La tribuna de Gabriela Bustelo

Gracias y desgracias de la nueva España

En estos tiempos de alta autoestima y ego superlativo, quien más quien menos se considera dotado de un ingenio singular y de un salero tremendo, pero ¿qué es exactamente el humor? ¿Cuándo empezamos a hacer eso tan saludable de partirnos de la risa? Parece ser que el sentido del humor humano pudo nacer como una especie de aderezo para atraer al sexo contrario. La ironía –como la cola del pavo real o la danza del delfín– sería, en origen, un instrumento de seducción.

Los falsos humoristas suelen cebarse en los demás, mientras que los verdaderos ases del humor se ríen, por encima de todo, de sí mismos

El humor filosófico

Andando los siglos, esa guasa primitiva pasó a ser una parte fundamental de nuestras vidas y, a menudo, un mecanismo de defensa contra la vida misma. Eso sí, seguimos sin tener claro lo que es. Ya decía Jardiel Poncela que definir el humor es como pinchar una mariposa con un poste de telégrafos. Lo que sí sabemos es que hay dos tipos de humor. El primero –el más común– es facilón, cobarde, malévolo y, con asombrosa frecuencia, cruel. El segundo, por el contrario, es sutil, ingenioso, elegante y, en algunos casos, incluso artístico. Los falsos humoristas suelen cebarse en los demás, mientras que los verdaderos ases del humor se ríen, por encima de todo, de sí mismos.

El mal humor español

Pues bien, si esta es la prueba del buen humor, el concejal Guillermo Zapata no la pasa. Sus tuits “¿Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero” y “Han tenido que cerrar el cementerio de las niñas de Alcàsser para que no vaya Irene Villa a por repuestos” entran sin duda en la categoría del humor malo, porque confunden –incomprensiblemente– la ironía con la crueldad. Todos los “chistes” supuestamente graciosos de Zapata se burlan de otras personas, es decir, pretenden hacer humor a costa de los demás. Él asegura que con su retahíla de tuits macabros pretendía iniciar un debate sobre los límites del humor. Si fuese un ciudadano privado no habría problema, más allá de poderse lamentar su sectarismo, su mezquindad y su mal gusto. Pero resulta que Zapata es un concejal madrileño. Es decir, un político a quien vamos a pagar con el dinero de nuestros impuestos para que mejore la calidad de vida en la capital de España.

Un político occidental no puede de ninguna manera haber expresado públicamente, en ningún momento de su existencia, nada semejante al odio hacia sus congéneres

Políticos versus politicastros

Pues bien, recordemos a estos politicastros novatos una serie de obviedades dignas de “Barrio Sésamo”, pero al parecer necesarias en la España emergente. Un político occidental no puede de ninguna manera haber expresado públicamente, en ningún momento de su existencia, nada semejante al odio hacia sus congéneres, ya sean judíos, víctimas del terrorismo o afiliados a otros partidos. Ramón Espinar, que comparte con Zapata la convicción de que cualquier cachondo mental puede ser político, escribió hace una semana en su cuenta de Twitter: “Claro que he borrado mi timeline. Viendo el percal, cualquier cosa puede ser descontextualizada y yo, hace 4 años, no era cargo público”. En un país occidental los políticos con un cargo público son, obviamente, personas de una pieza, coherentes y fieles a sus ideas, no saltimbanquis con principios de quita y pon.

Infantiloides descualificados

Los chicos de Podemos no son profesionales de lo público –cosa que esgrimen como el currículum dorado–, pero es que no son profesionales de nada. Creen que hacer política consiste en soltar chistes malos, llamar facha a todo quisque y repetir como un papagayo en Twitter el hashtag #LosVamosAEchar. La furia infantiloide ante toda crítica recibida indica un grado de inanidad preocupante, por no hablar de su aparente desmaña para la argumentación política adulta. Ni a Pablo Iglesias ni a ninguno de los chicos del 15M se le pasó jamás por la cabeza colarse de rondón en pleno centro de la realidad nacional. Como tampoco a la propia Carmena, ni a Colau. Ni en sus mejores sueños imaginaron desbancar al PSOE. Ni amedrentar al PP. Ni hacerse un hueco en Cataluña. La prueba de que España es hoy una democracia es precisamente que esta tropa de descualificados se esté abriendo hueco en nuestra vida política.

El político debe actuar siempre como si le vieran. El prudente considera que le miran o que le mirarán. Sabe que las paredes oyen y que lo mal hecho acaba saliendo a la luz

El Oráculo de Gracián

A todos estos políticos novatos les conviene aplicarse uno de los últimos aforismos que escribió ¡hace casi cuatro siglos! el irrepetible Baltasar Gracián en su Oráculo manual. El político “debe actuar siempre como si le vieran. El prudente considera que le miran o que le mirarán. Sabe que las paredes oyen y que lo mal hecho acaba saliendo a la luz. Aunque esté solo, actúa como si todo el mundo le viera, porque sabe que todo se sabrá. Mira ya como testigos a los que, cuando se enteren, lo serán después. Quien desea que todos le vean no se preocupa de que desde fuera le puedan observar en su casa.” 

¿Qué hubiera dicho Cervantes?

Y tras el Arte de prudencia, los podemitas podrían (¡Claro que podemos!) leerse a Cervantes, que medio siglo antes no solo inventó la novela sino que elevó el humor a alturas celestiales, superando a sus coetáneos británicos Shakespeare y Ben Jonson en la modernidad con que abordó su genial autoparodia. ¿Qué hubiera opinado Cervantes del chiste del cementerio? Mejor no pensarlo.


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