La tribuna de Gabriela Bustelo

La perseverancia de los estados fallidos

Cuando al sabio historiador Ramon Carande le pidieron que definiera la historia de España en dos palabras, cuentan que tardó apenas unos segundos en responder: “Demasiados retrocesos”. Efectivamente, si tomamos al albur cualquier periodo de nuestra historia, (exceptuando el Buen Siglo) tras todo avance se produce, casi de modo infalible, la correspondiente reversión. Ahora que Podemos se ha hecho con el bastón de mando de la ciudad de Cádiz, donde hace dos siglos se promulgó la primera Constitución española, es interesante retroceder a uno de los periodos más relevantes de la historia de España para ver si se puede aplicar la “Fórmula Carande” del retroceso como factor principal de nuestro porfiado fracaso. La Constitución de 1812 se proclamó el 19 de marzo por la tarde, ratificada por las Cortes y los miembros de la regencia borbónica. Dos años después, en mayo de 1814, el rey Fernando VII la derogaba para poder reinar como monarca absoluto. El texto, que llegaba un par de décadas después de la Constitución norteamericana de 1787 y la francesa de 1791, nunca llegó a aplicarse de manera efectiva.

La aportación genuinamente española de la Constitución de Cádiz es el término

liberal, pues así se hacían llamar los españoles partidarios de las libertades individuales y de la acotación del poder monárquico

El espíritu conciliador de Cádiz

Sin embargo, es cierto que “La Pepa” presentó nociones fundamentales como el concepto de Nación, la monarquía constitucional, la división de poderes y la modernización de las Cortes. Todo ello continúa –al menos sobre el papel– vigente hoy. Pero estos conceptos estaban tomados, en gran parte, de la Constitución gala, que encarnaba los ideales de la Revolución Francesa. La aportación genuinamente española de la Constitución de Cádiz es el término liberal, pues así se hacían llamar los españoles partidarios de las libertades individuales y de la acotación del poder monárquico, que contribuyeron a redactarla. Si la Constitución norteamericana era la proclama de una democracia federal recién nacida y la Constitución francesa simbolizaba la ruptura radical con el feudalismo monárquico, el espíritu liberal de “La Pepa” encarnaba la conciliación de lo ya existente con lo venidero. Esa amalgama de tradición y progreso sigue siendo, a día de hoy, lo que define el liberalismo, tan extendido en el mundo como denostado por quienes, sin saber exactamente lo que significa, le atribuyen todos los males en el mundo habidos. El sarcasmo del conservador británico Harold Macmillan resume bien el escepticismo que impera sobre esta incomprendida doctrina política: “Los liberales nos ofrecen una mezcla de ideas sensatas e ideas originales. Por desgracia, ninguna de las ideas sensatas es original y ninguna de las ideas originales es sensata”.

El retroceso tras 1812

“Demasiados retrocesos”, sentenció Carande sobre la historia española. Si tras proclamarse la Constitución de Cádiz no se hubiera producido, por algún milagro, el retroceso correspondiente, España habría sido una gran nación soberana, una verdadera monarquía constitucional moderna con un Gobierno representativo equilibrado, garante de los derechos y libertades individuales, la igualdad ante la ley y la prensa libre, defensor de la propiedad privada y la flexibilidad comercial nacional e internacional. Esa fusión liberal de tradición y progreso, de haberse materializado, nos habría situado entre las primeras naciones del mundo. No fue así. Y ahora estamos, una vez más, al borde de otro gran retroceso, amparado por esas palurdas izquierdas nuestras, movidas por sus dos grandes pulsiones: 1) un odio por la derecha que les impide respetar un modelo democrático occidental y 2) un pánico al progreso que les hace sabotearlo apenas lo ven despuntar.

La enésima trampa de nuestras izquierdas es vender la regeneración española como una feroz batalla contra la derecha

Al borde de otro gran retroceso

Los tres elementos del último acto del drama español están bien definidos: el guerracivilismo zapaterista, la frivolidad corrupta del PP y el antipatriotismo corrupto del PSOE. Bajo este Gobierno conservador, vapuleado desde sus inicios por la izquierda y, casi con más inquina, por una derecha que se considera engañada, España se estaba comportando por primera vez como un país democráticamente adulto, hecho pasmoso dadas nuestras elevadas cifras de paro y las secuelas todavía palpables de la crisis. Pero la enésima trampa de nuestras izquierdas –que aún confunden la inteligencia con la maldad y la política con la mentira– es vender la regeneración española como una feroz batalla –de nuevo, en el siglo XXI– contra la derecha. Una vez más, cuando España está al borde del progreso, las izquierdas españolas se unen con cateto fervor para obligar a España a perseverar como estado fallido.

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Imagen: La promulgación de la Constitución de 1812, de Salvador Viniegra


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