La tribuna de Fernando Sánchez Costa

Llamamiento a los españoles

El acuerdo electoral entre Convergència Democrática y Esquerra Republicana aboca a Cataluña a elecciones anticipadas y consuma el órdago que el Presidente de la Generalitat decidió plantear al Estado hace ya tres años. Estamos ante las elecciones más trascendentales de la democracia catalana y ante uno de los momentos más críticos de la historia contemporánea de España. Nos encontramos, literalmente, ante una revolución democrática pilotada por unas élites nacionalistas que pretenden romper el orden constitucional y liquidar un proyecto histórico de siglos al que hemos llamado España. Algunos considerarán esta apreciación alarmista y exagerada, como consideraron improbable el acuerdo de los partidos independentistas o la celebración de la consulta. Lo cierto, sin embargo, es que el proceso soberanista no responde a criterios de racionalidad, sino a la dinámica de la emoción colectiva. Es una avalancha sentimental y populista que se imagina cerca de conseguir la tierra prometida.

Se ha tensado al máximo la convivencia, se han puesto los medios de comunicación al servicio de la propaganda, se ha vivido una opresiva espiral del silencio, se nos ha tildado de antidemocráticos y se ha sembrado la animadversión contra España

Con estas líneas quisiera dirigirme, desde Barcelona, al conjunto de ciudadanos españoles. Lo hago tras unos años duros en Cataluña, donde se ha tensado al máximo la convivencia, se han puesto los medios de comunicación al servicio de la propaganda, se ha vivido una opresiva espiral del silencio, se nos ha tildado de antidemocráticos, se ha utilizado el dolor de la gente con fines partidistas y se ha sembrado la animadversión contra España. Pero quizá lo más difícil ha sido comprobar como aquellos que defendíamos la unidad nacional en unas condiciones adversas no hemos contado con el interés y el apoyo de la mayoría de la opinión pública española que, molesta y agotada por las provocaciones independentistas, ha llevado a cabo una cierta desconexión emocional y política con lo que acontecía en Cataluña.

A lo largo de estos años, viajando por España, me preguntaba por qué algunos se empeñan en borrar de nuestro imaginario catalán los paisajes andaluces, los campos de Castilla, la lengua de Cervantes, los textos de Machado, los lienzos de Velázquez o los trazos de Sorolla. Me preguntaba por qué nos querían proclamar extranjeros en nuestra tierra y por qué querían romper tantos lazos de amistad y familia. Me cuestionaba por qué esa obsesión en retorcer la historia y ese empeño en abandonar la propia tradición del catalanismo, que siempre propugnó la reforma de España desde la afirmación catalana. Pero me preguntaba, también, por qué le ha sido tan difícil a nuestra España asumir su pluralidad y su riqueza interna, por qué nos ha costado tanto acoger la lengua catalana como una magnífica lengua española, por qué no hemos valorado suficientemente la prosa de Pla, la sonoridad de Verdaguer, la contribución de Cambó o el idealismo de Pi i Margall. Por qué, todos, hemos preferido la dialéctica a la integración.

Quizá la reacción más natural ante las circunstancias presentes sea la melancolía. Una melancolía que podría transitar entre la conllevancia y la ruptura. Pero no nos podemos permitir la comodidad del desaliento. Hay demasiado en juego. Los independentistas se encuentran ante una gran oportunidad. Pero los constitucionalistas tenemos también una ocasión histórica. Si los soberanistas no suman mayoría, su proyecto quedará descabezado durante años. Tendremos la ocasión, entonces, de construir una alternativa de concordia, de progreso y de convivencia entre todos los catalanes. Una alternativa que construya puentes y no los derribe constantemente. Una alternativa que sitúe Cataluña al frente de una España renovada, y no al margen de Europa. Tendremos la oportunidad de hacer de Cataluña una sociedad libre, justa, confiada y abierta, en vez de una finca cerrada pastoreada por las élites nacionalistas.

Debemos empujar a votar a esa mayoría silenciosa que está confusa pero no quiere renunciar a ninguna de sus esferas de identidad

Tenemos una gran oportunidad. Pero para lograrlo, necesitamos el apoyo del conjunto de los españoles. Esta es la llamada que querría hacer desde Barcelona, casi como un último grito de resistencia. Quiero pedir, en nombre de muchos catalanes que sentimos España como algo propio, que nos ayudéis en estos momentos difíciles. Que no os desentendáis. Que llevemos a cabo un movimiento cívico y patriótico, moderno, enérgico, creativo e inteligente para defender nuestra historia y nuestro futuro. Cada uno desde su sitio y posición, cada uno según sus posibilidades y proyección, puede ayudarnos a dar la vuelta al clima que nos domina. Puede ser tan fácil como animar a votar a unos familiares, o como dar voz y espacio en los medios al momento crucial que atravesamos. Debemos levantar del sillón a los catalanes que votan en las generales pero se abstienen en las autonómicas. Debemos empujar a votar a esa mayoría silenciosa que está confusa pero no quiere renunciar a ninguna de sus esferas de identidad.

Lo que está en juego, al fin y al cabo, no es Cataluña. Es España como realidad política y social. Si España no reacciona, si se muestra indiferente ante lo que sucede en Cataluña, significará entonces que nuestro país, en realidad, ya no existe. Si es así, avisadnos con tiempo, porque nos ahorraremos la batalla democrática y la hostilidad del ambiente. Pero tengo confianza en que la realidad es distinta. Somos una nación antigua, con muchos defectos, pero con sentido del honor y de la historia. Ciertamente, en nuestro relato nacional actual, nos falta algo de música y poesía. Nos estamos levantado de una terrible crisis económica. Ojalá este dinamismo patriótico, creativo y moderno que propongo sirva para darnos el empujón definitivo y reanimarnos como nación. ¿Por qué no convertir el envite en una gran oportunidad para resurgir con más fuerza?


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