OPINIÓN

Las soluciones de la Transición ya no sirven

Las soluciones que sirvieron para recuperar la democracia, para construir el sistema autonómico, para mejorar los servicios públicos y para entrar en Europa no pueden vivir de las rentas. Ya son bastantes los problemas que no son capaces de resolver, el de Cataluña es el último pero no el único.

Las soluciones de la Transición ya no sirven.
Las soluciones de la Transición ya no sirven. EFE

Desde luego que, en el asunto de Cataluña, a Rajoy nadie le podrá reprochar que no haya aplicado las normas del ordenamiento jurídico español ajustándose cuidadosamente a los tiempos y los modos establecidos por la Ley. Tratándose de un desafío tan grave, sorprende incluso que un gobierno conservador se haya manifestado con tal grado de cautela y proporcionalidad. Históricamente no ha sido esa la elección de nuestra derecha y, por tanto, cabía pensar en reacciones más viscerales. Afortunadamente no ha sido así y los que más han acusado el golpe han sido los independentistas que, por todos los medios, tratan de provocar una reacción violenta del Gobierno de España que les haga ganar definitivamente la batalla de la imagen. No lo han conseguido, pero seguirán intentándolo.

Puesto a confesar prejuicios, también me ha causado alivio el apoyo nítido e inequívoco que Pedro Sánchez ha ofrecido al Gobierno, que era obligado en un líder nacional, por supuesto, pero que perfectamente podía haberse extraviado en los recovecos de las naciones y en la tentación de echar a Rajoy de La Moncloa. No ha sido así.

Al margen de lo que pueda pasar en estos días convulsos que quedan, es indiscutible que el sistema político y jurídico que se creó con la Transición ha demostrado su solidez

A esta marea de cordura se ha sumado la lógica actitud del Constitucional, la del Consell de Garanties Estatutàries, la de las asociaciones de jueces, de los alcaldes de las principales ciudades catalanas y, muy especialmente, de los altos funcionarios del Parlament, que el pasado miércoles se encontraron allí, de ojos a boca, con la bicha del Golpe de Estado Parlamentario en sus mismas narices, y reaccionaron como debían.

Por tanto, al margen de lo que pueda pasar en estos días convulsos que quedan, es indiscutible que el sistema político y jurídico que se creó con la Transición ha demostrado su solidez.

Solo que el lunes muchos cientos de miles de ciudadanos catalanes, no todos, como pretenden los secesionistas, pero sí muchísimos, salieron a decir que estas leyes no les convencen ni les valen y que ya han desconectado de España. Ahí tenemos y vamos a seguir teniendo un problema.

En un ya “lejanísimo” 15 de mayo de 2011 reventó en la Puerta del Sol la rabia de una o varias generaciones a las que tampoco les valían los modos de la política y la economía. El empobrecimiento real que ha traído la crisis, pero también el simple miedo al empobrecimiento había cambiado la percepción de millones de personas que siempre pensaron que el esfuerzo les garantizaría ir mejorando y que han visto que no es así. Pedían democracia real porque no creían que la que tenemos sirviese. Allí pasó también algo importante.

En Cataluña el meteorito de corrupción simplemente ha extinguido a los catalanistas de siempre y ha transformado de raíz el panorama político

Los grandes partidos se han encontrado en las últimas citas electorales con incómodos competidores, que le han dado un buen bocado a la tarta parlamentaria irrumpiendo con suficientes escaños para provocar una buena tormenta en el PP y un auténtico huracán tropical en el PSOE, además de dificultades graves de gobernabilidad para toda España. En Cataluña el meteorito de corrupción simplemente ha extinguido a los catalanistas de siempre y ha transformado de raíz el panorama político. La estructura de partidos que se creó a partir de 1978 se tambalea.

Las soluciones que se pusieron en marcha con la transición empiezan a no servir. No por falta de legitimidad democrática sino simplemente porque en la sociedad pasan cosas que antes no pasaban. El alejamiento de la mitad de la población de Cataluña ha sido el último hito, pero la irrupción de Podemos y de Ciudadanos también fue síntoma de que hay unos cuantos millones de conciudadanos que quieren que el País funcione de forma diferente. Naturalmente que no hay acuerdo en cómo debe hacerse, pero sí hay una impresión firme y compartida de que así, no.

Al contrario de lo que ocurría con el franquismo, la legitimidad del régimen democrático es indiscutible, pero se ha deteriorado claramente su capacidad para ser visto como útil y, por consiguiente, para ser apreciado y valorado por una ciudadanía que se ha transformado profundamente, que ha cambiado de preocupaciones y que ha visto que las estructuras políticas del país no le seguían.

La cordura y el sentido común están bien. Desde luego mucho mejor que la demagogia, la emoción y el sentimiento, pero la política necesita adelantarse o, como mínimo acompañar la evolución de la sociedad a la que sirve

La cordura y el sentido común están bien. Desde luego mucho mejor que la demagogia, la emoción y el sentimiento, pero la política necesita adelantarse o, como mínimo acompañar la evolución de la sociedad a la que sirve. Las soluciones que sirvieron para recuperar la democracia, para construir el sistema autonómico, para mejorar los servicios públicos y para entrar en Europa no pueden vivir de las rentas. Ya son bastantes los problemas que no son capaces de resolver, el de Cataluña es el último pero no el único.

Por eso toca repensar la estructura política, no para contentar a los que independentistas que ya han dicho que nunca se darán por satisfechos, sino para que España funcione al gusto de los españoles que queremos seguir siéndolo, incluida la mayoría de los catalanes. Para revertir la desafección generalizada hacia la política y que esta recupere el aprecio de los ciudadanos hacia el país y sus instituciones. Habrá cosas en las que la estructura que se creó en la transición se quedó corta y otras en las que convendrá desandar caminos que se han demostrado equivocados. Va a hacer falta encontrar nuevas soluciones, más imaginación y desde luego, urge conjurar el peligro sectario de “los míos contra los tuyos” que sigue ahí, cada día menos agazapado y que se sostiene en viejos prejuicios como los que este mismo columnista ha confesado que también tiene. No será fácil.


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