La tribuna de Gabriela Bustelo

La amenaza de la igualdad

Se dice, con razón, que la actitud respecto a la mujer es un indicador básico del grado de modernidad de un individuo o país. Entre los escollos que impiden avanzar a los países árabes destaca el papel medieval que ocupan sus mujeres en la sociedad. En Occidente queda mucho por hacer para lograr una plena igualdad, cosa obvia tanto en España como en las democracias veteranas. Durante el franquismo –hasta 1975– las españolas tenían que pedir permiso al padre o el marido para solicitar un pasaporte o abrir una cuenta bancaria, pero hoy están presentes en todos los sectores del país, aunque en puestos mayoritariamente secundarios. En Suecia y Dinamarca, la práctica totalidad de las mujeres tiene un trabajo remunerado, lo que repercute directamente en el PIB.

Cuando nació el psicoanálisis, muchos aún dudaban de que la mujer tuviera alma

El colectivo de las mujeres

Es evidente que las vivencias de la mujer han sido diferentes a las del hombre a lo largo de la historia. Cuando el político comunista Íñigo Errejón se refiere a las mujeres españolas como un colectivo –es decir, un grupo social discriminado que lucha por obtener derechos plenos– no le falta razón. Nuestro mundo está hecho a imagen y semejanza de los hombres. El relato de la Humanidad es unívocamente masculino. Recordemos que a comienzos del siglo XX, cuando nació el psicoanálisis, muchos aún dudaban de que la mujer tuviera alma. Recién descubierto el inconsciente, Freud se lanzó a estudiar la huidiza psique femenina, decretando que las mujeres que acudían a su consulta con dolencias físicas estaban histéricas. Este paternalismo masculino subconsciente –nunca mejor dicho– se conserva hoy, un siglo después, con toda su carga despectiva.

La tiranía de la perfección

Sería una psicóloga coetánea de Freud, la alemana Karen Horney, quien iba a definir con precisión quirúrgica –y autocrítica– la piedra angular de la personalidad femenina: la necesidad neurótica de perfección, que ella llamaba la “tiranía del deber ser”. Ni el propio psicoanálisis ni el feminismo han solucionado este triste problema que hoy podría catalogarse de patología. Efectivamente, la mujer actual se imponecruelmente una imagen idealizada de sí misma, una fantasmagoría inalcanzable con la que convive día tras día. Obsesionada con esa visión celestial, la mujer de hoy mantiene un terco amor platónico con esa criatura perfecta que solo existe en su cabeza. Las satinadas páginas de las revistas femeninas no le permiten olvidar nunca este cateto cuento de hadas donde siempre parece haber una vida más intensa, más romántica, más glamurosa, ¡ay!, justo a la vuelta de la esquina.

Si las antepasadas a quienes debemos nuestra libertad levantaran la cabeza, es probable que se llevaran un disgusto

La independencia como estigma

Entre tanto, en el cibernético siglo XXI las mujeres independientes cargan con un estigma social y una culpabilidad que las jibariza a ojos de la sociedad (y de los suyos propios, por desgracia). En vez de disfrutar abiertamente de su estatus libre ‒ganado a menudo con enorme esfuerzo‒ la mujer que elige no depender de un hombre y ganarse la vida por su cuenta suele padecer lo que podríamos llamar el complejo de la rara. Si las antepasadas a quienes debemos nuestra libertad levantaran la cabeza, es probable que se llevaran un disgusto al contemplar el estándar de la mujer occidental de comienzos de siglo. Dudo que la neurótica Bridget Jones o la fashionista Carrie Bradshaw hubieran sido sus personajes femeninos preferidos.

¿Quién teme a la igualdad?

Los países pioneros en feminismo, como Reino Unido, Estados Unidos y los países nórdicos, están ya en lo que se denomina la Tercera Ola, conocida comúnmente como posfeminismo. Las activistas radicales de los años setenta, como Betty Friedan y Germaine Greer, dieron paso a todo un abanico de opciones (feminismo separatista, marxista, liberal, conservador, filosófico, cristiano, islámico, ecofeminismo, anarcofeminismo y demás) que han acabado por disgregar el feminismo clásico propiamente dicho. Las posfeministas de hoy día se aplican grandes dosis de autocrítica y humor. Gloria Steinem lo demuestra al decir que “Algunas de nosotras nos estamos convirtiendo en los hombres con quienes nos hubiéramos querido casar”, irónica frase que resume el largo recorrido de la mujer occidental. Todas las mujeres del mundo somos, lo sepamos o no, lo digamos o no, feministas. Pero queda una pregunta por responder. ¿Quién teme más a la igualdad? ¿Ellos, por miedo a perder su hegemonía y su masculinidad? ¿O ellas, por tener que salir de casa a demostrar esa igualdad todos los días? La respuesta, como diría Bob Dylan, se puede escuchar cuando silba el viento.

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Imagen: Sufragistas marchando en Nueva York en 1912 (Biblioteca del Congreso de Estados Unidos) 


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