La tribuna de Gabriela Bustelo

Culturización

Tras la poco profesional fuga de Wert, Rajoy ha colocado a un diplomático al frente de uno de los ministerios más importantes de este país. Pese a que la manipulación de la educación y la cultura es uno de los problemas graves que sufre España desde la Transición, el PP parece considerar el Ministerio de Cultura como una asignatura maría. Cuando el 26 de junio –con Occidente entero todavía en shock por los atentados islamistas–, Méndez de Vigo sustituyó a Wert en una ceremonia meteórica, aderezada con unos tontos chascarrillos sobre el teléfono móvil, quedó claro que Cultura –valga la redundancia– lo lleva claro.

José María Maravall creó una ley para “idoneizar” a centenares de PNNs del partido y convertirlos en los pésimos catedráticos que han politizado las universidades españolas situándolas en niveles de calidad ínfimos

La manipulación socialista

En este sector clave la mano que mece la cuna es, una vez más, el PSOE. Entre las leyes orgánicas que Felipe González implantó para politizar España estaban la Ley de Reforma Universitaria (LRU, 1983) y la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE, 1990). Recordemos que el superministro socialista de Educación José María Maravall –con Rubalcaba de Nº2– creó una ley para “idoneizar” a centenares de PNNs del partido y convertirlos en los pésimos catedráticos que han politizado las universidades españolas situándolas en niveles de calidad ínfimos. En 1975 había en España 28 universidades, pero en 2007 la cifra ya ascendía a 77, de las cuales 50 eran públicas, con 132 campus universitarios. Es decir, una por provincia. 

Enchufismo y provincianismo educativo

El enorme gasto que esto supone quedaría justificado si las universidades españolas fueran un foco de la excelencia cultural, pero la triste realidad es que ninguna de ellas figura en el ranking de las 200 mejores del mundo. Como dice Clara Eugenia Núñez en su inmisericorde libro Universidad y Ciencia en España (Gadir, 2013), la enseñanza superior española es una inmensa agencia de colocación de profesores desmotivados y mal pagados, pero también un enorme aparcamiento de jóvenes condenados al paro o al subempleo. En cuanto a los colegios, si el español se ha convertido en el segundo idioma de Occidente, impartido en los colegios de Europa y Estados Unidos, en algunas provincias de este país es imposible educar a un niño en español, por no hablar de la inmersión cultural que imparten las autonomías nacionalistas en sus colegios correspondientes. 

La aculturación socialista

La cosa no se queda ahí. La politización socialista alcanza a otra parcela crucial de la que también se va a ocupar el optimista Méndez de Vigo a partir de ahora: la cultura española, ferozmente amorrada a la subvención desde hace cuatro décadas. La apropiación de la cultura como sistema de control político ha sido una operación orquestada desde el PSOE con la inestimable ayuda del Grupo Prisa fundado por Jesús Polanco en 1985. Desde entonces hemos asistido a la fabricación en serie de un ejército de intelectuales y artistas que nos han vendido sus productos políticos enlatados en modernos formatos y satinados diseños. Un mundo tan pequeño como bien organizado, de apariencia cosmopolita aunque localista en su alcance y, sobre todo, capaz de manufacturar decenas de carreras profesionales todas semejantes entre sí y afines al ideario. 

La capacidad de liderazgo de un país también se mide por su

soft power, que es lo que podríamos llamar la industria cultural, con todas las instituciones y empresas que sirven para definirse, distinguirse y también “venderse” ante el mundo

La cultura como imagen nacional

Entre tanto, el resto de los intelectuales occidentales, cada vez más interconectados con los del resto del mundo, han seguido una deriva bien distinta, propia de los pensadores y creadores que viven en sincronía libre con el presente. No en vano las primeras potencias occidentales saben que la importancia de una nación requiere estabilidad política, poderío económico, capacidad militar, recursos naturales y productividad. Esto constituye lo que los estadounidenses llaman el hard power, o el poder duro. Pero desde la Guerra Fría la capacidad de liderazgo de un país también se mide por su soft power, o poder blando, que es lo que podríamos llamar la industria cultural, con todas las instituciones y empresas que sirven para definirse, distinguirse y, sí, también “venderse” ante el mundo.

Los soldados de la cultura

Por estas latitudes, sin embargo, nuestros intelectuales parecen atrapados en una burbuja de localismos, psicotecnias, productos partidistas y encargos subvencionados. Son estos soldados de la cultura los que han dado a Wert unos años muy malos, como se los dieron a todos sus predecesores del PP, Rajoy incluido. Por eso cuando ahora los principales diarios españoles destacan del sonriente ministro de Cultura recién nombrado su impecable trayectoria internacional y su pedigrí como aristócrata católico, una no puede por menos de echarse las manos a la cabeza. Se lo van a comer con patatas.

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Foto: interior de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid - Foto Í.Z.


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