OPINIÓN

Informe de daños

La manifestación del domingo pasado es un episodio clave en la futura historia de Cataluña, no tanto por ser multitudinaria, como de hecho lo fue y como lo han sido otras de signo contrario, sino porque allí estaban, en pie, los catalanes que nunca habían hablado públicamente por prudencia o por miedo.

Informe de daños.
Informe de daños. EFE

Da lo mismo lo que Puigdemont o Forcadell, la de las trampas reglamentarias, hayan dicho ayer. El asunto está definitivamente acabado y no tendrá más recorrido real que si hubiesen votado que en Cataluña va a hacer sol y buen tiempo, como cantaba el grupo vasco Kortatu.

Pero gratis no va a ser, claro. Nada lo es en política. Ahora lo que toca es comprobar y valorar los primeros y gravísimos destrozos ya producidos y prepararse para todos los demás que irán apareciendo como consecuencia de lo ya decidido, así como los nuevos daños que serán causados por lo que vendrá. Porque es obvio que los independentistas han demostrado que su intención es seguir cayendo por el abismo, arrastrando a la Cataluña que puedan, mientras se animan mutuamente al grito de “volamos, volamos”. Ya llegarán.

Daños sociales

La manifestación del domingo pasado es un episodio clave en la futura historia de Cataluña, no tanto por ser multitudinaria, como de hecho lo fue y como lo han sido otras de signo contrario, sino porque allí estaban, en pie, los catalanes que nunca habían hablado públicamente por prudencia o por miedo. El domingo se rompió el equilibrio y el miedo a ser virtualmente expulsado de su propio país (o ni siquiera virtualmente) se impuso al miedo cotidiano a destacar en un ambiente hostil. La sorpresa funcionó hacia ambos lados, para alegría de los convocantes y para incredulidad de los independentistas, cuyo error táctico fue creer que sus vecinos españoles jamás levantarían la voz, hicieran ellos lo que hicieran, pasase lo que pasase.

No ha sido así, la cuerda se ha roto tras décadas de tensión. Pero el daño social que afloró el domingo no es de ese día, ni ha nacido con el procés. Viene de décadas de presión política por parte del nacionalismo y de abandono de esa Cataluña hasta el domingo silenciosa por parte de los políticos españoles, de todos los colores.

Es este un daño grave, que tardará en repararse puede que el que más de todos pero que, sobre todo, afecta al imaginario nacionalista, que ya no podrá seguir contando con la aquiescencia callada de los que llamó “súbditos”. La frase de Borrell calmando a los catalanes españoles "No gritéis como las turbas en el circo romano. A prisión van las personas que dice el juez que tienen que ir" reclamaba la superioridad moral de la ley contra la pasión, pero sus palabras no evitarán una considerable fractura en la sociedad catalana, que tardará en restañarse.

Daños económicos

La impresionante espantada empresarial ha caído como una bomba en el engreído pensamiento supremacista que tan bien representaba Artur Mas en el ese vídeo que le perseguirá para siempre. Pero incluso quienes, más prudentes que el ex President, pudieron pensar que algún problema sí que habría, no imaginaron que la debacle llegase al nivel que alcanzó en horas. Lo peor es que será muy difícil que las compañías huidas vuelvan. Al contrario, lo que hoy es trámite muy probablemente se irá consolidando como un traslado efectivo de actividad. Cataluña no recuperará ya lo que no ha hecho más que empezar a perder.

La influencia que esta inestabilidad pueda suponer para el conjunto de España tampoco va a ser despreciable. Es otro daño que tenemos que añadir al informe pero, al menos, cabe pensar que sus consecuencias durarán menos que en Cataluña, que va a tener verdaderamente difícil recuperar la confianza.

Daños políticos

Ahora cualquiera que sea la solución que se adopte, y alguna habrá de adoptar incluso tratándose de Rajoy, será peor que la situación anterior. El catalanismo moderado y pactista ha saltado por los aires, lo mismo que su hasta ahora enorme influencia. La causa catalana queda en manos de los más radicales, los menos aficionados a hacer amigos, y la irrupción de fuerzas y personajes más o menos pintorescos pero con arrastre, como la alcaldesa Colau, desbarata cualquier previsión de lo que pueda ocurrir electoralmente en Cataluña. Eso sin contar con que la manifestación de banderas de España del domingo podría tener alguna continuidad electoral que ahora no podemos adivinar pero que debería hacer reflexionar a los partidos no nacionalistas.

En resumen, el procés se ha despeñado, como la furgoneta de la CUP, pero no ha terminado como un mambo sino como el rosario de la aurora, abrasado enteros y verdaderos a quienes creyeron que esto iba a ser una alegre y multitudinaria barbacoa. Aunque seguiremos escuchando ruido mientras le duren las pilas al conejito independentista, la realidad se ha impuesto a la impostura, pero el desastre es real y, siendo enorme, puede ir a más. Solo queda ir elaborando el informe de daños, en Cataluña y en el resto de España.


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