La tribuna de F. Egea y J. de la Torre

El Gran Deshilachamiento: Europa en peligro

¿Qué tienen en común el soberanismo catalán y los independentistas escoceses con los separatistas pro-rusos en Ucrania oriental y los yihadistas suníes del  Estado Islámico en Iraq y Siria, con el Frente Nacional francés de Marine Le Pen, el Tea Party norteamericano y Podemos en España? Salvando las enormes distancias morales, políticas y culturales, comparten un inquietante trasfondo común: la incipiente amenaza de descomposición de las estructuras estatales que daban estabilidad al mundo. Roger Cohen escribe en The New York Times sobre “El Gran Deshilachamiento” (Sept. 15), y Gideon Rachman en el Financial Times habla de “La Extraña Resurrección del Nacionalismo en la Política Global” (Sept. 22). Hace 25 años, Kenichi Ohmae, gurú de la gestión empresarial, publicó “Un Mundo Sin Fronteras”. Y hace sólo diez, Thomas Friedman firmaba “La Tierra es Plana: Breve Historia del Mundo Globalizado del Siglo XXI”. Las fronteras eran inútiles, nos decían, y las diferencias culturales, religiosas y políticas, cosa pasada. Sin embargo, en la segunda década del siglo XXI vivimos un proceso de fragmentación política que divide y destruye, trocea, polariza, paraliza o enfrenta a Estados soberanos en lugares clave para el orden mundial. El fenómeno de fondo es una reacción defensiva -sea en forma de sectarismo religioso, nacionalismo (separatista o chauvinista) o populismo antisistema (de derechas o de izquierdas)- contra una globalización que genera inestabilidad financiera, crisis económicas, desigualdad social y una modernización compulsiva que amenaza las identidades tradicionales. Mucha gente está buscando refugio en medio de estas tormentas, y el orden vigente no se lo da.

Lo que sorprende hoy es la vulnerabilidad de Occidente ante esta resaca disolvente tras una globalización que él mismo generó y promovió

Que la interminable crisis, que ya se compara con la Gran Depresión, conlleva una dinámica centrífuga, que socava la cohesión, es evidente. Lo que sorprende hoy es la vulnerabilidad de Occidente ante esta resaca disolvente tras una globalización que él mismo generó y promovió. Más allá de factores institucionales que limitan el margen de acción, esta fragilidad, en países aún centro del sistema, se debe a la actitud política de “benevolente abandono” (benign neglect) de los demás, protagonizada por sus dos principales líderes, Barack Obama y Ángela Merkel. Su personalidad hiper-cautelosa y archi-analítica, adecuada quizá para tiempos “normales”, los incapacita para imaginar y decidir en tiempos de crisis, cuando la tierra se cuartea bajo sus pies. Éstos exigen ver más allá del status quo, con ideas fuertes y decisiones atrevidas que superen elbusiness as usual. Obama pecó de timidez en la respuesta a la crisis financiera en 2009 -estímulo fiscal demasiado pequeño y demasiado corto-; de ingenuidad y falta de gancho ante el bloqueo de su Gobierno por un Partido Republicano rehén del Tea Party; y de indecisión ante los desafíos al orden global en Siria, Egipto, el Mar del Sur de China y ahora Ucrania. Contrariamente al consejo de Theodore Roosevelt, “habla bajito pero esgrime un gran garrote”, el actual Presidente tiene una retórica de muy amplio vuelo, pero su pegada no es precisamente temida. La sensación de impotencia y futilidad que domina la política estadounidense, ante una economía que no termina de arrancar, un Gobierno que no actúa, y una política exterior en retirada, se debe en parte a su indecisión. Ha creado un vacío de poder mundial que inquieta a sus aliados y envalentona a sus rivales y enemigos.

Pero la situación en la Unión Europa, por razones  estructurales -un alto grado de integración económica y unas instituciones políticas insuficientes-  es aún más peligrosa, porque sus  efectos no se sentirán solo fuera de sus fronteras. Incapaz de superar la crisis, por su bloqueo político-institucional, parte de su población, frustrada, se ha dado a consumir sustancias estupefacientes -nacionalismo insolidario y populismo anti-sistema- que paralizan su cerebro institucional y descomponen su cuerpo político. Es un suicidio lento. Pero podría desencadenar sus efectos terminales con súbita rapidez.

Su origen está en la opción deliberada de responder a la crisis financiera con un enfoque nacional (intergubernamental) y no europeo (método comunitario): la fatal decisión de Ángela Merkel de imponer rescates nacionales a la banca y al sector automovilístico en 2009. Este enfoque permitió a Alemania imponer su diagnóstico de la crisis (déficits y deuda como causas y mal a batir) y su terapia (austeridad + reformas estructurales a cambio de rescates de los países vulnerables). La “prudente” Canciller jugó a mantener un delicado equilibrio entre priorizar el interés nacional alemán (la adoración fetichista del equilibrio presupuestario y los superávits comerciales a costa de la demanda interna y de empobrecer a sus socios europeos) y mantener íntegra la eurozona. Ha hecho siempre, in extremis, lo mínimo necesario, mientras rechazaba todas las propuestas “definitivas” (eurobonos, permitir al BCE actuar como prestamista de última instancia, auténtica Unión Bancaria, estímulo de su demanda interna, Unión Fiscal y Política…). Cinco años después esas políticas son un fracaso sin paliativos, por sus resultados económicos, y una catástrofe en ciernes, por sus consecuencias políticas.

La austeridad impuesta no sólo no ha logrado el propósito último de reactivar el crecimiento, ha sido negativa incluso según su propio baremo: reducir la carga de la deuda

La austeridad impuesta no sólo no ha logrado el propósito último de reactivar el crecimiento (un anémico 0’2% en la eurozona, con Italia en recesión, Francia estancada, y el “motor alemán dando marcha atrás un 0,6% en el 2º Tr. de 2014), ha sido negativa incluso según su propio baremo: reducir la carga de la deuda (de un 85,1% del PIB de la eurozona en 2010 a un 93,9% en 2014). Peor aún, ha sumido a la Unión Europea en la mayor crisis política de su Historia. Dos de los países europeos más antiguos (España, Reino Unido) sufren la fiebre separatista interna, azuzada por la crisis. El Parlamento Europeo se ha llenado de euroescépticos, nacionalistas eurófobos y populistas de toda laya -algunos incluso han ganado las elecciones en su propio país (Reino Unido y Francia)-. Además de los xenófobos Partido de la Libertad en Austria (19% de los votos), Partido por la Libertad (de Geert Wilders) en Holanda (13%), y Auténticos Finlandeses (12%) en el país escandinavo, hemos visto surgir partidos nacionalistas anti-europeos en lugares insospechados: en la próspera y tolerante Suecia, un partido con orígenes neonazis, los Demócratas de Suecia, ha logrado el 13% de los votos en las elecciones generales; y, en la misma Alemania, el partido anti-euro Alternativa por Alemania, ha pasado de menos del 5% en las generales del año pasado, al 12% en las regionales de Brandemburgo. Italia, con uno de los Estados más disfuncionales de Europa occidental, está económicamente postrada, aplastada por el peso de su deuda (ha pasado del 103% del PIB en 2007 a un 137% previsto este año) y hundida en la recesión. Nos preguntamos: si un líder joven, con la energía, el carisma y la legitimidad democrática de Matteo Renzi no saca a Italia de la crisis, ¿quién vendrá después? ¿Beppe Grillo?

En nuestro país, la crisis provocada por el soberanismo catalán puede degenerar en tensión social en Noviembre, creando un ambiente de inestabilidad institucional, por primera vez desde 1981. Más aún, el auge de Podemos que vaticinan las encuestas (15-20% de voto), augura una fragmentación política paralizante y, potencialmente, peligrosa. Por una razón: un Gobierno que se ha jugado toda su credibilidad a la carta de la “imparable” recuperación, no resistirá intacto una nueva recesión o un estancamiento  prolongado. En ese contexto, el embate combinado de un nacionalismo periférico frustrado y sin salida, y de una pujante opción anti-sistema que esconde su programa tras el “método” asambleario, acabaría despertando a la fiera durmiente: la ultraderecha nacionalista española. Para las generales del 2015, el sistema político español estaría hecho trizas.

Lo más temible, es que Francia, en el corazón de  Europa, alimenta una opción nacional-chauvinista extrema que hoy, por primera vez, tiene posibilidades reales de alcanzar el poder

Con todo, lo más temible, es que Francia, en el corazón de  Europa, alimenta una opción nacional-chauvinista extrema que hoy, por primera vez, tiene posibilidades reales de alcanzar el poder. Las opciones de MarineLe Pen dependerán, sobre todo, del éxito o el fracaso en levantar la economía gala del último Gobierno políticamente plausible de FranÇois Hollande. Pero el Presidente francés no puede lograrlo sin un cambio en la política económica de la eurozona, que no está solo en su mano. Podemos vaticinarlo: si Francia no recupera el crecimiento en los próximos dos años, Le Pen será Presidenta de Francia en 2017. Y la Unión Europea quedará herida de muerte. Ante esta perspectiva, muchos políticos y analistas han optado por abonarse al seguro de estabilidad perenne, cuya premisa es “eso no puede ocurrir”. No conocen la Historia: en Mayo de 1928, el partido nazi obtuvo sólo el 2,6% de los votos; dos años después, en Septiembre de 1930 -iniciada la Gran Depresión, y con el Canciller HeinrichBrüning aplicando su programa de austeridad-, el partido de Hitler cosechó el 18,3% de las papeletas; y en Julio de 1932 su apoyo llegó al 37,3%. En Enero de 1933 ya estaba formando Gobierno. Hoy, el Frente Nacional ya supera el 25% de intención de voto para las presidenciales francesas. Y Francia aún no ha sufrido una debacle económica comparable a la de Grecia, España o Irlanda.

Como en los años 30 del siglo pasado, todos estos fenómenos de la Europa del siglo XXI se alimentan de un mismo malestar paneuropeo: los efectos de la crisis económica y la austeridad impuesta como única solución. Si no se inicia en breve la recuperación, y los países más afectados no retornan pronto al crecimiento, la fragmentación política europea se tornará parálisis terminal. Y uno los dos monstruos políticos -nacionalista o populista- ahora en los márgenes llenará el vacío, haciéndose con el poder en un país “sistémicamente importante” (imposible de aislar o ignorar, como, equivocadamente, se ha hecho con el Gobierno cuasi-fascista de Fidesz en Hungría). 

¿De qué depende? De que Alemania permanezca imperturbable y su Canciller siga respondiendo “Nein” a toda propuesta que suponga variar el rumbo. O de que imponga un giro de 180% a su política económica. Eso significaría aceptar el Gran Trato que ha avanzado Mario Draghi para reactivar la demanda y evitar la deflación: luz verde a la expansión monetaria (QE) del BCE, relajamiento fiscal coordinado en los países que puedan permitírselo (especialmente Alemania et al), junto al programa europeo de inversión prometido por Juncker. Todo ello a cambio de reformas estructurales en los países rezagados. Desgraciadamente, semejante cambio es hoy altamente improbable, por dos razones: 1) el surgimiento de Alternativa por Alemania no deja margen de maniobra  político a la Canciller; 2) no se le presumen a Ángela Merkel las cualidades de liderazgo para una ruptura -de la ortodoxia imperante en su país, de su propia trayectoria- de tal calibre: sentido de la Historia, visión a largo plazo y capacidad de riesgo. Una cosa sí está clara: de ella depende que Europa rehaga su capacidad de acción colectiva para salir incólume de esta crisis. Alguien debería advertirle que la tierra se está cuarteando bajo sus pies. De lo contrario, muchas cosas pueden romperse en el continente. El deshilachamiento en marcha se convertiría en descomposición abierta: una fuga hacia lo desconocido. Podríamos estar más cerca de la medianoche de lo que creemos.


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