La tribuna de Gabriela Bustelo

El país más desagradecido del mundo

El recelo ante el elogio tal vez sea una de las características más llamativas del español medio. Diríase que aquí solo vale alabar a los amigos y a los muertos. La innata suspicacia del español se agudiza por su temor a ser descubierto, decía el hispanófilo inglés Richard Ford. Todo elogio procedente de un desconocido es catalogado mecánicamente –por el receptor y por la concurrencia–, como un acto despreciable de peloteo, es decir, de adulación. En un país donde la verdad ha brillado por su ausencia durante todo el siglo XX, esta desconfianza es una reacción natural, como la de un niño atemorizado ante un objeto extraño.

Haciendo gala de esta suspicacia congénita, la prensa española lleva desde noviembre de 2011 maldiciendo en masa y a diario al presidente del gobierno Mariano Rajoy, con una inquina digna de estudio

La mayoría absoluta de Rajoy

Haciendo gala de esta suspicacia congénita (¿resistencia militante contra el talento ajeno?), la prensa española lleva desde noviembre de 2011 maldiciendo en masa y a diario al presidente del gobierno Mariano Rajoy, con una inquina digna de estudio. El dato científico en que se apoya esta brutal campaña de desprestigio es el hecho de que el Partido Popular obtuviera en 2011 una histórica mayoría general avalada por 10.866.566 votos, es decir, un 44,63% solo superado por Felipe González con un 48,11% en 1982. La falacia en que incurre la prensa conservadora –instigadora de esta maniobra– consiste en atribuir la mayoría absoluta del PP a una masa uniforme de votantes de extrema derecha –con una ideología legitimista semejante a la de los votantes de Jean-Marie Le Pen en Francia–, que se habrían sentido desengañados cuando Rajoy en vez de derogar el aborto, defender el catolicismo y alabar el franquismo, se ha dedicado casi exclusivamente a sacar a España del hundimiento económico en que José Luis Rodríguez Zapatero –“No es crisis, es desaceleración transitoria”– dejó sumido el país. Digámoslo de una vez: en noviembre de 2011 votaron a Rajoy casi 11 millones de españoles de todas las tendencias políticas para sacar a España del marasmo que el PSOE –una vez más– había provocado voluntariamente.

La deslucida fontanería política

En la España discutida y arruinada que los socialistas entregaron al PP, el mayor peligro era que la frustración social –24% de desempleo nacional y 52% de desempleo juvenil– llevara a la población a manifestar su descontento en la calle. Sin embargo, se ha logrado revertir la tendencia económica negativa (con un crecimiento del 3% que nadie preveía para 2015) sin confrontaciones callejeras ni excesivo agit-prop. España ha regresado al mapa europeo, cumpliendo los acuerdos pactados y demostrando no ser un fracaso periférico como el griego. Bajo este Gobierno conservador –ahora que la crisis ha destapado a los estafadores, arribistas y parásitos–, España se está comportando por primera vez como un país democráticamente maduro. Mientras el insulto a Rajoy es todavía el deporte nacional preferido –la prensa española es la única de Occidente que califica a los políticos por su aspecto físico–, en esta legislatura se han reformado el sistema financiero y la unidad de mercado, se han aprobado las leyes de transparencia y de emprendedores y se han afianzado dos reformas fiscales pendientes de mejora. La sucesión monárquica la ha gestionado el Partido Popular, cuya actitud conciliadora también ha evitado las portadas internacionales de la policía retirando urnas falsas del 9N en Cataluña. 

José María Aznar, en vez de apoyar con firmeza a su partido, ha reiterado públicamente su enfado, cuando la corrupción que se achaca a Rajoy procede de los tiempos del Escorial

El tablero político

Hecha esa labor ingrata de fontanería nacional, los candidatos y demás políticos españoles se posicionan ante las elecciones generales del 20 de diciembre. José María Aznar, en vez de apoyar con firmeza a su partido, ha reiterado públicamente su enfado (¿envidia pueril?), cuando la corrupción que se achaca a Rajoy procede de los tiempos del Escorial. Pedro Sanchéz –el candidato más flojo del PSOE pese al apoyo de la escudería PRISA–, reconoce ahora que no derogará la parte menos amable de la reforma laboral. Podemos –al fin abandonado por la prensa conservadora– confiesa no estar en condiciones de llegar a Moncloa. Mientras tanto Ciudadanos, aprovechando hábilmente la operación anti-PP, se presenta como la derecha sonriente y actualizada, cuando es obvio que (salvo Garicano, rebotado con el PP por la negociación del rescate) carece de ministrables.

La encrucijada del votante

Ayer supimos (EPA) que el paro ha bajado en casi 300.000 personas respecto al trimestre anterior, dejando el número total de parados en 4.850.800 personas, su nivel más bajo desde hace cuatro años, hasta situarse en un 21,18%. Hecho el trabajo sucio por “los fachas del PP”, el PSOE pretende –con el posible apoyo de Ciudadanos– traernos otros ocho años como los de Zapatero (en el diccionario de la RAE no quedan ya adjetivos para calificarlos). Teniendo en cuenta todo esto, el votante español se halla en una encrucijada. ¿Alabar el trabajo bien hecho de alguien a quien no se conoce o que no haya muerto? Ni de coña, que eso es peloteo.

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Imagen: "Duelo a garrotazos" o "La riña", de Francisco de Goya (1820-1823)


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