La tribuna de Gabriela Bustelo

Casta España

Tras un año largo en Kuala Lumpur, Montevideo y Asunción (con las correspondientes entrevistas a Mahathir, Mujica y Cartes) el regreso a España produce un cóctel espiritual a medio camino entre el asombro y el aturdimiento. ¿Es este el mismo país que a finales de 2013 todavía se flagelaba por haber dado la mayoría absoluta al PP de Rajoy? A simple vista, un paseo por las calles españolas basta para vislumbrar el repunte económico. Locales bullangueros, caras optimistas, atascos fuera de hora, tiendas nuevas. ¿Y de qué se habla en los sitios públicos, en los medios de comunicación, en las cenas familiares, en los minutos robados a la jornada laboral? Solo hay un tema de conversación, que en un primer momento sorprende por novedoso, luego aburre por reiterativo y finalmente aturde por noqueo: Podemos.

Pablo Iglesias, el Spanish politician

Las grandes cabeceras de la prensa internacional dedican artículos semanales a Pablo Iglesias, el Spanish politician con nombre de patriarca socialista que se inventó un partido de ultraizquierda y lo bautizó con una españolización del eslogan de Obama, presidente del país más capitalista del mundo. Incoherente. Tramposo. Posmoderno. Son algunos de los adjetivos aplicables a este madrileño de 36 años que en un solo año ha trastocado por completo el escenario político nacional. Las últimas encuestas de intención de voto indican que Podemos ha dado un codazo chulesco a la izquierda tradicional, ocupando su lugar sin miramientos y quedando a una corta distancia de la derecha gobernante, que este año convoca elecciones generales.

La corrupción en el subconsciente colectivo

Estamos ante un líder con un carisma comparable al de Felipe González, el último político español de pura raza (a quien, por cierto, vi en Paraguay en su modalidad de conferenciante opulento, arropado por el millonario Carlos Slim, hablando con esa impostada convicción y esa sorna sureña tan suyas, unmáquina que conserva intactos sus poderes fáusticos). Pues bien, hace un par de semanas Felipe González decía que si él fuera joven no votaría a Podemos, porque cree que Pablo Iglesias no tiene un proyecto para España. El asunto de la corrupción no parece preocupar al expresidente socialista, pese a que la cúpula podemita acarrea un nubarrón de sospechas de fraude fiscal, enriquecimiento ilícito y financiación ilegal. Cierto que Felipe es un purasangre español y que en España subyace, como lamenta Vargas Llosa, “la idea profundamente destructiva de que todo el mundo es corrupto y si todo el mundo es corrupto, ¿por qué no voy a serlo yo también?”. Esta noción está de tal modo implantada en el subconsciente colectivo que son muy pocos quienes la denuncian con tanta claridad como el escritor peruano, porque son muy pocos los capaces de detectarla.

Cuando Pablo Iglesias saltó a primera fila de la actualidad española, lo hizo con un solo argumento: las cúpulas de los cuatro grandes partidos españoles (PP, PSOE, CiU y PNV) forman parte de una élite coordinada que ha impuesto en España un proyecto fracasado

Argumentario improvisado

Cuando Pablo Iglesias saltó a primera fila de la actualidad española, lo hizo con un solo argumento, tan sencillo y eficaz que prendió como un ascua entre la hojarasca: las cúpulas de los cuatro grandes partidos españoles (PP, PSOE, CiU y PNV) forman parte de una élite coordinada que ha impuesto en España un proyecto fracasado. Al escuchar esto, cualquier español lo reconoce inmediatamente como cierto. No es ninguna genialidad, ciertamente, pero alguien tenía que ser capaz de situarse fuera de esa élite, enfrente de esa élite, y decirlo. Hasta ahora no lo había hecho nadie. El problema es que para oponerse a los superpoderes de un país clasista como España ‒en esto comparable al resto de Europa‒ se necesita un discurso impecable, cristalino y resistente, al menos contra el primer embate, que por fuerza ha de ser salvaje.

Un proyecto disfuncional

Felipe González, por tanto, acierta: Pablo Iglesias tiene un buen argumento, pero no tiene un proyecto para España. Y no lo tiene porque ni a él ni a los demás chicos del 15M se les pasó jamás por la cabeza colarse de rondón en pleno centro de la realidad nacional. Ni en sus mejores sueños imaginaron desbancar al PSOE. Ni amedrentar al PP. Ni hacerse un hueco en Cataluña. Pero en un país genéticamente abonado a la mentira como es España, donde nadie se fía de nadie porque nadie dice la verdad, el primero en quebrar el simulacro se alza ipso facto en jefe de la tribu, en dios humano, en demiurgo redentor. Pero, ¡ay!, todo es una pura ilusión. Como les sucedía a los Ewoks en el Retorno del Jedi, los españoles admiran a Pablo Iglesias porque le ven como un droide C3PO que se ha bajado de un ovni. Nada más lejos de la realidad. Los chicos de Podemos no son profesionales de lo público, ni tienen olfato político. En cualquier país democrático, un partido hubiera prescindido sin miramientos de un Monedero, una Tania y un Errejón. La actitud defensiva de los Podemos ante el goteo mediático sobre los indicios de corrupción, sin plantearse destitución alguna, indica un grado de inmadurez política preocupante.  

El aliado involuntario

Curiosamente, el entusiasmo inicial de sus admiradores no se ha enfriado, en buena parte porque Podemos tiene un firme aliado en el lugar menos previsible. Desde las primeras apariciones de Pablo Iglesias como antihéroe en Intereconomía hasta hoy, cuando la crisis del PSOE madrileño birla todas las portadas, la prensa conservadora ha acompañado fielmente a Podemos, dándoles una notoriedad que se ha ido agigantando hasta saltar a los medios internacionales, contagiados ya también de podemitis. Ajena al primer mandamiento de los expertos en marketing ‒“No hay publicidad mala”‒, la derecha mediática despliega a diario una furibunda campaña de bombardeo negativo que, contrariamente a lo que creen, contribuye a consolidar la nueva marca.

Una vez ocupado por Podemos el espacio del PSOE, el país ha vuelto a instalarse cómodamente en el paradigma de las dos Españas, anticipando una siniestra versión posmoderna de la Guerra Civil

Una Guerra Civil posmoderna

Una vez ocupado por Podemos el espacio del PSOE, el país ha vuelto a instalarse cómodamente en el paradigma de las dos Españas, anticipando una siniestra versión posmoderna de la Guerra Civil, en la que todos los implicados descienden a los infiernos de la violencia verbal, el desprecio y el cutrerío generalizado. El tiempo y la energía dedicados a esta quimera impiden a Podemos solucionar su crisis existencial para dejar de ser un partido disfuncional. El PSOE parece sumido en una caquexia sin pronóstico y del PP ni hablamos. En el tablero político hay otro jugador que, ajeno al delirante panorama nacional, va tomando posiciones, corrigiendo errores y planificando estrategias. Albert Rivera es, junto con el rey Felipe, el español más valorado en las últimas encuestas de popularidad. El joven político catalán ‒conciliador, astuto, honrado‒ representa una clara esperanza para quienes ansían demoler el corrupto mastodonte institucional creado por la Transición, pero sin desfasados aspavientos anarco-leninistas.

La palabra que desquicia a España

Nos espera un año frenético, que va a ser crucial en la historia de España. Entre tanto, todos los culpables de habernos traído hasta aquí se afanan por no estar a tiro cuando se menciona esa palabra con la que Pablo Iglesias ha conseguido desquiciarlos a todos. Según tecleo estas letras, en los bares, en los lares y en los lupanares están paladeando, susurrando y chillando la condenada palabreja. Porque casta son y casta serán los que se dicen castos en esta casta España nuestra.


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