La tribuna de Gabriela Bustelo

Las dos Españitas posmodernas

Tras apencar con 40 años de dictadura franquista y habiendo dejado morir a Franco en la cama tranquilamente, los españoles nos hemos pasado otros 40 años votando, con una cachaza admirable, a una plétora de políticos corruptos que, como estamos viendo, eran canes intercambiables con distintos collares. Sobornos, donaciones ilegales, fraudes fiscales, malversaciones de fondos, tramas institucionales, estafas autonómicas, enjuagues familiares… Los presuntos casos se extienden desde Cataluña al norte hasta Andalucía al sur, cubriendo casi todo el espectro de la administración. En España parece imposible desayunar sin estomagarse con el correspondiente culebrón sobre algún político fundiendo o distrayendo cientos de miles de euros.

Cualquier otro presidente de Gobierno hubiera salido a la palestra en reiteradas ocasiones a compartir el enfado con los españoles, situándose en el bando de “los trabajadores honrados”

La legislatura del silencio

Y ahora en 2015 ‒¿nunca es tarde si la furia es legítima?‒, estamos al fin oreando un cabreo latino monumental y ya no damos respiro a la clase política, que busca en vano donde guarecerse de la tormenta diaria de indignación civil. Cualquier otro presidente de Gobierno hubiera salido a la palestra en reiteradas ocasiones a compartir el enfado con los españoles, situándose en el bando de “los trabajadores honrados”, para desmarcarse de las manzanas podridas del PP. En vez de dejar esto bien patente, Mariano Rajoy ha presidido la legislatura del silencio. En un inaudito gesto de empatía popular, en otoño de 2014 el presidente ofreció “a todos los españoles” algo parecido a una disculpa por el comportamiento de su partido. ¿Sospecharía Rajoy que seis meses después se iba a estar jugando la reelección no solo con el PSOE, sino con dos formaciones jóvenes a las que considera, por usar sus palabras, unas simples “pandillas de amigos”? Recordemos que sus acólitos ninguneaban a Podemos por ser unos frikis y que él mismo ha intentado desairar a Ciudadanos comentando que andaban buscando candidatos por las cafeterías.

El inaplazable relevo generacional

Pero mientras los dos partidos nacionales daban ‒y siguen dando‒ un espectáculo tan indignante como patético, las jóvenes generaciones españolas, hartas de la decadencia nacional, se han organizado para ofrecer nuevas opciones al martirizado votante español. Si Podemos fue el epicentro de un movimiento tectónico ya imparable, Ciudadanos ha aprovechado la coyuntura para imponerse en el escenario político como una opción auténtica. En estos momentos de noqueo de Podemos tras la aparatosa salida de Monedero, Ciudadanos se perfila, apuntalado de nuevo por las encuestas, como un partido español con futuro.

El votante español: ¿víctima o verdugo?

¿Lograrán estos políticos jóvenes frenar la rampante pandemia de corrupción? Tan llamativa como la propia corrupción en sí es la aparente incapacidad de los votantes para castigar a los políticos culpables donde realmente importa: en las urnas. Los casos de Andalucía ‒la gran trinchera socialista‒ y Valencia ‒bastión del Partido Popular‒ demuestran el terco empeño de muchos miles de españoles en regalar su voto y el dinero de sus impuestos a las mafias tradicionales. Estos días estamos viendo en directo que el merecido castigo al partido socialista andaluz por sus tres décadas largas de desgobierno no se lo han dado los votantes, que acaban de confirmar en las urnas su apoyo a la corrupción, sino los demás partidos ‒PP, Podemos y Ciudadanos‒ que encabezan (unos por principio, otros de rebote) la cruzada regeneracionista.

Una potente cobertura mediática de un escándalo de corrupción afecta de inmediato a las encuestas sobre intención de voto, pero esto no se refleja necesariamente en las urnas

Ganan los sospechosos habituales

Algunos políticos locales salen escarmentados de las elecciones, pero en las generales los sospechosos habituales son reelegidos sin el menor cargo de conciencia, como demostró Felipe González con una constancia digna de mejor causa. Una potente cobertura mediática de un escándalo de corrupción afecta de inmediato a las encuestas sobre intención de voto, pero esto no se refleja necesariamente en las urnas. Haciendo honor al topicazo del temperamento latino, el español medio se lleva un sofocón con el telediario y despotrica sobre los políticos ladrones a todas horas, pero cuando llega a la urna vota mecánicamente a los de siempre, sin siquiera plantearse cambiar de opción. “En casa siempre hemos sido del PP” o “Mi familia entera, del PSOE” son latiguillos que sirven para justificar la inmoralidad de votar a sabiendas a candidatos corruptos.

La polarización española

Es indudable que la prensa nacional es parcialmente responsable de esta situación, ya que en España se tiende a hacer un periodismo de consignas basado en denunciar los escándalos de corrupción que afectan al “bando enemigo”. Al fin y al cabo, nuestra prensa es el fiel reflejo ‒tal vez incluso exagerado en sus aristas‒ de uno de los países más politizados de Occidente. En España el abismo entre la derecha y la izquierda es tan profundo que buena parte del electorado parece dispuesto a taparse la nariz y seguir apoyando fielmente a su viejo partido corrupto. Superar la brecha izquierda-derecha es, para muchos votantes españoles, algo sencillamente imposible. ¿Se puede considerar España una democracia plena en estas condiciones? La respuesta es obvia: No.

La Guerra Civil posmoderna

Ochenta años después de estallar la Guerra Civil, el resentimiento entre las dos Españitas se conserva intacto: “conmigo o contra mí”, maniqueísmo buenos/malos, conspiranoia como filosofía de la vida, impunidad auto-concedida y eterna posesión de la verdad. Las palabras desilusionadas ladran como balas ‒Dylan dixit‒ en esta Guerra Civil posmoderna tan cruel, inútil y paleta como la verdadera Guerra del 36.


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