OPINIÓN

La Democracia iPhone

Nunca tantas personas han tenido acceso a tal cantidad de información en un entorno tan libre y tecnificado. Pero el acceso al conocimiento no garantiza la asimilación de ese conocimiento.

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Imagen Yolanda Sun

En Occidente tendemos a quejarnos machaconamente de todo, apenas conscientes de que no siempre tuvimos esta libertad que nos permite soltar exabruptos públicos casi diarios sobre el clima, la comida, la política, el deporte y la televisión. Basta mencionar un puñado de próceres de la historia europea ‒Julio César, Constantino, Carlomagno, Guillermo el Conquistador, los Reyes Católicos‒ para valorar la sufrida trayectoria de la democracia desde la Grecia de Pericles (pese a la intención igualitaria del cristianismo) hasta la Revolución Industrial y la Revolución Francesa. Probablemente fue Churchill quien apuntaló la democracia occidental como una cultura por la que merecía la pena vivir y morir, es decir, tal como la entendían los griegos. No en vano fue Churchill quien dijo con su pragmatismo socarrón: “Muchas han sido las formas de gobierno que se han ensayado y que se ensayarán en este mundo de pecado y aflicción. Nadie pretende que la democracia sea perfecta ni que sea sabia. De hecho, se ha dicho que la democracia es el peor sistema político que existe, exceptuando todos los demás que se han tanteado de un tiempo a esta parte”.

La democracia como marca registrada

La antorcha que prendió Grecia la lleva hoy Estados Unidos ‒la rama que al tronco británico sale‒, cuya democracia es casi una marca registrada. Basta ver una imagen de la Estatua de la Libertad o la bandera de las barras y las estrellas para saber de qué estamos hablando. Hoy prácticamente todos los países del mundo son democracias en mayor o menor grado. Desde los años setenta hasta comienzos del siglo XXI, cerca de 70 países se han convertido en democracias.

La sospecha de que los políticos son inútiles ya no es una queja retórica, sino que se ha convertido en algo fácilmente comprobable

El atractivo de engancharse al tren democrático es comprensible: mayor riqueza, menos corrupción y menos guerras. Todo ello pudiendo convivir libremente con un futuro asegurado. A los coetáneos nos han tocado las mejores décadas de la historia de la humanidad, con un descenso de la pobreza mundial sin precedentes. La revolución informática ha acercado a los políticos a la población, despojándolos de su aura intocable. La sospecha de que los políticos son inútiles ya no es una queja retórica, sino que se ha convertido en algo fácilmente comprobable. Pese a la separación de poderes, las salvaguardas constitucionales, las legislaturas bicamerales y la rotación de partidos políticos, las democracias están controladas por minorías con frecuencia corruptas, como denuncia la serie estadounidense House of Cards. La pasión por el debate heredada con la democracia griega ha degenerado en un guirigay decadente donde todo se discute, pero poco o nada se resuelve.

El malestar en la cultura

Al intentar buscar a quien echar la culpa, la globalización aparece como la mala bestia a la que nadie había invitado y a la que nadie conoce bien del todo. La gran paradoja de la globalización es que mientras conecta de una manera casi íntima a 7.000 millones de personas, al mismo tiempo produce un sentimiento de alienación. Una persona con acceso a un iPhone o un iPad puede obtener cantidades ingentes de información y cultura antes no disponibles de manera inmediata y gratuita, pero Internet también exacerba los sentimientos de frustración. Hace ya casi un siglo Freud explicaba ‒en su ensayo El malestar en la cultura‒ esa alienación como un resultado inevitable de la presión que ejerce la sociedad occidental sobre cada uno de sus miembros, generando un sentimiento de culpa por no estar a la altura de las expectativas.

La globalización de la desinformación

La conducta del electorado occidental ha sido analizada durante décadas desde el punto de vista socioeconómico y psicológico, con resultados tan incuestionables como deprimentes. En general, los votantes de las democracias veteranas están lastrados por sus prejuicios. Del amplio grupo de personas con derecho a voto, una minoría sabe mucho de política y la mayoría no sabe nada. Es probable que estas proporciones hayan variado poco desde el nacimiento de la democracia, pero el iPhone genera la falsa impresión de convertir casi mágicamente a su propietario en un ciudadano bien informado. Por eso no debe extrañarnos que sea precisamente en las democracias prósperas y asentadas donde se están produciendo los comicios con resultados más aberrantes. Nunca tantas personas han tenido acceso a tal cantidad de información en un entorno tan libre y tecnificado. Pero el acceso al conocimiento no garantiza la asimilación de ese conocimiento. Tras una tortuosa trayectoria de 25 siglos, la democracia griega del ágora y el ostrakon se ha convertido en la democracia del iPhone, con grave peligro de volver a sucumbir.


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