La tribuna de Gabriela Bustelo

Europa bien vale un violín

Fuga de capitales, ataque de los mercados, huida de la inversión, retorno de los flujos, agujero bancario, bono basura, quita de la deuda, prima de riesgo, rescate, intervención. Estas expresiones económicas –cuyo significado la mayoría de los mortales desconoce– se han convertido hoy en un lenguaje de uso casi común. Mientras escribo esto el mundo permanece atento al clímax de la inmolación griega, cuya fecha límite para reaccionar es este domingo, cosa que nadie acaba de creer, dada la trayectoria de mentiras, trampas y retractaciones que lleva el gobierno de Tsipras desde finales de enero. Entre tanto, seguimos escuchando esos arcanos económicos entre los que destaca la personalización de “Los Mercados” como satánico ente plural que habría desencadenado todos los males de Occidente. Pero ¿qué está pasando realmente? ¿Por qué las medidas financieras que se toman no consiguen salvar a los países europeos –España incluida– que sufren los estragos de la crisis?

La contaminación espiritual que sufre Occidente ha afectado, cómo no, a los intelectuales, entre cuyos deberes está –o estaba– el pronóstico de los cambios sociológicos

La sociedad del hiperconsumo

La respuesta es sencilla. La crisis no es económica y el ineludible cambio de mentalidad requiere tiempo (pero mucho tiempo, es decir, décadas). El hecho de que la crisis haya tomado por sorpresa a tantos países significa que el número de personas que la anticiparon es mínimo. La contaminación espiritual que sufre Occidente ha afectado, cómo no, a los intelectuales, entre cuyos deberes está –o estaba– el pronóstico de los cambios sociológicos. Mientras en los países anglosajones se publicaban decenas de ensayos sobre la affluenza (hiperconsumo) y se creaban asociaciones contra el consumismo, España seguía volcada en la cultura del pelotazo que inauguró y fomentó Felipe González en los ochenta. El célebre No Logo: el poder de las marcas de la canadiense Naomi Klein –un furibundo ataque al materialismo y a la comercialización de la vida occidental– se tradujo al español en 2002, casi recién publicado, pero tras aparecer en la prensa las reseñas correspondientes, el libro cayó velozmente en el olvido.

La economía no es la causa

Bajo la crisis griega ‒como sucede con la española y la estadounidense‒ subyace el aturdimiento de una civilización cuyas bases filosóficas han sido sustituidas por extemporáneas necesidades materiales. El estilo de vida occidental se basa en un consumo ostentoso y violento, que los ciudadanos emplean para definirse e interaccionar de un modo cada vez más grotesco. Occidente está despertando bruscamente del carpe diem de los ochenta, con su optimista celebración de la fugacidad, la sobrevaloración del presente, el olvido del pasado y la ignorancia del futuro. Treinta años después, no queda ni rastro de esa euforia de la postmodernidad. El presentismo que caracterizó a los años ochenta –la movida madrileña es un perfecto ejemplo– se ha desvanecido. En nuestros tiempos priman el desempleo, la informatización de la sociedad, la preocupación por la salud, las crisis cíclicas y un largo sinfín de traumas que provocan ansiedad individual y colectiva. Las causas del declive de nuestra civilización serían, entre otras, la desintegración de la familia como base de la sociedad, la pérdida de la fe religiosa y la epidemia de individualismo. Todo ello va unido a la adoración del dinero, el nuevo dios, que hoy ha sustituido por completo a los valores tradicionales. Paradójicamente, sin embargo, la retahíla de palabros económicos que escuchamos a diario no consigue explicar ni solucionar la crisis. Porque la crisis –repitámoslo hasta la saciedad– no es económica.

Tal vez no haya mejor metáfora de la decadencia occidental que la historia del violín del

Titanic

Y los violines seguían sonando

Tal vez no haya mejor metáfora de la decadencia occidental que la historia del violín del Titanic. Como es sabido, el director de orquesta Wallace Hartley siguió tocando el himno “Nearer, my God, to Thee” con su banda de ocho músicos mientras el barco se hundía en las gélidas aguas del Atlántico aquel aciago día de abril de 1912. Dos semanas después el cadáver del heroico director se recuperó y atado a él, en una funda de cuero, estaba el violín alemán que su novia le había regalado y que él murió tocando. Pues bien, hace dos años ese violín se subastó en Londres y fue adquirido por un millón de euros. Desde entonces hay rumores sobre la autenticidad de ese instrumento reaparecido en un desván un siglo después del trágico suceso. ¿Y qué más da?, pensaría el anónimo comprador británico. Lo que importa es tener dinero para comprarlo. Porque en nuestro mundo, lo real es lo comprable. Lo demás no existe. Quién sabe si, andando el tiempo, no se subastarán también la moto de Varoufakis y su cazadora de cuero. ¿Vivir para contarlo? No. Vivir para comprarlo. Y de fondo, los frenéticos acordes de los violines del naufragio.


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