OPINIÓN

Sin hucha, los jubilados podrían dejar de subvencionar a las empresas

Una demografía exhausta, que de ninguna manera va a garantizar la tasa de reposición de la población, unos pensionistas mayoritariamente sanos, con mucha vida por delante y unas cohortes de nuevos trabajadores con sueldos tan bajos que han alarmado incluso a los responsables económicos menos sospechosos de rojerío, forman un cóctel amargo que amenaza con ser el que tengamos que apurar.

Sin hucha, los jubilados podrían dejar de subvencionar a las empresas.
Sin hucha, los jubilados podrían dejar de subvencionar a las empresas. EFE

Ya sabemos que el año va a terminar no solo con las incertidumbres catalanas abiertas en canal, sino también con la hucha de las pensiones exhausta, de forma que la amenaza de que haya que recurrir a deuda y/o a impuestos para pagarlas se va haciendo no ya cercana sino inminente.

Una demografía exhausta, que de ninguna manera va a garantizar la tasa de reposición de la población, unos pensionistas mayoritariamente sanos, con mucha vida por delante y unas cohortes de nuevos trabajadores con sueldos tan bajos que han alarmado incluso a los responsables económicos menos sospechosos de rojerío, forman un cóctel amargo que amenaza con ser el que tengamos que apurar.

Que no es sostenible pagar con deuda unas pensiones que se abonan catorce veces al año parece obvio para cualquiera, aunque pocos lo reconocen abiertamente

Los peligros de tal situación son considerables: Que no es sostenible pagar con deuda unas pensiones que se abonan catorce veces al año parece obvio para cualquiera, aunque pocos lo reconocen abiertamente. Que los pensionistas tengan dificultades económicas tampoco es plato de gusto para nadie, ni para ellos, ni para el mercado del consumo, ni para los políticos, que no olvidan que, contrariamente a lo que ocurre con sus nietos, los mayores votan siempre.

Sin duda las empresas, como los particulares, temen con razón un incremento fiscal dirigido a sostener esas pensiones, pero tampoco debería olvidarse otra consecuencia a la que no parece referirse nadie, y es el peligro real de que los jubilados, viéndose con menos ingresos, dejasen de subvencionar de forma encubierta los bajísimos sueldos de sus nietos, como tantos de ellos hacen ahora y que, en consecuencia, las empresas se vieran obligadas a incrementar los salarios de sus trabajadores recientes para compensar las cantidades que ahora están aportando los pensionistas y que ayudan a que las empresas puedan mantener salarios tan bajos, ya que, de facto, cuentan con ese discreto pero innegable apoyo que los pensionistas dan a sus jóvenes para que puedan bandearse cada mes en la precariedad laboral mal pagada en la que viven.

Hablo de un dinero contante y sonante que mantiene a miles de jóvenes en semidependencia de sus familias, aun cuando estén trabajando pero, ya puestos, también habría que contar como otra forma de subvención encubierta hacia el mercado de trabajo; los miles de horas que los abuelos dedican a cuidar niños y bebés, que son convertidas por los padres en horas/trabajador disponibles para unas empresas que resultan al fin beneficiadas de esa generosa y tampoco reconocida ayuda de los pensionistas.

Que tengan que ser los empobrecidos pensionistas quienes sufraguen una política salarial tan cicatera que podría estar incluso poniendo en riesgo la propia recuperación económica tiene su guasa

Es muy comprensible que las empresas traten de que sus costes salariales sean lo más bajos posible, como lo es que los sindicatos reclamen que la recuperación económica se traslade a los salarios y estos empiecen a volver a situaciones pre crisis, de cuando ser mileurista se consideraba un problema provisional y no una aspiración a largo, como ahora. Pero hay otros factores en la ecuación que hay que tener en cuenta y que no siempre son tan evidentes como, por ejemplo, ese tiempo y apoyo económico de abuelos y padres cariñosos, que no es una variable visible en las estadísticas pero que, sin embargo, está ahí, influyendo en un mercado salarial que sin ese “complemento oculto” tendría que hacerse cargo de unas cantidades con las que, tal vez, no esté contando.

Que tengan que ser los empobrecidos pensionistas quienes sufraguen una política salarial tan cicatera que podría estar incluso poniendo en riesgo la propia recuperación económica tiene su guasa, pero invita a pensar las consecuencias que tendría en el mercado salarial la existencia de una renta universal que garantizase unos ingresos mínimos a los que se sumarían los salariales. Ahí queda otro tema para reflexión.


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