La tribuna de Gabriela Bustelo

El profeta de la corrupción

Hace un año y medio se publicaba en Galaxia Gutenberg, a cargo de la gran editora María Cifuentes, un libro póstumo de Javier Pradera titulado Corrupción y política. Los costes de la democracia. Escrito en 1993, en pleno “pelotazo” y tras unas elecciones que Felipe González ganó con la promesa de limpiar el país de corruptos, el libro aborda el espinoso asunto sin ambages, con la descarnada franqueza que era tal vez la virtud más característica del autor. El veterano periodista de El País –temido y reverenciado en la redacción durante 15 años– tuvo una influencia decisiva en la línea editorial del buque insignia de la izquierda mediática. En la primera página ya admite Pradera que si la corrupción ha salpicado de forma casi aleatoria a la mayoría de los partidos y a personas de muy diversas afiliaciones e ideologías, ha afectado ante todo a los socialistas. Tras admitir que el lema “100 años de honradez” –usado por el PSOE en 1979 para conmemorar su centenario– contribuyó a darles la victoria en las elecciones de 1982, plantea Pradera el hecho de que nadie se haya planteado la disyuntiva que hubiese podido elegir España desde 1975 al sustituir el régimen de Franco por un sistema democrático. Es decir, con una candidez que se estila poco entre las huestes del Grupo Prisa, Javier Pradera afirma abiertamente en su libro Corrupción y política que la democracia consensuada en la Transición y protagonizada por el PSOE de manera casi exclusiva durante los primeros años –Felipe González ganó cuatro elecciones generales consecutivas en 1982, 1986, 1989 y 1993– eligió la senda equivocada de una pseudo-democracia, cosa que hoy ya se atreven algunos a decir sin rodeos, pero que sin duda era impublicable en 1993.

La honradez de los políticos del régimen dependía exclusivamente de su carácter moral, al no existir instituciones capaces de denunciar la corrupción

Corrupción, marca registrada

Con igual claridad habla Pradera del guerracivilismo, sin defenderlo ni vilipendiarlo, como algo inherente a España, asegurando que “los demonios de la polémica perjudican a quienes confían en sus servicios”. Tanto los nostálgicos del franquismo como los antifranquistas, asegura, colaboran paradójicamente en la expiación del pasado, pero también del presente. Al contrastar la corrupción franquista con la corrupción democrática, recuerda Pradera que la honradez de los políticos del régimen dependía exclusivamente de su carácter moral, al no existir instituciones capaces de denunciar la corrupción y perseguir a sus autores. En la España democrática, en cambio, existen –al menos teóricamente– la libertad de prensa, la independencia del poder judicial, el control parlamentario, la pluralidad de poderes fácticos, la vigilancia mutua entre partidos y la alternancia electoral. ¿Qué ha fallado, entonces? La respuesta de Pradera, asombra de nuevo por su llaneza. El veterano periodista asegura que la resistencia de los socialistas a afrontar las acusaciones y a examinar los datos permitió que las prácticas corruptas siguieran creciendo escudadas en la defensa incondicional de los gobernantes y de los líderes del PSOE por parte de sus partidarios y electores.

El maestro y el aprendiz

Acabado el libro, sin embargo, se comprende que el fondo del asunto es todavía más rompedor de lo que parece. Javier Pradera viene a decirnos que el gran maestro de la corrupción española es el Partido Socialista Obrero Español, capaz de ir adaptando sus técnicas al paso de los años, hasta convertir el pillaje en un rasgo sistémico de nuestra democracia. El Partido Popular, eterno imitador del PSOE, habría sido un alumno también en materia de corrupción. Cuando el Partido Popular llegó al poder en 1996, se dio por hecho que la decadencia política iba a corregirse con la llegada de un partido nuevo que pusiera fin a la inmoralidad socialista. Pero el PP no hizo las reformas estructurales que hubieran permitido frenar la deriva fraudulenta y acabar con la impunidad. Veinte años después la corrupción política es endémica, desde la más alta institución del Estado, el partido en el Gobierno, el principal partido de la oposición, los sindicatos, la patronal, hasta cargos de todas las tendencias políticas en cualquier parte del territorio nacional. Financiación ilícita de partidos, cobro de comisiones, subvenciones falseadas, desvíos de partidas presupuestarias, nepotismo, clientelismo. El PSOE lo inventó; el PP lo aprendió. Javier Pradera lo escribió hace casi un cuarto de siglo, pero no se atrevió a publicarlo. Estamos en marzo de 2016. El espectáculo continúa.


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