La tribuna de Gabriela Bustelo

Juego mayor quita menor

En las tres décadas largas de democracia española se ha repetido el mismo esquema político de un modo casi matemático. Los gobiernos de izquierdas desembocan en una corrupción tan colosal que el electorado les castiga votando a la derecha para que restaure el país y así poder repetir el mismo proceso de nuevo. La corrupción institucional no solo estaba blindada estructuralmente, sino también aceptada por la ciudadanía como algo inherente a la política. Cuando le tocaba al PSOE en el poder se hacían cambios sociales que se vendían como “la gran modernización de España” y se cobraban mediante tramas fraudulentas que han estado en marcha durante décadas. Luego llegaba el PP y procuraba arreglar el desaguisado económico, trincando lo suyo con menos avaricia para la ingeniería del fraude.

La cultura de la confrontación impregna todas las esferas de la vida española: desde la política y la cultura hasta el deporte y el amor

Un odio incontrolable

Si este bipartidismo prolongado durante cuarenta años hubiera sido el jeu à deux que muchos sospechan, España no llevaría tres meses largos sin gobierno, porque ambos bandos tendrían una relación lo suficientemente engrasada como para solventar el trance. El hecho de que los políticos españoles –salvo casos honrosos– sean incapaces de ponerse de acuerdo denota que realmente se odian con un sentimiento barriobajero imposible de controlar ni domeñar. La cultura de la confrontación, cocinada durante el franquismo y hervida a fuego lento durante la democracia, impregna todas las esferas de la vida española: desde la política y la cultura hasta el deporte y el amor. Pero si en tiempos de nuestros abuelos eran relativamente comunes las amistades y los matrimonios entre personas de signos políticos opuestos, hoy la polarización es tal que la ideología es un escollo insalvable. Mientras la vida pública está invadida de eslóganes políticamente correctos que predican la tolerancia y el diálogo, la vida privada es un hervidero de odios donde absolutamente todo se clasifica y cataloga como facha o progre.

Enemigos y rivales

Hace unos días el periodista Miguel Ángel Bastenier hacía en Twitter una observación atinada, que sirve para comprender la disfuncionalidad de la política española: “Un enemigo puede ser rival, pero un rival no tiene por qué ser enemigo”. En un escenario político saneado, considerar enemigo a un adversario o rival es impensable. El modo de tratar a los adversarios está relacionado con la noción de la propia valía. Si un líder político plantea la interacción con el adversario como un fair-play respetuoso entre oponentes equiparables, la competición será una experiencia enriquecedora de la que se beneficiarán ambos (y todo el entorno por ósmosis). Por el contrario, si un líder enfoca la política como una batalla campal contra un enemigo al que hay que aniquilar, estaremos ante un autócrata. Por increíble que pueda parecer, buena parte de la clase política española tiene esta mentalidad antidemocrática.

En estos tiempos de crisis marcados por una revolución informática sin precedentes, la preeminencia de las viejas élites mejor informadas está en entredicho

La alienación de las élites

La observación del patético peliculón de estos tres meses permite detectar otro grave defecto que afecta –salvo honrosas excepciones– a toda la cúpula política española: la creencia de que un político debe engañar al electorado para exprimirle los codiciados votos. En estos tiempos de crisis marcados por una revolución informática sin precedentes en la historia de la humanidad, la preeminencia de las viejas élites mejor informadas está en entredicho. Nunca tantas personas han tenido acceso a tal cantidad de conocimientos en un entorno tan libre y tecnificado. En España esto está produciendo la paradójica circunstancia de que la población reclame a sus líderes políticos un reajuste para el que parecen metafísicamente incapacitados.

Juego de niños

Desde que Daniel Goleman publicó en 1995 Inteligencia emocional, del que se vendieron 5 millones de ejemplares, son incontables los ensayos aparecidos sobre el conocimiento como algo intuitivo. En España José Antonio Marina siguió los pasos del célebre psicólogo estadounidense con varios ensayos sobre la valentía necesaria para desarrollar la inteligencia debidamente, pero pocos autores han logrado superar el clásico de Piaget La psicología de la inteligencia, cuya sencilla premisa es ésta: los niños no piensan del mismo modo que los adultos. Quienes estamos pendientes de la actualidad política comprobamos a diario, con una mezcla de estupor y vergüenza ajena, hasta qué punto un individuo con un cociente intelectual normal puede comportarse como un necio. Un niño no piensa como un adulto porque emplea la inteligencia en bruto, con todo su potencial. Nos podrá parecer que la conducta de los políticos españoles durante estos tres meses es pueril, pero cuatro niños –desprovistos de prejuicios, vanidades y odios incontrolables– habrían llegado a una solución al día siguiente de las elecciones.


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