La tribuna de Gabriela Bustelo

El otro lado de la casta

El jueves 16 de abril todas las miradas estaban atentas a la última cacicada socialista en el parlamento andaluz y poco se esperaba ya de una semana casi caduca. Apenas unas horas después, sin embargo, este periódico se descolgaba con una exclusiva que anticipaba la detención más sonada de la democracia española. Rodrigo Rato, prohombre económico del Partido Popular, era sometido a una vergonzante detención televisada cuya progresión tuvo al país en vilo hasta pasada la medianoche. A partir de ese momento, la prensa española se ha transmutado en un frufrú histérico de grandilocuencias, conspiranoias y neuras sobre la voracidad del Partido Popular y sus secuaces. Ya quisiéramos que los periodistas, comentaristas y agitadores de las redes hubieran desempolvado tan floridos adjetivos con el Caso Pujol, que languidece en el contenedor de los delitos impunes. Porque en España hay corruptos buenos y corruptos malos. Hay corruptos que molan y corruptos que no molan. Rato es un corrupto pijo y chungo, pero Pujol, Chaves y Griñán son corruptos enrollaos. Y amigos de sus amigos, faltaría más.

El socavón que podrían haber dejado estos caciques autonómicos en las arcas del Estado estaría cerca de los 6.000 millones de euros

Los oligarcas catalanes y andaluces

Pujol ‒oligarca regional enquistado durante casi un cuarto de siglo‒ ha engañado a buena parte de los catalanes mientras iba amasando, en comandita con todos sus hijos menos uno, un fortunón que podría superar la obscena cifra de 1.800 millones de euros. Chaves ‒una década presidente del Partido Socialista y dos décadas presidente de la Junta de Andalucía‒ estaba sentado encima del mayor fraude institucional de nuestra historia, el “Caso Edu”, que habría desviado al menos 2.000 millones de euros de fondos de la UE para unos cursos de formación de parados que nunca se llegaron a impartir. Esto se suma a la tristemente famosa “Trama de los ERES”, cuyo monto podría llegar a 1.500 millones de euros. Interrogado hace dos semanas en el Supremo sobre ello, Manolo ‒como llaman sus amigotes a Chaves‒ lo ha zanjado en el Tribunal Supremo con un  “no me consta”. Semanas antes Felipe González le ponía como ejemplo nacional de político íntegro. Y por su flamante condición de aforado, nadie le ha detenido al atardecer a la puerta de su casa con las televisiones del país presentes para inmortalizar el momento. Nadie ha detenido públicamente y con escarnio a ninguno de nuestros políticos, ni los detendrá, porque los hemos blindado con nuestra Constitución. Pero el socavón que podrían haber dejado estos caciques autonómicos en las arcas del Estado estaría cerca de los 6.000 millones de euros. En comparación con esta astronómica cifra, los 5 millones que habría defraudado Rato son peanuts, como dicen los ingleses en estos casos. Cacahuetes.

La presión de los partidos nuevos

Pepe Griñán ‒sucesor por dedazo de Chaves en la presidencia del partido y del gobierno autonómico‒ tuvo el cuajo de declarar en el Supremo sobre el pringue de la Junta que no había “un gran plan, pero sí un gran fraude”, frasecita fraudulenta donde las haya. Incapaz de resistir la presión de la pre-presidenta Susana Díaz, acorralada a su vez por los partidos nuevos, Griñán ha anunciado esta semana su retirada de la política. Para despedirle con honores recordemos una de sus actuaciones estelares en el parlamento andaluz, cuando le soltó a Javier Arenas aquello de “Que Zapatero sea malo no les convierte a ustedes en buenos”, haciendo estallar en carcajadas a la bancada del Partido Popular. Pues bien. Demos la vuelta a esta idea tan elemental. El hecho de que el PP esté ahora en la picota no convierte al resto de los políticos en buenos. Chaves, Griñán y Pujol son responsables de millones de euros desaparecidos que ahora intentan justificar balbuciendo incoherencias sobre “ilegalidades e irregularidades”, “fraudes sin plan” y “conciliaciones de intereses”. No son los únicos, por desgracia hay muchos más, pero los dos andaluces y el catalán representan bien las formas y el fondo de cómo se ha desgobernado España durante gran parte de los últimos 35 años, periodo casi tan largo como los 40 años de Franco.

El argumento de la casta es un élan vital, un principio creador, una fuerza subconsciente, que sobrevuela todo lo que sucede en España

España ya está cambiando

Pero si ha bastado la entrada de los partidos nuevos en el parlamento andaluz para forzar la marcha de dos dinosaurio socialistas como Griñán y y Chaves ‒en otoño‒, parece evidente que las cosas pueden cambiar para bien. Es un ejercicio nostálgico inútil regodearse en el pasado para intentar culpar a estos o aquellos. Estamos aquí ahora. Tenemos la posibilidad de cambiar este país. Mientras tanto nos tocará oír al director de la Agencia Tributaria alardear de la supuesta “lista repera patatera” y a Alfonso Guerra ‒Filesa, Flick, KIO, EXPO, Rumasa, Roldán, GAL, AVE, Juan Guerra‒ recochinearse de que Rajoy vaya a tener “más amigos en la cárcel que el Vaquilla”. El PP y el PSOE, gravemente heridos, están haciendo una campaña electoral agónica. Ciudadanos y Podemos sueltan los dislates correspondientes, por supuesto, pero apenas necesitan decir nada. El argumento de la casta ‒que comparten ambos‒ es un élan vital, un principio creador, una fuerza subconsciente, que sobrevuela todo lo que sucede en España. El PP es la casta de la derecha, como admite el propio Montoro. Pero al otro lado de la casta ‒ahora agazapados y callados mientras la prensa se come a Rato crudo‒ están el PSOE y los partidos nacionalistas. No lo olvidemos.


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