OPINIÓN

Sobre todo…que no pase nada

En medio de este huracán político solo cabe, como en los del Caribe, refugiarse bien y esperar que todo pase para, cuando llegue la calma, poder levantarse entero y valorar los destrozos.

Sobre todo…que no pase nada.
Sobre todo…que no pase nada. EFE

No hay tiempo. El punto de no retorno quedó atrás. Muy atrás. A estas alturas ya no cabe esperar ninguna cordura de los promotores del referéndum en Cataluña. El día en que humillaron a su propio parlamento fue el día en que dejaron de amagar y saltaron por fin del trampolín. Están ahora en el aire y caerán el 1 de octubre en el agua (o en las urnas) que haya. Ya no se les puede parar. Ni tampoco ellos quieren.

Todo lo que parecía imposible se ha convertido en esperable y lo absurdo se nos presenta como inevitable

Llegados a este nivel de delirio todo lo que parecía imposible se ha convertido en esperable y lo absurdo se nos presenta como inevitable. Como si hubiéramos atravesado la puerta de Tannhäuser, de Ridley Scott, hemos visto pasar cosas que no imaginábamos y todavía veremos algunas más en esta ensalada de actores y gritos en que se ha convertido el escenario de la astracanada catalana. Desaparecida toda esperanza de retorno, ahora lo más importante es que no ocurra nada irreparable. Por lo que más quieran: que no pase nada. Me estoy refiriendo, como pueden imaginar, a un incidente violento grave, una provocación respondida, una amenaza que se vaya de las manos, un simple accidente que se produzca en medio de un tumulto. Perfectamente posible y terriblemente peligroso, acaso irreversible. He llegado a leer que un muerto, un mártir, es justamente lo que los partidarios de la independencia están buscando. Esperemos que no sea verdad, que nadie lo quiera y que, en todo caso, no ocurra.

En medio de este huracán político solo cabe, como en los del Caribe, refugiarse bien y esperar que todo pase para, cuando llegue la calma, poder levantarse entero y valorar los destrozos. Porque, incluso aunque no ocurra nada de lo temido, destrozos va a haber, por supuesto. La división de la sociedad catalana no va a ser el único, pero sí el más grave de todos los que serán inevitables. La duda no es si se producirá, que es seguro, sino hasta donde llegará la brecha y cuánto se tardará en curar. Como también se va a producir un inevitable y amargo enfriamiento de la confianza mutua entre el resto de españoles y los catalanes, sean estos del color político que sean. Ese va a ser otro daño colateral que habrá que restañar y que también vendrá, por mucho que lo neguemos ahora.

Recomponer la convivencia democrática rota ni será fácil, ni será inmediato. Quedarán secuelas durante mucho tiempo

Recomponer la convivencia democrática rota ni será fácil, ni será inmediato. Quedarán secuelas durante mucho tiempo, incluso aunque el tema se maneje con inteligencia y con la máxima prudencia. Porque esa prudencia tampoco puede significar “hacerse el orejas” y repartir culpas a medias. Quien se ha pasado por el arco del triunfo la democracia en nombre de sus sueños y en contra de los derechos de sus vecinos más inmediatos han sido los independentistas catalanes y no las instituciones españolas. Como avanzó George Clemenceau, preguntado por lo que dirían los historiadores de la Primera Guerra Mundial: “desde luego no dirán que Bélgica invadió Alemania”. Pues eso mismo.

De aquí al 1 de octubre va a ser imposible evitar el bochorno de ver desmoronarse las instituciones catalanas de la democracia, dinamitadas por quienes deberían conducirlas. En medio del estruendo se hablará de la intervención de cuentas, del recurso de Junqueras, de tarjetas bloqueadas, de inhabilitaciones, de amenazas a alcaldes, de Colau, que quiere votar, pero poquito, de lo que harán los Mossos y la Guardia Civil. Todavía va a dar esto para mucha tinta y hasta para general aburrimiento dentro y fuera de Cataluña. Ojo, que estamos curados de espanto de casi todo, pero no de todo. Crucemos los dedos para que esta comedia, que tiene tan poca gracia, no se convierta en tragedia. Eso sobre todo; que pase lo que pase, no pase nada.


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