La Tribuna de Blas Piñar

¿Vive España en El Show de Truman?

Confieso que cuando vi la película protagonizada por Jim Carrey, un día de junio de 1999, tuve alguna pesadilla terrible durante las siguientes noches: me despertaba angustiado porque en mi sueño yo había sido creado para ser víctima de aquel cruel experimento... Toda mi vida era una mentira, todo estaba siendo una estafa, alguien jugaba con lo que yo creía mi libertad.

La genial historia, que supuso un gran éxito –fue premiada con tres Óscar y seis Globos de Oro–,  es una alegoría de todos los misterios humanos, es el mito platónico de la Caverna y la natural búsqueda de trascendencia, es toda una provocación para hacerte reflexionar sobre diversas cuestiones: desde la política, el poder, el individualismo, el colectivismo, la manipulación y hasta sobre la muerte o la existencia de Dios. La película cuenta la historia de un pobre hombre, Truman (el único verdadero), que vive en un mundo falso desde su nacimiento y que va descubriendo que su vida es un juego, un experimento que es retransmitido por televisión a todo el mundo, por obra y gracia de un cruel productor de nombre Christof (el que lleva al Mesías). La simbología de esta historia es realmente inquietante.

Por un lado, contemplamos absortos a nuestra nación completamente desnortada, en manos ajenas, a merced de oscuros intereses y, por el otro, nos vemos impedidos para retomar las riendas de nuestro destino

El caso es que, a cuenta de El Show de Truman, se me ha ocurrido -uno que piensa- que España podría estar siendo víctima de un experimento semejante al que le tocó vivir al desdichado protagonista de la película. Por un lado, contemplamos absortos a nuestra nación completamente desnortada, en manos ajenas, a merced de oscuros intereses y, por el otro, nos vemos impedidos para retomar las riendas de nuestro destino. La situación es sobrecogedora, porque somos plenamente conscientes de lo que sucede, desconfiamos de los que mandan, intuimos adónde nos llevan, sospechamos cuáles son los proyectos del poder, pero no terminamos de comprender lo que realmente ocurre y, en consecuencia, somos incapaces de despertar de la pesadilla.

Me pregunto si es posible la regeneración que tanto necesitamos. Sinceramente, creo que lo es. Y por eso la pregunta obligada, aunque tiene difícil respuesta, es: ¿cómo realizarla? O mejor: ¿por dónde debe comenzar? El partido que se erige en azote de la casta, y que está cosechando el fruto del descontento, es tan corrupto como los viejos partidos. Los intereses del sistema solo buscan un nuevo apaño para mantener sus privilegios. No hay ningún debate serio. Las propuestas razonables son ridiculizadas. Y tener principios, amar la cultura y pensar con libertad te convierten en un apestado.

No podemos guiarnos por las afirmaciones interesadas de esos analistas que hoy se escandalizan por la amenaza del populismo sin hacer la autocrítica necesaria, pues ellos son también responsables, como los políticos, por acción y por omisión

Para comenzar la enorme tarea de la regeneración –mejor diría refundación institucional de España– conviene identificar las causas que nos han llevado a la situación actual. No podemos guiarnos por las afirmaciones interesadas de esos analistas que hoy se escandalizan por la amenaza del populismo sin hacer la autocrítica necesaria, pues ellos son también responsables, como los políticos, por acción y por omisión. Lo mismo ocurre en el entorno de la gran empresa, donde están más acostumbrados a medrar a la sombra del poder que a invertir en una economía real y eficiente. Y aún todos ellos se atreven a decirnos lo que nos pasa y pretenden vendernos sus recetas para solucionarlo. Son realmente indignantes las declaraciones que aún hoy se lanzan sin rubor, como, por ejemplo, que el consenso monárquico del 78 ha supuesto un éxito sin parangón -una conocida periodista-, o también, que PP y PSOE han hecho una enorme labor por el desarrollo social y económico de España -un poderoso empresario-. ¿En qué país viven? ¿No constituyen las afirmaciones de ese tipo una cruel broma de quienes juegan a dirigir el destino de nuestras vidas?

Vivimos anclados en unos esquemas de pensamiento demasiado antiguos, con la dificultad añadida de que la humanidad es ya demasiado vieja y coriácea como para que la novedad sea positiva por sí misma. Y así vuelven los errores del pasado como si fueran la panacea, lo novedoso. No debemos desesperarnos: la creatividad del ser humano es capaz de grandes logros cuando recopila datos de la realidad y estudia los antecedentes que otros hombres enmarcaron. El relativismo de esta época, junto con la soberbia de la ignorancia, imposibilita llegar a conclusiones racionales. Quizá la regeneración empiece por uno mismo, por volvernos a enfocar en la persona y su dignidad, partiendo de una correcta antropología y estableciendo un claro orden de prioridades. Quizá, si en vez de juzgar a los hombres del pasado aprendiéramos de ellos, quizá si abrazáramos nuestro patrimonio cultural, quizá si nuestra actitud fuera la del estudioso y no la del soberbio, quizá podríamos corregir el rumbo... Así, aunque parezca que somos víctimas de un terrible experimento televisivo y haya mucho poder e intereses abalanzándose sobre nosotros, aún tenemos inteligencia, voluntad y libertad. Debemos pues defender nuestra dignidad y tomar las riendas de nuestro destino.


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