La tribuna de Gabriela Bustelo

Los cómplices de la verdadera Transición

“Tú y yo lo sabíamos” –el mantra del gran locutor Joaquín Luqui– nos serviría para describir lo que está sucediendo en España, porque todos sabíamos que iba a haber un antes y un después del 2015. Las municipales de mayo han sido un claro aviso de lo que puede esperarse en las generales que Rajoy deberá convocar después del verano. La mole bipartidista flaquea ya, seriamente dañada por el obús de los partidos nuevos. El Partido Popular se ha dejado por el camino dos millones y medio de votos, conservando tan solo Galicia como bastión. Abundan las comparaciones con la implosión de UCD, que desapareció de la noche a la mañana, como lágrimas en la lluvia. Pero el PSOE ha perdido 700.000 votos desde aquel 2011 que fue el peor año electoral de la historia del socialismo español. Es interesante recordar que cuando el PSOE se desmoronó obtuvo el 27% de los votos, el mismo porcentaje obtenido por el Partido Popular en estos comicios.

¿Lo más relevante del 24M? Los resultados de las dos grandes alcaldías españolas, donde las coaliciones integradas por Podemos obtuvieron una sorprendente cantidad de votos

Las alcaldables podemitas

¿Lo más relevante del 24M? Los resultados de las dos grandes alcaldías españolas, donde las coaliciones integradas por Podemos obtuvieron una sorprendente cantidad de votos. Las dos grandes urbes acusan de modo claro la irrupción de los llamados “emergentes” en la política municipal frente a los partidos tradicionales que, no obstante, se mantienen como las dos fuerzas más votadas. Pese a la reacción algo melodramática de los candidatos conservadores y socialistas, conviene recordar que un pacto PP-PSOE permitiría al bipartidismo gobernar en todas las comunidades autónomas –salvo una– donde se han celebrado elecciones el 24 de mayo. Solo en Navarra la suma de los escaños conseguidos por los dos partidos tradicionales (9) ni se acerca a los 26 necesarios para la mayoría absoluta.

La crisis justiciera

Para hacer una reflexión postelectoral conviene volver la mirada sobre la última década, que abarca los siete años largos de Zapatero y los tres de Rajoy. Diríase que España comenzaba por fin a superar la dura prueba del crash económico, sin confrontaciones callejeras ni demasiado agit-prop. Nuestra democracia parecía haber logrado empezar a revertir la crisis y regresar al mapa europeo, cumpliendo los acuerdos pactados y demostrando al mundo que España no es un fracaso periférico como el griego. La crisis, indudablemente, nos ha dado una bofetada de realismo, señalando a los culpables y prometiendo justicia a los inocentes. Desenmascarados los farsantes, estafadores, arribistas y serviles, aspirábamos a ser una democracia occidental imperfecta pero digna. Una democracia en la que había que volver a creer.

Bajo las brutales cifras de desempleo late una lógica frustración social, espoleada neciamente por la desatención del Gobierno de Rajoy

El delirio de la hiperlegitimización

Pero bajo las brutales cifras de desempleo nacional (24%) y juvenil (52%) late una lógica frustración social, espoleada neciamente por la desatención del Gobierno de Rajoy. Mientras todos los presidentes de las democracias occidentales bombardean a sus ciudadanos con apariciones casi constantes en los medios de comunicación, Rajoy ha dado dos ruedas de prensa en toda la legislatura. Es inútil sacrificar todo el programa electoral para solventar la crisis si esa dedicación exclusiva no se comunica de manera clara y reiterada. La política sordomuda de Rajoy ha sido letal no solo para su propio partido, sino para España entera, porque es la justificación perfecta del proyecto de hiperlegitimación de la izquierda que, como estamos comprobando en estos días posteriores a las municipales, tiene como delirante objetivo eliminar a la derecha española del mapa político. 

Las dos Españitas guerracivilistas

En España, por desgracia, pocos grandes proyectos políticos son en formato positivo. Los proyectos negativos, en cambio, funcionan bien. No suelen unirse los españoles –de uno u otro signo político– a favor de ideas nobles que puedan beneficiar a todo el país, sino en contra del bando enemigo al que buscan hundir y aniquilar. Es trágico que la izquierda española, en bloque, se plantee esta regeneración política –que podría convertirnos en una verdadera democracia occidental– como una nueva batalla contra la derecha. Y los tics políticos de la derecha también son fanáticos y defensivos. Por increíble que pueda parecer, las dos Españitas guerracivilistas siguen enzarzadas en la paleta disputa que ha impedido a este país llegar a ser una verdadera nación moderna.

La corrupción en España no se habría prolongado durante casi cuarenta años sin la aquiescencia de gran parte de los poderes nacionales, incluidos los mediáticos y de creación de opinión

La (ir)responsabilidad de la prensa

Las coordenadas funestas que han mantenido viva la corrupción en España no se habrían prolongado durante casi cuarenta años sin la aquiescencia de gran parte de los poderes nacionales, incluidos los mediáticos y de creación de opinión. Nuestra democracia es un simulacro lleno de ángulos muertos donde anidan los vampirismos autonómicos, los nacionalismos extremos y la corrupción. A la hora de atribuir responsabilidades, la prensa apenas hace esa autocrítica que exige machaconamente a las fuerzas políticas. El papel crítico del cuarto poder ha sido esencial, pero también estamos comprobando estos días la parcialidad y falta de profesionalidad de buena parte del sector mediático.

¿Otro retroceso?

El proyecto de regeneración de nuestro país puede convertirse en otro retroceso histórico de esos que tan bien se le dan a España. No estamos jugando aquí a ver quién se pone antes la camiseta morada o la naranja, ni a ver quién es más cool en las tertulias, porque en una república bananera es fácil molar. Lo que nos jugamos aquí es que España regrese –o no– a la historia mundial. Y la historia mundial es eso que sucede mientras aquí estamos llamando friki fachorra a Esperanza Aguirre y perroflauta apestoso a Pablo Iglesias. En un país serio, los medios deben ser, por tanto, los vigías cómplices de esta auténtica Transición recién emprendida. Y huelga decir que los países serios viven en concordia, no en discordia.


Imagen: Riña a garrotazos, de Francisco de Goya (1819-1823)


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