La Economía explicada

De tasas naturales y buena suerte

Suponga que vive en una aldea del Creciente Fértil de hace 4.000 años y su vida se reduce a cultivar y recolectar trigo para su consumo, y en el caso de que existiera excedente, de venderlo en el mercado. Pero suponga que decide no vender parte de dicho excedente. Otro vecino le puede pedir prestada dicha parte para cultivar su propio trigo y así plantearse un futuro mejor que, por ejemplo, pastoreando. Todo sea por el progreso y el bienestar. Usted, a cambio de prestarle parte de su ahorro, le puede pedir un “precio” o interés, en porcentaje a la cantidad de semillas prestadas. Por ejemplo, si prestó 1.000 kilos de semillas de trigo, y pide que le sean devueltos 1.100, el tipo de interés sería del 10%. Como puede observar, el concepto básico del tipo de interés no es monetario, sino real

¿De qué depende este tipo de interés? Depende por ejemplo de si se espera más o menos consumo de trigo. O si la “inversión” de su vecino va a ser más o menos rentable. O por ejemplo, si su vecino conoce una nueva técnica de cultivo que va a hacer mucho más rentable el mismo independientemente de lo que usted pida de retorno. En el caso de un crecimiento del consumo, una elevada rentabilidad del proyecto o una mejora tecnológica, como los ejemplos planteados, aumentaría la demanda para “inversión” de trigo, por lo que dado un “ahorro” existente, elevaría el precio del préstamo, el interés. Resumiendo, mejores expectativas de consumo, beneficios o productividad, elevan el tipo “natural” de los préstamos.

Mientras el interés natural responde a los cambios “fundamentales” de la economía, el “monetario” responde a los cambios en la oferta y demanda de dinero

Se define “natural” a este interés porque sería aquél determinado sólo por los fundamentos de la economía. Igualaría el ahorro y la inversión de tal modo que si, por ejemplo, existiera un exceso de ahorro, éste caería, mientras que si al contrario hubiera un exceso de inversión, éste aumentaría. El problema es que este tipo de interés no es observable porque en las sociedades actuales tenemos dinero (da igual si es fiduciario u otro tipo como el oro). Si hay dinero, los tipos que realmente observamos en la economía serán diferentes a este tipo “natural”, ya que vendrían motivados por la oferta y demanda de dinero. Mientras el interés natural respondería a los cambios “fundamentales” de la economía, el “monetario” respondería a los cambios en la oferta y demanda de dinero.

Para distinguir ambos tipos, les pongo un ejemplo. Suponga de repente que el banco central ofrece depósitos a los bancos comerciales a un tipo inferior a esta tasa “natural”. En este caso se incentiva el crédito, el consumo aumentaría, caería el ahorro y posiblemente aumentaría la inversión. La producción aumentaría, por encima del nivel que sería el establecido sin intervención, con dicha tasa “natural”, y tendríamos presente a una vieja conocida: la inflación. Es decir, si un banco central coloca los tipos por debajo del que en ese momento su economía necesita, el nivel natural, ésta va a crecer más de lo “natural”, habrá menos desempleo pero más inflación. Con la misma lógica, tipos por encima del natural nos llevaría en una resultados  contrarios.

Pero con esta lógica se puede decir que un banco central puede intervenir activamente en una economía incluso sin mover los tipos cuando el escenario económico cambia. Por ejemplo, suponga que se reduce el gasto público en respuesta a una política austera. En consecuencia el consumo cae al reducirse las expectativas de crecimiento, la inversión se ralentiza y, por lo tanto, los tipos “naturales” caerían. En dicho caso, si el banco central mantiene su “target” de tipos en el nivel previo a la caída del gasto público, estaría provocando una amplificación de la recesión. ¿Por qué? Pues porque los tipos aplicados por el banco serán más elevados que el “natural” desincentivando aun más la inversión e incentivando el ahorro y reduciendo más aún el consumo. ¿Cuál es, por lo tanto, la política óptima que debe realizar el banco central? Reducir la brecha entre el tipo “natural” y el oficial para acomodar la oferta de dinero a la nueva situación. Es decir, bajar tipos. Sólo de ese modo podrá, ajustando dicha brecha, minimizar la dispersión y el tamaño del ciclo

En resumen, el papel de los bancos centrales no sólo es el de incentivar o desincentivar la demanda para ajustar el ciclo económico. Su papel es mucho más sutil, ya que debe estar atento a la evolución de la economía y a su “estado natural”. Si no reacciona rápidamente (y adecuadamente) a los cambios en las condiciones de ésta, puede o bien provocar una recesión o generar una expansión excesiva.

Entre 2002 y 2006 la política de tipos bajos pudo alimentar la burbuja al infravalorar las tasas “naturales”

Por ejemplo, entre 2002 y 2006 la política de tipos bajos pudo alimentar la burbuja al infravalorar las tasas “naturales”. Por lo tanto, con tipos tan bajos, posiblemente inferiores a los “naturales”, se incentivó excesivamente tanto consumo como inversión (vivienda). Por el contrario, el Banco Central Europeo, entre 2010 y 2014, pudo mantener tipos artificialmente elevados para lo que las condiciones económicas del momento requerían. La política de austeridad deprimió la economía europea exigiendo recortes de tipos para evitar males mayores. El ejemplo del Riskbank sueco elevando tipos durante el ajuste fiscal de 2011 y reduciendo al negativo años después ejemplifica este error de percepción.

No obstante, en los últimos treinta años los bancos centrales se han caracterizado por realizar una políticas monetarias acomodaticias, buscando reducir la amplitud o dispersión de los ciclos mientras la inflación se mueve alrededor de un objetivo determinado. La fijación de tipos cercanos a lo que se considera el tipo “natural” pretende conseguir tales objetivos. Dicho todo eso, la pregunta obvia es ¿lo han conseguido?

Fíjense en el gráfico adjunto. La línea representa la “variabilidad” o dispersión de los ciclos económicos en 19 países (occidentales desarrollados) desde 1870. Es básicamente una desviación típica algo compleja que rehuso explicar en este post, cosa que sí estoy dispuesto a hacer en otros foros. Lo que esta serie muestra es que el período temporal con menor “inestabilidad” de los últimos 145 años se inicia en los años 80. Incluso esta estabilidad es mayor (menor valor) a la del período comprendido entre los años 1870 y 1914, la época dorada del capitalismo y cuyo sistema monetario estaba definido por el Patrón Oro. Durante esta etapa, la mayor inestabilidad venía motivada porque los tipos de interés eran casi constantes, por lo que las políticas monetarias no eran acomodaticias y provocaban ciclos que se “reforzaban” en vez de “mitigarse. Por el contrario, desde los ‘80 observamos cada vez mayor estabilidad, y que incluso la crisis de 2009 no ha elevado en demasía. Visto esto, podríamos argumentar que ha sido la nueva forma de definir las políticas monetarias las determinantes de esta mayor estabilidad.

Aunque esta evidencia les pueda resultar convincente, hay quien no está de acuerdo. Para un número no precisamente pequeño de economistas esta evolución viene motivada por otras razones

Sin embargo, aunque esta evidencia les pueda resultar convincente, hay quien no está de acuerdo. Para un número no precisamente pequeño de economistas esta evolución viene motivada por otras razones, como por ejemplo shocks positivos de oferta (precio del crudo) o mejoras tecnológicas. Ambos factores han permitido mantener tasas de crecimiento más o menos elevadas así como precios controlados (sin inflación), sin grandes reveses o contratiempos durante todo este período. Por lo tanto, según estos economistas, esta tendencia estable ha sido simplemente resultado de la buena suerte.

Así, tenemos dos posibles explicaciones para nuestro período de relativa estabilidad macroeconómica: o la mejoría del saber hacer de los bancos centrales acomodando su política monetaria a las “exigencias” de las economías, identificando su tasa “natural” de interés, o simplemente la buena suerte. El debate existe, y no está ni mucho menos cerrado. Si quieren saber mi opinión, sólo les digo una cosa: no hay mal que cien años dure. Ni todo lo contrario.


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