OPINIÓN

El falso techo de gasto

Nunca existirá un techo de gasto si, en el fondo, no se concibe el gasto como un dispendio cuya conveniencia y efectividad deba probarse, y no como una política económica que se asume de antemano beneficiosa y necesaria.

El falso techo de gasto.
El falso techo de gasto. EFE

A veces, no hay mejor lección de teoría política que las declaraciones de los propios políticos. El PSOE "no ha apoyado ni una sola medida de las que han hecho posible la recuperación", espetaba Montoro en el debate sobre el "techo" de gasto, como si sus medidas, y todas ellas, hayan hecho posible la recuperación económica. Un ejemplo de demagogia que constantemente nos brindan nuestros dirigentes y que todos aceptamos como lenguaje político normal. El problema es que si no se critica este proceder, en el fondo se está concediendo a la clase política, al gobernante, un estatus especial que aprovechan para terminar adoptando comportamientos que no permitiríamos en las relaciones normales entre ciudadanos: prohibiciones de todo tipo, arbitrariedades, discrecionalidad, e invasión y vulneración de derechos fundamentales. Por ejemplo, la exacción de renta a los ciudadanos por parte de la clase política. 

Generar rentas no explica que se financie "correctamente" a la Hacienda, sino que nos confiscan, vía impuestos, una parte de lo que hemos ganado

De hecho, otra de las frases que usó recientemente el Ministro de Hacienda en el Congreso bien lo prueba: "Hay mucha gente que ha declarado y que está financiando correctamente a la Hacienda porque ha generado rentas".  Sin embargo, generar rentas no explica que se financie "correctamente" a la Hacienda, sino que nos confiscan, vía impuestos, una parte de lo que hemos ganado. Ni hay una rectitud en un acto involuntario, ni 'generar dinero y prosperidad' y  'pagar impuestos' pueden convertirse en sinónimos.

Los impuestos, en abstracto, no van de la mano del bienestar o la libertad, como explica la manida y lamentable frase de Wendell Holmes: "Los impuestos son el precio que pagamos por una sociedad civilizada". No se puede ser libre y esclavo al mismo tiempo, y es tendencioso apelar al concepto "impuestos" en su totalidad sin hablar de la cuantía (¿muchos, pocos o ningún impuesto son los necesarios para la civilización?). Y esa es, precisamente, la misma retórica que ha empleado tradicionalmente el Ministro actual y todos los precedentes: la de pretender ligar el Poder Fiscal con el bienestar, siendo el primero condición necesaria y suficiente.

Y en esta línea de juego político y de lenguaje político poco limpio, nos topamos, por una parte, con la bajada del IRPF, y por la otra, con el "techo" de gasto.

Uno de los principales problemas que tiene el sistema fiscal español son las elevadas cotizaciones sociales

Uno de los principales problemas que tiene el sistema fiscal español son las elevadas cotizaciones sociales. El reciente documento de los economistas José Boscá, Rafael Doménech y Javier Ferri, cifra la tributación implícita de las Cotizaciones Sociales sobre las rentas del trabajo en un 22,9%, 3,5 puntos porcentuales superior al promedio de los 8 principales países de la UE. Un nivel que contrasta con el 2% que tiene Dinamarca, país tan querido por la mayoría de nuestros intervencionistas políticos.

Las Cotizaciones Sociales son una auténtica sangría, especialmente para las rentas más bajas y para aquellos trabajadores que son contratados en empleos de baja remuneración o en actividades de nueva creación. Los empleos menos productivos no pueden cargarse de sobrecostes si no es a base de paro o informalidad. Y los nuevos empleos no pueden hacer frente a los zarpazos de las cotizaciones si no es a base de paro, informalidad o destrucción de la propia actividad económica y pérdida de toda la riqueza potencial que podría haberse creado, para empresarios, para trabajadores, proveedores, clientes, etc. En este sentido, el informe mencionado contempla una destrucción del 31,1% del PIB y del 29% del empleo si se elevaran los impuesto sobre el trabajo para maximizar la recaudación su recaudación. Sin necesidad de pensar en más subidas fiscales, sí podríamos preguntarnos, ¿cuánto PIB y empleo se está destruyendo no por maximizar la recaudación sino por mantener un nivel de tributación como la actual, especialmente, las elevadísimas Cotizaciones Sociales vigentes?

La rebaja en la parte de la tributación sobre el trabajo (IRPF) es otro gran espejismo teatral en esa competición entre partidos políticos por comprar votos

La gran mayoría de personas se alegrará de la bajada de impuestos acordada, especialmente por afectar a las rentas más bajas (en este caso, el 15% de los contribuyentes). Pero cuando uno observa esa rebaja en la parte de la tributación sobre el trabajo (IRPF) y la compara con la otra parte de la tributación sobre el trabajo que son las voraces, y poco visibles, Cotizaciones Sociales, una de las figuras tributarias más distorsionadoras que existen (destruyen empleo), la rebaja tan orgullosamente lograda e incluso vilipendiada por la oposición, se torna más escasa y más hiriente. Otro gran espejismo teatral en esa competición entre partidos políticos por comprar votos.

Añádase, encima, que la relajación de los objetivos de déficit pactada por el Gobierno con las Autonomías para los próximos dos años costará 1.000 millones de euros que provendrán de los "buenos datos" de las cotizaciones sociales. Lo que marca a esta rebaja fiscal de un oportunismo político que no por ser asumido lo hace menos lacerante.

Y, finalmente y muy ligado a lo anterior, el "techo" de gasto, que más que "techo" es "ascensor". El hecho de que se haya acordado subir el gasto permitido hablando de un "techo", de un tope, es una contradicción lógica atendiendo al pensamiento único existente. Por ejemplo, la AIReF, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, define este mecanismo del siguiente modo: "El límite de gasto no financiero es un instrumento de gestión presupuestaria a través del cual, una vez estimados los ingresos del ejercicio, se calcula el gasto presupuestario que permite el cumplimiento del objetivo de estabilidad" (las cursivas son mías).

Tampoco se querrá la reducción de impuestos en época de bonanza porque: ¿si se está creciendo, para qué bajarlos si podemos gastar más?

Esta es la visión ortodoxa, en línea con la teoría de la imposición óptima (que desarrollaron Mirrlees y otros autores), en la que se establece, en el fondo, una relación desigual entre ingresos públicos y gastos públicos. Así, aunque aparentemente esa ortodoxia busque el sano equilibrio presupuestario (que no haya déficit), sólo contempla como perjudiciales los ingresos, asumiendo que el gasto público es beneficioso per se. Esta perspectiva desigual trae varias consecuencias: se blanquea lo negativo (si los gastos son buenos, vale la pena "sacrificarse", de ahí que se quiera diseñar un sistema tributario 'eficiente' u 'óptimo', pero no mínimo, cuando, a poco que sea elevado empezará a ser dañino), siempre se querrá gastar más (no importa en qué, cómo y por qué), y esto animará a que, por ejemplo, en época de crisis exista una fuerte resistencia a no reducir los impuestos porque en esos momentos los gastos son más necesarios que nunca, pero tampoco se querrá la reducción de impuestos en época de bonanza porque: ¿si se está creciendo, para qué bajarlos si podemos gastar más?

Por eso, aunque sea bueno establecer mecanismos para limitar el crecimiento inherente y consustancial al Poder Fiscal, al Estado, como por ejemplo estos 'límites' de gasto o la idea de una Constitución Fiscal de la Escuela de la Elección Pública, nunca existirá un techo de gasto si, en el fondo, no se concibe el gasto como un dispendio cuya conveniencia y efectividad deba probarse, y no como una política económica que se asume de antemano beneficiosa y necesaria. Y esta exigencia no provendrá nunca de los políticos. Únicamente puede hacerlo de la población. De no ser así, obtendremos la realidad actual: que estos días nos venden una rebaja fiscal para las rentas más humildes cuando las están machacando por otras vías.


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