La tribuna de Gabriela Bustelo

Pedro Arriola: La política del silencio

Cuando Mariano Rajoy se presentó a las generales de 2011 partía con el lastre de llegar elegido a dedo y antepuesto a Rodrigo Rato y Jaime Mayor Oreja, dos candidatos muy valorados en el PP, con quienes en un comienzo se le comparaba desdeñosamente. El perfil bajo del político gallego, que entonces tanto le benefició, no era una pose, pues el sexto presidente de la democracia española es, con diferencia, el menos conspicuo de todos los inquilinos que han pasado por Moncloa durante nuestra democracia. La prensa mundial ‒tal vez buscando motivos para la esperanza con respecto a España‒ ha alabado a Rajoy al asociarle con la abdicación del rey Juan Carlos y con los primeros atisbos de recuperación de la crisis económica. Pero a un número muy elevado de sus compatriotas les solivianta el terco perfil bajo que Rajoy insiste en mantener ‒incluso ahora‒ y tanto sus votantes como sus detractores le han criticado desde que llegó al poder su escasa o nula interacción con la sociedad española.

La rumorología nacional dibuja desde 2011 un extravagante reparto de poderes en Moncloa, adjudicando buena parte de la autoridad política al sociólogo Pedro Arriola

La táctica del mutismo

La rumorología nacional dibuja desde 2011 un extravagante reparto de poderes en Moncloa, adjudicando buena parte de la autoridad política al sociólogo Pedro Arriola, que lleva un cuarto de siglo instalado como asesor áulico del Partido Popular. Esta semana se ha sabido que el Gran Gurú del PP se retira tras las elecciones generales, regresando a su ciudad natal de Málaga. Mientras unos hablan de una jubilación lógica tras décadas de trabajo, otros no saben bien en qué ha consistido esa misteriosa labor consejera por la que el gurú malagueño habría cobrado, al parecer, la sustanciosa cantidad de 600.000 euros al año.

Un silencio millonario

La estrategia arriolista, que a ojos de muchos tiene un sospechoso parecido con la pasividad, concuerda plenamente con la proverbial discreción del presidente, pues tiene un elemento básico: el silencio. La táctica del mutismo la emplearon con eficacia personajes tan poderosos como Enrique VIII, un verdadero maestro en el arte del desdén, y Luis XVI, que arrinconaba a los caídos en desgracia con un “No le conozco”. En el PP, donde nada se dice por las buenas, recibieron el tratamiento del silencio Jaime Mayor Oreja, Francisco Camps y Jaume Matas, entre otros muchos. Recién inaugurado el otoño de 2014 fue Ana Botella, la alcaldesa de Madrid, quien sufrió el mutismo excluyente.

La penúltima víctima

Alberto Ruiz Gallardón, ex ministro de Justicia súbitamente “dimitido” en otoño de 2014, fue la última víctima de 2014 en sufrir la ley del silencio. El proyecto estrella de Gallardón fue el plan de modificación de la ley del aborto, alegando que la interrupción de un embarazo es una “violencia de género estructural”. Si en un principio el Gobierno apoyó en bloque a Gallardón en su cruzada antiabortista, Rajoy lo desautorizó por sorpresa a finales de septiembre de 2014 al confirmar la retirada del anteproyecto de ley. Esta maniobra cortó de cuajo la carrera de un político ambicioso que se despidió, como Pedro Arriola, asegurando querer abandonar por completo la vida pública, cosa que en el caso de Gallardón todavía cuesta creer.

Una vez dominada la ley del silencio, Rajoy la habría aplicado con su propio maestro el gurú Arriola, quien al parecer vaga ya como un zombi por los pasillos de la Moncloa

El alumno aventajado

Una vez dominada la ley del silencio, Rajoy la habría aplicado ‒como tantas veces ha sucedido en la historia‒ con su propio maestro el gurú Arriola, quien al parecer vaga ya como un zombi por los pasillos de la Moncloa, cuando va, que cada vez es menos. Pero la cercanía de las elecciones ‒agravada por la irrupción de los partidos nuevos‒ requería sacar una última versión de la ley mutista, que requería ser escenificada en esta ocasión ante los ojos de todos los españoles. La última víctima del silencio ha sido un peso pesado del Partido Popular: Rodrigo Rato, ex vicepresidente económico del Gobierno (1996-2004), ex director gerente del FMI y uno de los tres delfines que optaron al dedazo de Aznar para sucederle. En la mañana del jueves 16 de abril se personaron en el domicilio de Rato ‒a instancias de la Fiscalía de Madrid‒ agentes de la Brigada Tributaria que le detuvieron ‒tal como había anunciado en exclusiva el este periódico‒ por presunto alzamiento de bienes, blanqueo de capitales y fraude fiscal. Al parecer, cuando la policía llegó al portal de la calle Don Ramón de la Cruz las cámaras de televisión llevaban allí un rato largo. Tras hacer pasearse a Rodrigo Rato de su domicilio al despacho, del despacho a los juzgados de la plaza de Castilla y vuelta a su casa, varios miembros del Partido Popular han alardeado de cómo se hace justicia en España cuando gobierna su partido, apostillando que el ex director del FMI ya no es afiliado del PP.

La marca PP

Dada la muy escasa pericia del Partido Popular en todo lo relacionado con la comunicación y la imagen, está por ver si la espectacular maniobra pudiera rehacer algo su marca antes de las elecciones. Durante toda la mañana del viernes se han escuchado en Madrid sirenas de coches de policía que recorrían las grandes arterias de la capital, en especial el paseo de la Castellana y la calle de Serrano, próximas al barrio de Salamanca donde vive el detenido. Tras una legislatura caracterizada por el letargo monclovita, estos aullidos electrónicos tienen algo de show electoral barato. Lo demás ‒como decía el Bardo‒ es silencio.


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