OPINIÓN

¡Muera la inteligencia!

Las redes sociales están triturando la cuidada imagen del intelectual como ser intocable capacitado para pontificar sobre lo divino y lo humano. 

¡Muera la inteligencia!
¡Muera la inteligencia! Estelheitz

Conforme el nuevo siglo va rematando su segunda década, vivimos ya inmersos en las novelas de ciencia-ficción que leíamos en el siglo XX. Ningún aspecto de nuestras vidas cotidianas se ha librado del efecto de la globalización, iniciada con Cristóbal Colón al descubrir América y rematada por Bill Gates/Steve Jobs con el hogar informatizado y el microordenador. Nunca en la historia de la humanidad tantas personas han tenido acceso a semejante cantidad de datos y, en términos más generales, a tal acopio de conocimientos. Por tanto, nunca como en el siglo XXI habían estado tan preparados los líderes del mundo civilizado para tomar decisiones óptimas en aras de mejorar las condiciones de vida de los habitantes del planeta. La   población occidental, por su parte, posee los instrumentos y pormenores necesarios para valorar a los mandatarios, descartando o apoyando a quien juzgue conveniente. Entonces, ¿qué sucede para que Occidente se encuentre sumido en una crisis que podría ser preludio de un aparatoso final?

No es casual el hecho de que los antaño llamados “medios de información” se llamen hoy “medios de comunicación”. De hecho, como señalaba Revel en 'El conocimiento inútil', se trata de términos opuestos

Si gracias a internet tenemos acceso al vasto corpus de conocimiento científico, educativo y cultural, disponible en versiones mediáticas aptas para el público común, ¿por qué la población de los países civilizados ha perdido casi por completo ―según reiteran las encuestas europeas y estadounidenses― su confianza en la clase política? Tenemos a nuestro alcance el saber mundial, pero ¿queremos usarlo? No es casual el hecho de que los antaño llamados “medios de información” se llamen hoy “medios de comunicación”. De hecho, como señalaba Revel en El conocimiento inútil, se trata de términos opuestos. Pero si una civilización nacida y desarrollada gracias al conocimiento se ofusca en obstaculizarlo, parece necesario llamar ―¿aporrear?― a la puerta de los intelectuales occidentales. El retrato robot de nuestra sociedad sitúa a un lado a intelectuales, artistas, escritores, periodistas, profesores, filósofos y sabios, condenados a un tira y afloja permanente con el malvado bando de “los poderes”, “los mercados”, “el imperialismo”, “el vil metal”, “los ejércitos”, “las fuerzas del orden”, “los fascistas”, “los tiranos” y “los explotadores”.

Esta simplificación maniquea al estilo de una película de acción podría parecer una boutade, pero es la que maneja la soi-disante intelectualidad occidental, con tanto más éxito cuanto que los medios estándar la prodigan sin sonrojo. Por supuesto que ha habido críticas, como la de Tocqueville, cuya precisión quirúrgica es aplicable hoy: “Los hombres de letras se han convertido en los principales hombres políticos del país, tomando en su mano la dirección de la opinión, pese al alejamiento casi infinito de la práctica en que ellos viven”. Durante dos siglos largos desde que Tocqueville lo escribió, la figura ancestral del intelectual como sabio de la tribu se había mantenido ―pese a críticas como las de Hayek (“comerciantes en ideas de segunda mano”), Friedman (“políticos no electos que viven de nuestros impuestos”) o Paul Johnson (“los peores déspotas son los tiranos de las ideas”)― casi incólume. El ardid del intelectual ideológico consiste en comportarse como un líder político sin someterse a los mismos riesgos.

Los hitos políticos del Brexit y la victoria de Trump no apuntan solo a una animosidad contra las clases altas, sino también a un marcado resentimiento contra las élites intelectuales

Sin embargo, los hitos políticos del Brexit y la victoria de Trump no apuntan solo a una animosidad contra las clases altas ―como pudiera parecer por el sesgo antisistema de ambas operaciones―, sino también a un marcado resentimiento contra las élites intelectuales. Al democratizar la información, la tecnología ha destapado el artificio del intelectual de antaño, cuyo lenguaje hermético servía para intimidar al público y, con frecuencia, para ocultar la ignorancia propia. Las redes sociales están triturando la cuidada imagen del intelectual como ser intocable capacitado para pontificar sobre lo divino y lo humano. Como señala Félix de Azúa en El aprendizaje de la decepción, hoy las figuras “que encarnan opinión no son exactamente personas, sino más bien productos”. Abundando en esta perspicaz observación, Javier Marías escribe que “Al ser ellos mismos [los intelectuales] el verdadero producto, cuanto salga de ellos no será en realidad sino un subproducto o, dicho de otra forma, el efímero y nunca enteramente satisfactorio sucedáneo del verdadero producto”. Las obras de los intelectuales, reflexiona Marías, se habrían convertido en el símbolo, en la mera sombra de una persona reducida hoy a un nombre. Estos “intelectuales” degradados a la categoría de influencers estarían condenados a no perdurar ni ser recordados, pues basta con que el emisor, el nombre, siga emitiendo mientras esté vivo, como producto humano que es.

Vemos por tanto cumplirse la maldición del general José Millán-Astray, que en 1936 gritaba a Unamuno su ominosamente célebre “¡Muera la inteligencia!” durante la conmemoración del Día de la Hispanidad en la Universidad de Salamanca. Según el allí presente Eugenio Vegas Latapié ―preceptor del Rey Emérito―, lo que realmente bramó Millán-Astray fue “¡Muera la intelectualidad traidora!”, conjuro que parece haberse cumplido 80 años después por voluntad expresa de la propia élite pensante, hoy degradada a emisora funcionarial de subproductos informativos en las redes sociales.


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