La tribuna de Gabriela Bustelo

Un odio virtuoso

En una de las perlas satíricas de su famoso diccionario, Ambrose Bierce nos cuenta que el líder de la isla de Ghargaroo, tras pasar una larga temporada en el extranjero estudiando política, regresa dispuesto a instaurar un gobierno capaz de aprobar las leyes necesarias para recaudar impuestos. Tras elegir a dedo un centenar de hombres destinados a ocupar los escaños del Parlamento, aparta a cuarenta de ellos para que actúen como Oposición, instruyéndoles con esmero sobre su función: llevar siempre la contraria al Gobierno. El día en que se pone a prueba la nueva organización legislativa, resulta que la Oposición olvida su cometido y la primera medida enviada al Parlamento sale aprobada por unanimidad. Haciendo un esfuerzo para contener su indignación, el amo de Ghargaroo les amenaza de muerte, con el terrible resultado de los cuarenta caen fulminados del susto. Entonces se produce un momento de pánico hasta que el primer ministro, un hombre resuelto, le pide que deje el asunto en sus manos. Lo que hace es mandar embalsamar a los miembros de la Oposición y clavarlos en sus escaños correspondientes, donde no vuelven a decir esta boca es mía. A partir de ese día todos los proyectos de ley se aprueban diligentemente, con cuarenta votos de la Oposición registrados en contra. Este simulacro de democracia prospera hasta que un día el Gobierno no aprueba una nueva ley fiscal. El amo de la isla, indignado con el primer ministro, le manda ajusticiar, fusilando a continuación a todos los miembros del parlamento. Así termina el experimento de un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Todo parece indicar que España ha sido durante estas cuatro décadas una democracia bananera de la que el Caudillo estaría sin duda orgulloso

¡Franco, presente!

Esta distopía de Bierce podría parecer una extravagancia, pero al cumplirse en España cuarenta años desde que murió Franco, la corrupción estructural –cuatro poderes entrelazados, parasitismo autonómico, chantaje nacionalista, grandes partidos fraudulentos– y la invisibilidad mundial –provincianismo heredado de la desconexión franquista, miedo al compromiso internacional, imagen de país irrelevante– todo parece indicar que España ha sido durante estas cuatro décadas una democracia bananera de la que el Caudillo estaría sin duda orgulloso. La derecha española ha sublimado el shock post-zapaterista con un neofranquismo vestido de Prada y la izquierda burguesa criada en familias del régimen sigue articulando su ideario en torno a la obsesión antifranquista. En cualquier democracia veterana de Occidente una coyuntura excepcional como la que atraviesa nuestro país bastaría y sobraría para que el partido de la oposición ofreciera su total apoyo al Gobierno a fin de acabar cuanto antes con el padecimiento nacional. La izquierda española –y concretamente el PSOE– se ha enquistado en su rol de sádico enemigo interno. Durante toda esta legislatura casi amortizada, la oposición socialista –tratada como VIP por una prensa unánimemente alucinada con Podemos– ha saboteado todos los esfuerzos del actual Gobierno para enderezar el itinerario patrio. Del mismo modo que la crisis ofrecía a Rajoy una ocasión única para hacer de España un país occidental serio, también brindaba a Pedro Sánchez la oportunidad de llevar a cabo la renovación que el PSOE pide a gritos desde hace años. Pero el cargo de secretario general del partido socialista ha recaído de nuevo en un político conspiranoico cuya meta no es el bienestar de sus afiliados, sino la aniquilación de la derecha.

Tras cuarenta años bajo Franco, hemos pasado los siguientes cuarenta en un simulacro semejante al Ghargaroo de Ambrose Bierce

Profesionales del odio

Tras el atentado de París ha reaparecido la alargada sombra del 11M, dado el descomunal contraste en la actuación de los presidentes respectivos, ambos socialistas. La inmediata reacción de Hollande –liderazgo indubitable de una democracia occidental, promesa cumplida de responder militarmente a la afrenta, veloz hallazgo y eliminación del cerebro de la matanza, constante aportación de datos fehacientes– contrastan con un Zapatero abúlico, que el 15 de marzo de 2004 en el Debate de Investidura felicitó a la administración pública por su admirable eficacia (!) y se despidió contando a los presentes que tenía unas ansias infinitas de paz. Pero el talante zapaterista no contemplaba la convivencia, sino el remake de una guerra civil repetida hasta el infinito. Ahora que la prensa nacional resucita a Franco mientras intenta sobrevivirle, conviene recordar que España es hoy la pesadilla antisistema soñada por Zapatero: un universo paralelo, una burbuja extemporánea incapaz de sincronizarse con Occidente. No podemos, en modo alguno, creer que España sea una democracia europea funcional. Tras cuarenta años bajo Franco, hemos pasado los siguientes cuarenta en un simulacro semejante al Ghargaroo de Ambrose Bierce. Mientras nosotros nos profesionalizamos en un odio cuyas ascuas hemos mantenido vivas durante casi un siglo, el mundo escribe la historia sin acordarse de nuestra existencia.


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