La tribuna de Adrià Pérez Martí

La ilusión de la democracia

Una de las consecuencias de una sociedad en la que el Estado tiene una enorme importancia y capacidad de intervención sobre la vida de sus súbditos es la necesidad de disponer de una democracia representativa. La votación directa (el referéndum, por ejemplo) no es práctica si se pretende aplicar una ingente legislación. Y el hecho de que se aprueben tantas normas y disposiciones abre la posibilidad a que existan una variedad de partidos políticos en el Parlamento que recojan las tendencias ideológicas de la población electoral.

En el Parlamento son los partidos políticos los que eligen y lo hacen a través de unas reglas y una agenda determinada

Sin embargo, una cosa es la existencia de esta diversidad de formaciones políticas y otra que dichos grupos obedezcan a sus votantes. A pesar de lo florido de los integrantes de las Cortes Generales, nuestra democracia parlamentaria hace evidente estos días la disociación entre lo que los electores eligen y las decisiones adoptadas en el Congreso. Una separación que proviene de que las votaciones en las elecciones no son, ni mucho menos, definitivas, y dependen de las reglas de decisión en el Parlamento. Y en el Parlamento son los partidos políticos los que eligen y lo hacen a través de unas reglas y una agenda determinada.

Así, cuando existe una gran variedad de partidos el orden de las votaciones (si es el PSOE quien debe intentar formar gobierno o el PP), el quórum necesario o la posibilidad de crear alianzas influye de manera diferente en el poder de cada grupo parlamentario a la hora de negociar.

Por ejemplo, imaginemos una situación en la que tres individuos quieren comer un alimento que deben comprar conjuntamente: manzana, brócoli o zanahoria. Cada uno ordena sus preferencias de manera diferente, por lo que no hay mayoría que indique qué alimento debe adquirirse. Sin embargo, si el proceso de votación se establece votando primero por el vegetal preferido (brócoli o zanahoria), puede que salga el brócoli, por ejemplo. Y si posteriormente se vota entre este y la manzana, ya habrá un vencedor. Puede salir otro resultado si en lugar del vegetal preferido primero se opta por votar el alimento preferido que crece sobre el suelo (la manzana o el brócoli). En este caso, puede vencer la manzana y ésta ganar ante la zanahoria. Según qué proceso de decisión, la agenda de votación, el resultado de la votación democrática habrá sido uno u otro (véase Choosing in groups. Analytical politics revisited de Michael Munger).

Esto se da en los parlamentos, que tienen sus propias reglas diferentes a los procedimientos seguidos en las elecciones democráticas, lo que provoca una divergencia entre resultados electorales y parlamentarios. En las elecciones, el votante elige una única opción entre muchas. En el segundo, los políticos pueden, por ejemplo, elegir coaliciones, y elegir tanto en positivo como en negativo. Hecho que confiere un poder estratégico a los partidos independientemente de su porcentaje de votos, e influye en la formación de las posibles coaliciones.

Los políticos tienen un enorme poder discrecional, por lo que entran en juego sus propios intereses

A esto se le añade que nuestros políticos no son representantes que se encargan de ejecutar un mandato claro y ya deliberado por los votantes, sino que tienen un enorme poder discrecional, por lo que entran en juego sus propios intereses, sus rencillas personales (tanto que unos exigen a otros que dimita sus respectivos líderes), ideas cambiantes (gobernar a la valenciana, una gran coalición o en minoría) y, en definitiva, una enorme capacidad manipulativa sobre las propuestas y medidas que tratarán de aprobar.

La consecuencia es que se alcancen resultados con programas de gobierno híbridos con los que los partidos no concurrieron a las elecciones, quedando desvirtuados debido a las negociaciones. Tal es la diferencia entre las elecciones y las votaciones parlamentarias que éstas últimas pueden llegar a bloquear la situación y exigir unas nuevas elecciones (aunque, aparentemente, el resultado sea similar). En el bipartidismo puede que no sea tan habitual el bloqueo pero los partidos siguen teniendo amplios poderes para obviar a sus votantes.

Por tanto, el resultado parlamentario no proviene de la agregación más o menos justa de las preferencias individuales efectuada a través de las elecciones sino de unas reglas arbitrarias para salir del paso ante esta situación a través de la preponderancia de la centralidad del poder de decisión en la figura de los políticos -con sus juegos de poderes - en lugar de que cada ciudadano mantenga el poder de decisión.

De hecho, que cada votante, a nivel individual, no llegue a poseer si siquiera el 0,000003% del censo electoral hace irrelevante el valor de su voto. Hecho que, por si no fuera suficiente, nuestro sistema democrático reafirma al excluir el resultado electoral de los votantes del proceso de decisión para la aprobación de las leyes (incluida la formación del Gobierno). Pero, el beneficio del que gozan los partidos políticos gracias al sistema democrático actual no termina ahí sino que se les permite, además, no internalizar el coste que supone incumplir las promesas electorales, más que terminada la legislatura (normalmente plurianual) en una votación en que se mezclan innumerables factores, no sólo el cumplimiento de los programas. La consecuencia de la democracia actual es que tanto los votantes como los representantes apenas tienen responsabilidad de sus actos, lo que conduce a que el Leviatán dispare su poder y su ineficiencia.

Nos encontramos en un círculo vicioso que aparentemente otorga un papel relevante al ciudadano a través de las elecciones, cuando su importancia es relativa en favor del poder de los partidos políticos

Pero una cosa es la disociación y otra la legitimidad. Nos encontramos en un círculo, desgraciadamente, vicioso que aparentemente otorga un papel relevante al ciudadano a través de las elecciones, cuando su importancia es relativa en favor del poder de los partidos políticos, y al mismo tiempo provoca la perfecta ilusión de que pensemos que el Estado sirve a nuestros intereses democráticamente manifestados. Las elecciones democráticas atenúan la relación de enfrentamiento entre dirigentes y dirigidos y eso conduce a la aquiescencia. El orgullo y buen nombre del sistema democrático actual no está en entredicho, lo que le confiere una aureola de legitimidad inapelable, es decir, se acata y obedece este sistema sin una posición crítica: "es la democracia", "nosotros decidimos". 

Y en estos momentos se hace más evidente que nunca, pero ha existido en todas las legislaturas precedentes y en las medidas aprobadas, que han diseñado una administración de justicia en la que el poder judicial no es independiente del político, o una sanidad terriblemente defectuosa pero "que nos hemos dado todos", unos impuestos que contribuyen al sostenimiento del gasto público, es decir, "de todos y todas", o un sistema educativo ineficiente pero "público". Por ejemplo, ¿qué grado de importancia tiene la iniciativa del ciudadano, del votante o no votante, en la configuración del sistema educativo, en la educación que reciben sus hijos?

La contraparte de la democracia no es la dictadura, sino el mercado y demás lugares de cooperación entre hombres libres

Ante todo esto, siempre se arguye la famosa frase de Winston Churchill de que la democracia es el menos imperfecto de los sistemas. Sin embargo, todas los sistemas alternativos en esta comparación tienen en común la existencia de un poder político más o menos centralizado, y no un poder de decisión descentralizado en cada uno de los ciudadanos. Incluso en este encogimiento de hombros habitual que perpetúa el statu quo, las reglas de elección importan y deben incluirse en esta votación no sólo los sistemas de poder político más o menos centralizados sino también los sistemas basados en la responsabilidad individual ejercida a través de los intercambios libres y voluntarios. La contraparte de la democracia no es la dictadura, sino el mercado y demás lugares de cooperación entre hombres libres. Reducir el poder de decisión político incrementaría el poder de decisión de todos nosotros, disminuyendo la desorbitada y calamitosa importancia del sistema democrático actual.


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