OPINIÓN

El desorbitado microcosmos de Hermann Tertsch

En España existen decenas de ejemplos en los ámbitos de la televisión, de la radio y de la prensa escrita, pero un caso notable de periodista estrella es el de Hermann Tertsch.

El desorbitado microcosmos de Hermann Tertsch.
El desorbitado microcosmos de Hermann Tertsch. Telemadrid

En las facultades de periodismo del mundo se enseña, entre los primeros mandamientos de la profesión, que la noticia son los otros, nunca uno mismo. La profesión atraviesa momentos críticos debido a una globalización de consecuencias imprevisibles, pero también influyen otros factores como el estrellatoperiodístico derivado de la proximidad de la prensa con el poder político. En España existen decenas de ejemplos en los ámbitos de la televisión, de la radio y de la prensa escrita, pero un caso notable de periodista estrella es el de Hermann Tertsch, que habiendo pasado 22 felices años en El País ―tres de ellos como subdirector del periódico megáfono del PSOE―, se convirtió tras una desavenencia con Jesús Polanco en el escudero de Esperanza Aguirre a partir de 2008. Logrando salir indemne del batacazo político de su anterior protectora (que le había instalado en Telemadrid, donde dirigió durante dos años el telediario de la noche), se atrincheró en ABC ―feliz de nuevo, ahora en brazos de los Luca de Tena―, donde escribe hoy diatribas contra el Partido Popular, a favor de Donald Trump y sobre el sexo de los ángeles ―católicos―, respaldado en la derecha española por un amplio grupo de entusiastas que consideran el hombre más culto que jamás haya pisado al sur de los Pirineos.

Hermann Tertsch demuestra haber entendido perfectamente a sus casi 60 años el mecanismo de las redes sociales consistente en llamar la atención a toda costa

Incorporado en 2011 a la red social Twitter, Hermann Tertsch demuestra haber entendido perfectamente a sus casi 60 años el mecanismo de las redes sociales consistente en llamar la atención a toda costa ―vídeos de sí mismo, tuits incendiarios contra todo intrépido que ose abordarle, bloqueos participados con escarnio y promoción inmisericorde de sus artículos―, estrategia que le ha granjeado una corte de seguidores próxima a los cien mil. El 17 de febrero de 2016, el periodista anunciaba ufano en Twitter una tercera de ABC sobre el abuelo de Pablo Iglesias, secretario general de Podemos. El artículo lamentaba que el patriarca de la familia Iglesias no hubiera demostrado el debido agradecimiento a Franco ―descubierto por el Tertsch de la década conversa como un gran dictador infravalorado―, tras la conmutación de su pena de muerte como asesino en 1936 del marqués de San Fernando y de su cuñado Pedro Ceballos.

El artículo fue jaleado durante 48 horas en Twitter como “sublime”, “soberbio” e “imprescindible” por un orfeón de acólitos que tachaba a Manuel Iglesias de asesino y criminal, con reiteraciones frecuentes en las semanas posteriores. Durante el siguiente año y medio el asunto quedó olvidado mientras Tertsch seguía glosando sus fobias ―Podemos, el comunismo, el feminismo, El País, Soraya Sáenz de Santamaría, Pepe Bono, Juan Luis Cebrián, Máximo Pradera, las mujeres con el pelo corto, los gordos, los sucios― y sus filias ―Donald Trump, Melania Trump, Ivanka Trump, las mujeres rubias, las personas delgadas y su estirpe familiar austro-vasca― en columnas y tuits recibidos como “excelsos”, “necesarios” e “insuperables” por su corte de 100.000 adeptos. Cuál no sería la sorpresa de los cien mil fans tertschistas cuando a finales de este pasado mes julio se hacía público que su ídolo ―“Don Hermann”, le llaman― ha sido condenado a pagar 12.000 euros al padre de Pablo Iglesias por intromisión al honor de la familia del líder de Podemos.

La juez Guillerma Mongil cuestiona si Hermann Tertsch actuó con la diligencia profesionalmente debida en la comprobación de la verdad

La juez Guillerma Mongil cuestiona si Hermann Tertsch actuó con la diligencia profesionalmente debida en la comprobación de la verdad, al haber dado por buena la información de tres medios digitales menores sin ninguna otra comprobación, “como hubiese sido lo propio dada la transcendencia y grave imputación de hechos contenida en la publicación”. En todo caso, Tertsch actuó con ese extemporáneo clasismo español que vanagloria la familia propia hasta el ridículo, pero esgrime los parentescos ajenos como argumento de una supuesta genética defectuosa, en contraste con la moderna meritocracia anglosajona que ―incluso en el caso de su admirado Donald Trump― pierde poco tiempo intentando atribuir al individuo los errores de sus antepasados.  

Víctima del guerracivilismo resucitado por José Luis Zapatero con la Ley de Memoria Histórica, Tertsch parece haber olvidado lo que rememoraba en 1992 el ya fallecido Javier Pradera ―de cuya amistad tanto alardea― en un texto sobre la Transición publicado en 2014 por Fondo de Cultura Económica: “Los españoles enfrentados […] en una feroz guerra fratricida y con una ominosa tradición de conflictos civiles, han operado durante los últimos años una transformación cualitativa de su cultura política, basada hoy fundamentalmente en el diálogo tolerante, la voluntad de acuerdo, la negativa a transformar al adversario en enemigo, la capacidad para abstraer del presente las ofensas recibidas en el pasado (en forma de años de cárcel, de torturas o de pérdidas de seres queridos), el estudio de la historia para no repetir los errores y la orientación hacia el futuro”. El revanchismo, el insulto, el desprecio, la apropiación del pasado y el designio de invalidar al bando político opuesto ―dependiendo del último aterrizaje profesional― son lo contrario, lo diametralmente opuesto al espíritu de la Transición que hizo al mundo entero mirar y admirar a España durante el septenio de 1975-1982. Huelga decir que la imagen de la derecha española moderna no gana nada y pierde mucho con una conducta antidemocrática que solo logra fortalecer a los extremistas de ambos bandos en sus convicciones.

En la sede de Miguel Yuste de El País me confiaba hace un par de años el tristemente fallecido periodista Miguel Ángel Bastenier que sus compañeros del periódico le regañaban por seguir hablando vía Twitter con Tertsch. “Fue un buen periodista”, me dijo Bastenier. “Hoy solo es un agitador de las redes sociales”. Un agitador soberbio, tuitearán sus cien mil adoradores.


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