OPINIÓN

El mercado de la moda conquista el hiyab

Ha sido el mercado, en este caso el de la moda, el que ha demostrado más agilidad y cintura que la propia sociedad.

El mercado de la moda conquista el hiyab.
El mercado de la moda conquista el hiyab. EFE

La compañía de juguetes Mattel, acaba de lanzar al mercado una muñeca “Barbie” vestida con hiyab y se ha liado una buena polémica. La muñeca está inspirada en una ciudadana norteamericana de religión musulmana llamada Ibtihaj Muhammad, que fue la primera atleta estadounidense (tiradora de esgrima) que participó en unos Juegos Olímpicos con la cabeza cubierta con un pañuelo islámico. La propia deportista se ha mostrado encantada y orgullosa de haber servido de modelo.

No es, ni mucho menos, el primer episodio en el que el mundo de la moda occidental incorpora el hiyab. La modelo de origen somalí Halima Aden ha tenido gran impacto desfilando en las pasarelas más importantes y son muchas las marcas que han comenzado a ofrecer soluciones bien lujosas y bellas para cubrir los cabellos de millones de mujeres que escogen mostrarse como musulmanas y que aparentan ser tan libres como las occidentales que visten como les parece, incluida esa ropa interior sexy que vemos en escaparates y marquesinas de autobús estas navidades que, desde luego, no está pensada para abrigar pero que su compra nadie duda de que sea una decisión libre de sus usuarias.

Son muchas las marcas que han comenzado a ofrecer soluciones bien lujosas y bellas para cubrir los cabellos de millones de mujeres que escogen mostrarse como musulmanas

Sin duda hay millones de mujeres intolerablemente oprimidas y esclavizadas en países del mundo musulmán, como tampoco faltan en otras partes del mundo, incluida la nuestra, pero hay también un mundo de países y sociedades de tradición islámica, como el nuestro lo es de la católica que, también como nosotros, cuentan con millones de personas que no se ajustan al modelo maniqueo que tanto gusta propagar desde las nuevas atalayas morales.

A nada que se pasee el lector o lectora por las imágenes de los desfiles de moda en los que hay modelos que portan pañuelos de traición islámica, comprobara al momento que la aplicación del recato y la humildad proclamada por los airados integristas religiosos no se compadece con las piezas que se ven en las pasarelas y que tales prendas difícilmente parecen pensadas para mujeres oprimidas y acogotadas. Me dirán que están pensadas para mujeres ricas. Pues sí, claro. Todos los avances en libertades de la historia, los de las mujeres también, los han liderado las personas que tenían riqueza suficiente para poder elegir. Este caso no tenía por qué ser una excepción y no lo es.

Todos los avances en libertades de la historia, los de las mujeres también, los han liderado las personas que tenían riqueza suficiente para poder elegir

Finalmente ha sido el mercado, en este caso el de la moda, el que ha demostrado más agilidad y cintura que la propia sociedad, que aún debate sobre si las manifestaciones religiosas en el vestido son o no aceptables entre nosotros. Mientras se aclara tan profunda discusión, Zara , H&M , Oscar de la Renta , Uniqlo o Dolce y Gabanna , entre otras, han optado por hacer caja.

No es una victoria del islamismo sino todo lo contrario. Lo es de esta civilización occidental a la que tanto nos gusta despreciar y criticar. Una civilización muy vinculada al mercado que, a la búsqueda del beneficio, ha demostrado que es capaz de modelar, transformar y conquistar una tradición sin duda opresora en su origen, para convertir el hiyab en un signo más de identidad de un gran número de mujeres perfectamente capaces de tomar sus propias decisiones, que prefieren vestir con elegancia y que no necesitan nuestra ayuda o consejo moral para hacerlo.

Parece mentira que aquí, que tan dados somos a los juegos y ruidosas manifestaciones de identidad nacional, tribal y hasta futbolística, nos cueste tanto entender que haya quien quiera mostrarse públicamente como miembro (no miembra) de una comunidad cultural y religiosa concreta, cosa que nadie tiene derecho a recriminarles, como tampoco lo hacemos con quienes exhiben camisetas de su equipo, corbatas, piercings, chapas o deportivas de marca para así marcar su pertenencia voluntaria a lo que sea.


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