OPINIÓN

Con las gafas de la M30, Cataluña se ve borrosa

No hay que ser un lince para entender que, pase lo que pase, los entusiasmos estarán de más, puesto que lo que es seguro es que, gane quien gane, nos encontraremos ante una sociedad quebrada.

Con las gafas de la M30, Cataluña se ve borrosa.
Con las gafas de la M30, Cataluña se ve borrosa. EFE

En mayo de 2001 hubo elecciones en el País Vasco. Se barruntaba un cambio radical. El candidato popular, Jaime Mayor Oreja, de la mano de los socialistas, liderados por Nicolás Redondo Terreros, iba a dar la vuelta, por fin, a tantos años de monopolio nacionalista. Las encuestas lo certificaban. Ante tan histórica perspectiva las hoy famélicas, pero entonces bien nutridas delegaciones vascas de agencias de noticias, emisoras y medios nacionales acogieron la llegada de directivos y jefes nacionales de política, dispuestos a ser testigos en primera línea del cambio inminente en Euskadi y poder contarlo desde el propio terreno.

Mis colegas vascos, redactores locales, me contaban cómo veían con extrañeza tanto ardor en sus jefes recién llegados de Madrid. También supe que cuando, por fin, se hicieron públicos los resultados de daban una rotunda victoria a Ibarretxe (ganó nada menos que 6 escaños, mientras que los constitucionalistas se quedaban como antes) los directivos madrileños de tales medios no pudieron ocultar su desconcierto y alguno salió a la redacción indignado porque los redactores autóctonos no le hubiesen avisado antes de su propia ceguera. ¡Estáis locos! me contaron que exclamó uno de aquellos jefes mirando a sus colegas vascos que tecleaban en las mesas.

La visión que a menudo se tiene desde la lente de la M30 suele producir distorsiones graves respecto a lo que sucede en lo que se ha venido en llamar, con bien poca fortuna, “la periferia”

Viene esto a que la visión que a menudo se tiene desde la lente de la M30 suele producir distorsiones graves respecto a lo que sucede en lo que se ha venido en llamar, con bien poca fortuna, “la periferia”. En consecuencia, estar en guardia contra ese involuntario error resulta obligado para los medios que quieran aportar información de calidad y muy conveniente para los lectores que queramos saber lo que pasa, en lugar de que pase lo que queremos.

Cataluña está experimentando una situación política sin duda diferente y mucho más caótica que aquella de Euskadi a la que me refería y, si siempre la identificación entre ambas comunidades ha movido a error, seguramente más aún ocurrirá ahora si tratásemos de equiparar ambas realidades tan diferentes, pero es más la edad que otra cosa lo que nos hace a algunos recelar de arrebatos y certezas y mirar los datos de encuestas y sondeos con cautela y prudencia, en la seguridad de que nos falta parte de la información ajena y nos sobra una parte de la propia.

En todo caso no hay que ser un lince para entender que, pase lo que pase, los entusiasmos estarán de más, puesto que lo que es seguro es que, gane quien gane, nos encontraremos ante una sociedad quebrada, con muchas heridas y con una división que no tiene ninguna pinta de que vaya remitir a corto plazo.

Las interpretaciones sencillas, confortables y rotundas nos servirán de poco, por mucho prestigio que tengan en el entorno capitalino

Las interpretaciones sencillas, confortables y rotundas nos servirán de poco, por mucho prestigio que tengan en el entorno capitalino. Las redes sociales no son los únicos espacios en que el autoconsumo de nuestras propias verdades nos aturde y aleja primero de la complejidad y, al cabo, de la realidad misma. Pasa también en la vida real. El “pequeño Madrid del poder”, como brillantemente lo denominaba José Antonio Zarzalejos, uno de los periodistas de referencia de este país, o lo que he llamado “las gafas de la M30” generan sus propios y poderosos espejismos y conviene, por tanto, estar alerta, en este y en otros asuntos.

Aquellos periodistas de 2001, los más de ellos excelentes profesionales, que quisieron cubrir el hecho histórico que, al fin, no se produjo en mi tierra, no se habían sabido desprender de sus gafas cortesanas y, siendo malo, no es lo peor equivocarse sino las reacciones de indignación que suelen producirse cuando no sucede lo que los muy enterados dan por seguro que pasará. Porque luego puede que se llegue incluso a insultar a aquellos a quienes antes se optó por no escuchar. Y eso sí que no puede ser.


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