras cada una de sus intervenciones.

El partido precipitado

El caso de Albert Rivera es extraordinario. Como partido bisagra ha sido capaz de mantenerse en un centro político con propuestas electorales de izquierdas –regularización de la prostitución y las drogas blandas– y de derechas –el aborto no es un derecho–, mientras presionaba a los partidos tradicionales. Su firmeza ante el secesionismo catalán ha hecho reaccionar al resto de las fuerzas políticas. Es probable que pocos de sus votantes procedentes de la izquierda sepan que la propuesta de reforma fiscal de Ciudadanos coincide en buena parte con la de FAES en cuanto al IRPF, el IVA, el impuesto de sociedades o el de sucesiones. La energía bienintencionada de su líder atrae como un imán a los votantes desafectos de partidos tan diferentes como el PSOE, Podemos o el propio PP. Ahora bien, Rivera asegura tener en la cabeza una docena de profesionales aptos como ministros, pero haría bien en recordar el consejo de Shakespeare en Julio César: “En los asuntos humanos hay una marea que tomada a tiempo conduce a la fortuna”. Saber elegir el momento adecuado es vital en política. El poder tiene sus ritmos internos y adelantarse puede ser letal.

Negar la austeridad como medida correctora es emplear un argumento ideológico a expensas de los millones de personas afectadas por el cataclismo

La grandeza recuperada

Es probable que conforme avance la campaña, los partidos se ofusquen unos con otros, olvidando al votante. Entre las incontables faltas de respeto que sufren los españoles a diario, destaca el hecho de que ningún candidato político se haya tomado la molestia de explicarles la crisis con sencillez. Los ideólogos aseguran que la economía no es un factor determinante, pero en tiempos de crisis los españoles han votado continuidad, como sucedió en 1979, 1993, 2000 o incluso 2008. La crisis es un factor depurativo, un elemento de auto-corrección que la economía se impone a sí misma tras las etapas de consumo excesivo, como demuestra la Historia. Negar la austeridad como medida correctora es emplear un argumento ideológico a expensas de los millones de personas afectadas por el cataclismo. Las crisis futuras se pueden evitar aprovechando la coyuntura para seguir saneando el sistema bancario, la actividad financiera y los organismos reguladores. Ya hemos despertado del sueño dorado en que la burbuja inmobiliaria había convertido a España: un espejismo de cartón-piedra que se ha derrumbado como el forillo de un teatro. Entre todos estamos construyendo, con una grandeza gloriosamente recuperada, una España nueva. La ocasión es única. La oportunidad, obligatoria.


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