La tribuna de Fernando Sánchez Costa

Defender la libertad

Todo está muy mal. El mundo se encuentra secuestrado por los políticos y embargado por los banqueros. Son como puercos insaciables. El sistema liberal es una mera careta para proteger los intereses de los poderosos. Pero la hora de la redención ha llegado. Ya se atisba la aurora. Despunta un nuevo amanecer de justicia, solidaridad y paz universal. La sociedad sin clases. La comunidad fraternal. El paraíso en la tierra. El reino del hombre. Solo tenemos que seguir el estilo firme y el verbo poético de los líderes. ¿Les suena?

La coyuntura actual repite, de algún modo, el clima discursivo de la Europa de los años 20 y 30. Los profetas del tiempo nuevo anunciaron entonces la ruina del liberalismo y atisbaron la llegada de una nueva humanidad

Al fin y al cabo, no es nuevo. La coyuntura actual repite, de algún modo, el clima discursivo de la Europa de los años 20 y 30. Los profetas del tiempo nuevo anunciaron entonces la ruina del liberalismo y atisbaron la llegada de una nueva humanidad. La condición era abrazar el colectivismo. De la catarsis totalitaria debía nacer el hombre nuevo, libre de los vicios capitalistas. Pero el fascismo y el comunismo acabaron derrumbados por sus contradicciones internas y su negación de la libertad y la dignidad, mientras las democracias parlamentarias continúan su senda histórica. Han sobrevivido, una vez más, a sus elocuentes enterradores.

Las diferencias entre los dos periodos históricos son substanciales, pero la lógica de fondo es similar. El marco de entonces y el de ahora es una crisis económica durísima. El peligro es el mismo: el repliegue de la libertad y la renuncia a una idea de ciudadanía culta y responsable. Vivimos inmersos en una fuerte oleada estatista, que quiere resolverlo todo otorgando más poder al Estado. Es un giro infantilista, una vuelta al paternalismo político, una abdicación de la responsabilidad ciudadana. La solución parece ser nacionalizar la banca, multiplicar el sector público y llevar a cabo un nuevo dirigismo para garantizar la igualdad. Al fin y al cabo, negarle al ciudadano su libertad y su autonomía, para entregarla en manos de los burócratas. 

La izquierda ha comprendido muy bien que la hegemonía política viene precedida de la hegemonía cultural

Tenemos un problema añadido. La izquierda ha comprendido muy bien que la hegemonía política viene precedida de la hegemonía cultural. No sé si la derecha se ha tomado tan en serio la reflexión intelectual. Pondré por muestra un botón. En una de las principales librerías de Barcelona (La Casa del Libro) hay una sección completa dedicada a “pensamiento político de izquierda” mientras no hay una simple estantería para recoger los últimos libros de pensamiento liberal o democristiano. Es posible que haya una cierta omisión de la librería, pero es seguro que hay una clara omisión de un sector social que se ha sentido históricamente protegido por las estructuras políticas y ha declinado, en parte, pensar sus razones y exponer sus argumentos.

Está en juego la libertad y está en juego la ciudadanía ante un populismo de nuevo cuño experto en travestirse. Pero precisamente porque hay mucho en juego, lo primero que hay que hacer es tomarse en serio al adversario y atender con rigor a sus argumentos. Porque el hecho de que sus soluciones sean falaces, demagógicas y peligrosas no implica que su diagnóstico sea siempre equivocado. La crítica a un capitalismo de casino tiene un cierto fundamento, como también tiene sentido la rebelión moral y poética ante una sociedad de inclinación narcisista, que ha renegado del vínculo y del compromiso para abrazar la fragmentación y la tiranía del deseo. Pero la solución a estas fallas sociales no pasa de ningún modo por el socialismo del siglo XXI. El pasado y el presente dan razón inmediata del trágico fracaso de los intentos colectivistas.

La solución a la crisis sistémica que vivimos pasa, a mi entender, por volver a los principios más genuinos del liberalismo y de la democracia cristiana. Ha llegado el momento de redescubrir que la conjunción de estas dos tradiciones tiene un gran potencial transformador. Si entendemos la energía de renovación que contienen los fundamentos de estas dos corrientes, podremos construir un proyecto atractivo de centro-derecha. Un proyecto en el que vibre un humanismo.

Volvamos a nuestras fuentes ideológicas. Allí encontraremos reivindicada la centralidad de la persona, de su iniciativa y de su responsabilidad. Allí encontraremos apelaciones rotundas en favor de la igualdad y la fraternidad necesaria entre todos los seres humanos. Hallaremos una ética del trabajo y una defensa del esfuerzo como criterios de organización social. Redescubriremos la crítica a un estado omnipresente y colonizador, pero también la denuncia de las dinámicas del pelotazo y la especulación. Encontraremos la exposición del principio de subsidiariedad, de justicia y de solidaridad. Reencontraremos el elogio del estado de derecho frente a la arbitrariedad del poderoso y la apología de la sociedad civil como vector de cambio social. Hallaremos la defensa de la dignidad humana y la vindicación del carácter transformador de la familia. Allí, en definitiva, descubriremos de nuevo el sentido más alto del patriotismo, entendido como compromiso cívico y motor de valores comunes. ¿Nos ponemos?


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