La tribuna de Gabriela Bustelo

La pierna catalana

Los conflictos unilaterales suelen consistir en un supuesto agravio reiterado públicamente por parte de una supuesta víctima. En el caso de Cataluña –la niña mimada de las autonomías españolas– no solo no existe agravio alguno por parte de España, sino que el trato dispensado ha sido exquisito. Por ello, tras décadas de victimismo paranoico por parte de los separatistas, hubiera sido razonable que el actual presidente de España, Mariano Rajoy, convocase un referéndum para preguntar al resto de los habitantes del país si quieren independizarse de Cataluña. Al fin y al cabo, como han señalado varios medios extranjeros con su inevitable tono paternalista, la campaña unilateral de los independentistas catalanes tiene un tono beligerante muy distinto de la negociación bilateral del Reino Unido con Escocia, que terminó con los escoceses votando en 2014 para permanecer en la Unión.

La Cataluña independiente que venden Mas y los herederos políticos de Pujol sería un país como Albania

La Albania catalana

Pongamos una metáfora ilustrativa. Si España fuese una persona con una pierna infectada, a quien el médico explicara que debe amputársela para sobrevivir, habría varias posibilidades. Una sería conservar la pierna, con la esperanza de que los antibióticos y la cirugía vascular lograsen curar la virulencia. En caso de optar por la amputación, España sobreviviría, pese a quedarse coja. Pero ¿qué le sucedería a la pierna sin el cuerpo? Moriría, obviamente. La Cataluña independiente que venden Mas y los herederos políticos de Pujol –los herederos económicos son sus hijos millonarios– sería un país como Albania (cuyo tamaño es similar, en torno a los 30.000 kilómetros cuadrados). Como país no miembro de la UE, tendría que requerir formalmente la admisión, una vez reunidas las ineludibles condiciones previas. Huelga decir que para afianzar sus relaciones con Europa debería obtener el apoyo de España. Entre unas cosas y otras, el proceso podría prolongarse durante décadas, como le ha sucedido a Turquía, que lleva más de medio siglo como país candidato.

Del euro al eurocat

El paisito catalán emitiría una moneda propia, que podría ser el eurocat ya propuesto por los independentistas– o el pujollar, mismamente. Esta divisa débil se devaluaría con respecto al euro –una de las diez divisas más potentes del mundo–, obligando a los nuevos catalanes a trabajar más para poder pagar la ineludible subida de impuestos que no lograría evitar el empobrecimiento de la república independiente de Cataluña. La frontera con España y Francia recuperaría todo el sentido divisorio de la palabra, quedando controlada por los respectivos servicios de aduanas y sujeta al pago de los correspondientes aranceles. Cataluña es actualmente la región autónoma que más se beneficia del comercio con el resto de España, seguida en el ranking por Andalucía y Galicia. Del top ten de lugares a los que exporta Cataluña, seis destinos son comunidades españolas, siendo Aragón su principal cliente, seguido de Valencia, Andalucía, Madrid, País Vasco y Castilla-La Mancha. Mientras las exportaciones del conjunto de España al resto del mundo han crecido por encima del 5% en la primera mitad de 2015, las de Cataluña han quedado prácticamente congeladas. En otras palabras, la autonomía del “Espanya ens roba” compensa el saldo negativo de su comercio con el resto del mundo gracias a los ingresos procedentes del resto de comunidades españolas.

Andando el tiempo, los españoles contaríamos a nuestros nietos que antaño perteneció a España la gran Cataluña, que los nacionalistas convirtieron en un pequeño paisito ignoto

Un paisito llamado Catatonia

Pero ¿qué nos sucedería al resto de los españoles si decidiéramos independizarnos de la autonomía díscola o –por seguir con la metáfora chusca del comienzo– si optáramos por cortarnos la pierna catalana? En primer lugar, supondría recuperar los miles de millones que engullen su seguridad social, pensiones, seguros de desempleo y vacaciones. Nos ahorraríamos también los sueldos de los diputados y senadores catalanes, con los correspondientes viajes, dietas y pagas extra. Dejaríamos de pagar a los Mossos d’Esquadra, al personal de las embajaditas y al ejército de traductores oficiales. También nos libraríamos de los numerosos islamistas pensionados en Cataluña, muchos de los cuales apoyan a los partidos separatistas, pues lo consideran el modo más eficaz de establecerse en una zona de Europa muy permisiva con su actividad religiosa y política, inseparable de sus ramificaciones terroristas. Sin el mal ejemplo, la familia disfuncional española quedaría notablemente apaciguada y las autonomías restantes reactivarían su actividad comercial, ocupando el nicho de mercado vacante. Andando el tiempo, los españoles contaríamos a nuestros nietos que antaño perteneció a España la gran Cataluña, que los nacionalistas convirtieron en un pequeño paisito ignoto más conocido por el mote de “Catatonia”.


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