La tribuna de Gabriela Bustelo

¿Economía o estúpidos?

El presidente Rajoy ha pasado buena parte de esta legislatura sin comunicarse con los 10.866.566 votantes, que le dieron en 2011 una histórica mayoría general. El porcentaje de votantes que obtuvo (44,63%) solo lo superó Felipe González en 1982 con un 48,11%. Por eso tiene todo el sentido que Mariano Rajoy haya dedicado su intervención en el Debate sobre el Estado de la Nación a glosar el repunte económico. La consecución de ese objetivo único lo ha mantenido tan ocupado como para no poder dirigirse de tú a tú a los decepcionados once millones de votantes que confiaron en él. En el convulso ambiente nacional, donde hasta el reciente terremoto se ha politizado, la condescendencia del presidente al enumerar sus resultados económicos ha avivado las ascuas del fastidio general. Porque Rajoy ha logrado la improbable hazaña de tener insatisfechos a muchos de sus votantes, a casi todos los medios de comunicación y, por supuesto, a toda la oposición oficial y no oficial.

Un millón de millones

La deuda pública española rebasa sobradamente el billón de euros. Es decir, España tiene un pasivo superior a un millón de millones de euros. Esto equivale a más del 100% de nuestro Producto Interior Bruto. O por decirlo de otro modo, los españoles debemos el equivalente de todo lo que producimos anualmente. El grueso de esa deuda corresponde a la Administración Central, representada desde hace meses en los medios por ciertos dirigentes que parecen crónicamente incapacitados para conformarse con un sueldo sin acompañarlo de comisiones, desvíos, tramas fraudulentas, tarjetas negras o lo que se vaya terciando. Hay modalidades de ingeniería financiera tan sofisticadas que todavía no tienen nombre. Pero si existe la menor posibilidad de meterle mano al tarrito de la miel pública, aparacerá un taimado político dispuesto a intentarlo.

Las comunidades autónomas ‒cuyos parlamentitos, consejitos y embajaditas succionan como aspiradoras abotargadas el dinero del contribuyente‒ tienen una deuda pública que ronda los 250.000 millones de euros

¿Por qué se llaman autónomas?

Las comunidades autónomas ‒cuyos parlamentitos, consejitos y embajaditas succionan como aspiradoras abotargadas el dinero del contribuyente‒ tienen una deuda pública que ronda los 250.000 millones de euros. La pregunta que cabría hacerse es: ¿Por qué se llaman autónomas? Recordemos que las autonomías más endeudadas son la Valenciana, con una deuda del 35,8% de su PIB, la de Castilla-La Mancha, con un 33,7%, y Cataluña, con un 31,8%. Y las menos endeudadas son Madrid (13,3%), Canarias (13,8%) y País Vasco (14,1%). En cuanto a la administración local, Guindos reconocía en 2012 que España tiene un número de ayuntamientos muy superior al de otros países del mismo tamaño. De hecho, en el Programa Nacional de Reformas remitido a Bruselas en abril de ese año se incluía una propuesta para reducir el número de consistorios, cosa que no ha sucedido. En fechas muy recientes los 8.100 municipios españoles han logrado reducir su deuda a algo menos de 300.000 millones de euros, cifra que ‒dados los niveles billonarios en que nos movemos‒ resulta a todas luces insuficiente.

La imagen del PP

Por tanto, cuando el presidente Rajoy nos vende la subida de empleo y las buenas previsiones de crecimiento para 2015, le creemos. Es cierto que 2014 ha sido el primer año, desde el fatídico 2007, con cifras de crecimiento sostenido. Y también es verdad que ha aumentado el consumo interno un 3,4% desde el año anterior. Pero dado el desfile de viajes, pisos, coches, cuadros, relojes, bragas y botellas de vino que hemos visto pasar ante nuestros atónitos ojos, cabe preguntarse cuántos de los casi once millones de españoles que votaron al PP en 2011 estarían dispuestos a repetir. Y cabe preguntarse si Rajoy debe conformarse con vender las buenas expectativas económicas mientras la izquierda española sufre una metamorfosis kafkiana que está trastocando a ojos vistas el panorama político nacional. Las cifras que nos vende Rajoy son buenas en comparación con el resto de los renqueantes países europeos, aunque tampoco son para que nadie meta otra botella de Moët a enfriar.

La economía no es el problema

La obcecación con la economía estaría justificada para el español medio si se hubieran cumplido los esperados objetivos de adelgazamiento del mastodonte estatal y autonómico. La omisión es grave, pero palidece comparada con la incapacidad de Rajoy para admitir abiertamente que en el PP ha habido casos graves de corrupción. Incluso si lo hiciera ahora, podría ser ya tarde. Las siglas PP se han convertido, para miles de ciudadanos, en un símbolo de frivolidad. Bajo la crisis española ‒como sucede con la europea y la estadounidense‒ subyace la confusa mentalidad de una civilización cuyos principios filosóficos y espirituales han sido sustituidos por extemporáneas necesidades materiales. El estilo de vida occidental se basa en un consumo conspicuo, comparativo y defensivo, cuyas víctimas interaccionan de un modo acelerado, fraccionado, cada vez más grotesco. Mientras Occidente no se haga un examen de conciencia y los medios de comunicación continúen tratando a la economía como la causante del crash económico, es probable que las crisis sean cíclicas. La economía no es el problema, sino el fiel reflejo de un gravísimo problema. 


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