La tribuna de Gabriela Bustelo

Hacia el postnacionalismo (y más allá)

España lleva décadas funcionando como una monstruosa familia disfuncional con una caterva de hijos malcriados que solo saben pedir dinero. Los retoños desintegrados no se comunican con el mundo empleando los parámetros generales, sino en jergas propias. Y como esos padres que compran a sus hijos las pistolas o las catanas con las que sus vástagos les volarán la tapa de los sesos o rebanarán los intestinos, este país paga y pone los medios para su propia destrucción. Incapaz de creer en la maldad del hijo díscolo, España ha cerrado los ojos ante el peligro, como si los párpados sirvieran de escudo. Pero esa carne de la propia carne, sangre de la propia sangre, ha tenido décadas para convertirse en una pavorosa criatura que solo pretende engañar, despreciar y robar. Ahora, tardísimo ya, cuando el cachorro se pavonea con el hacha en alto, los políticos salen a trompicones de sus inanes cenáculos para invocar la grandeza del Estado de Derecho. La Ley es grande, sí. Cuando todos la cumplen.

Ante la mirada complaciente de los últimos gobiernos españoles, la comunidad catalana se ha arrogado el mismo apelativo de nación que la Nación española a la que pertenece

El presidente antisistema

Recordemos algo necesario en este país con una grave crisis de identidad: lo primero que hace España en la Constitución es definirse como una Nación. Ya en el artículo segundo garantiza a sus regiones el derecho a una amplia autonomía, similar a la que concede la nación belga a sus comunidades, la nación suiza a sus cantones, la nación estadounidense a sus estados o la nación holandesa a sus provincias. Estas naciones han soportado complejas trayectorias históricas, algunas sangrientas, hasta llegar a su modelo actual. En el caso español, el proceso no se puede considerar terminado, puesto que nuestras divisiones administrativas, influidas unas por otras, hacen continuas reivindicaciones al Gobierno central respecto de su estatus. Tanto es así que esta insatisfacción impostada parece dar, hasta cierto punto, un sentido a su existencia. Ante la mirada complaciente de los últimos gobiernos españoles, la comunidad catalana se ha arrogado el mismo apelativo de nación que la Nación española a la que pertenece. Lejos de escandalizar a nadie, esto se ha aceptado hasta el punto de que el socialista José Luis Rodríguez Zapatero se propuso algo insólito en un presidente occidental del siglo XXI: plantearse el concepto mismo de la nación que le había elegido democráticamente.

El primogénito de la familia disfuncional

Pero esa idea no era, ni mucho menos, una profunda noción filosófica, sino una ramplona triquiñuela política. Al poco de ser elegido, Zapatero juró fidelidad a la tropa fundada por Jordi Pujol, el primogénito de la familia disfuncional. Ambos tenían en común el antipatriotismo, aunque no compartieran la meta individual. Si Zapatero se conformaba con pellizcarse todas las mañanas por haber sido elegido presidente –“No sabes, Sonsoles, la cantidad de cientos de miles de españoles que podrían gobernar”–, Pujol tenía la vida resuelta hacía décadas con un negocio corrupto al que había dado un nombre muy comercial: Nacionalismo. Eran los pastoriles tiempos en que el tinglado de los Pujol aún no se había hecho público. Hoy solo queda un miembro de la familia sin imputar, Josep, que en marzo de este año aseguraba: “A los 30 años ya era un tío bastante rico”.

La arrogante impunidad de estas pasadas décadas se ha transformado en lo que podríamos llamar una

psicosis postnacionalista

La psicosis postnacionalista

Estos días se ha vuelto a hablar de Pujol Senior, el Gran Jefe de los Indepes, ese hombre que en sus largos años de “Molt Honorable” alardeaba de no llevar nunca cash encima (como Joaquín Sabina, otro multimillonario que también desprecia el vil metal). Tras pasar largos meses atrincherado en la portería del edificio barcelonés de Ronda del General Mitre donde tiene su residencia oficial, un amigo de Pujol le ha prestado un despacho cerca del Ensanche, donde al fin puede recibir visitas. Al parecer, el ex president habría dicho estar “preparado para el destierro, para la cárcel y para otras situaciones similares, pero no para la vergüenza”. Sus preocupaciones ahora ya no son tan colosales –¿cuantiosas?– como en los viejos tiempos. Ahora se conforma con poder recorrer diez metros de acera sin que la gente le grite, insulte o escupa. Sus escoltas apenas tienen trabajo, porque Pujol no se mueve por la ciudad por miedo a estos ataques. La arrogante impunidad de estas pasadas décadas se ha transformado en lo que podríamos llamar una psicosis postnacionalista. Si él no estaba preparado para la vergüenza, nosotros tampoco estábamos preparados para la vergüenza ajena.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba