OPINIÓN

¿Y si no pusiéramos nuestro género en el currículum?

Las diferencias de género hunde sus raíces en lo más profundo de la conciencia social. Lo que se espera de una mujer y lo que se espera de un hombre. Y esta conciencia, aunque mutada hacia una mayor igualdad en las últimas décadas, permanece fuertemente anclada en el subconsciente de los individuos.

Imagen tradicional de la mujer.
Imagen tradicional de la mujer. Gtres

La ministra de Sanidad, Igualdad y Servicios Sociales, Dolors Montserrat, ha propuesto que en los curriculums vitae que presentamos a una oferta de empleo no aparezca ni la foto, ni el nombre ni mucho menos el género del candidato. La razón que motiva esta propuesta es la supuesta existencia de discriminación de género en los procesos de selección de personal. ¿Quieren saber cuál es mi opinión? Creo que es una idea genial.

Son ellas, y no los hombres, quienes terminan sacrificando parte de su carrera profesional cuando deciden tener hijos

A raíz del debate sobre conciliación y diferencias de género, la semana pasada hablaba de la discriminación que resultaba para la mujer del diseño de la jornada laboral en España. Son ellas, y no los hombres, quienes terminan sacrificando parte de su carrera profesional cuando deciden tener hijos. Es este uno de los casos donde los diferentes géneros obtienen diferentes retornos de su participación en el mercado de trabajo. Pero este ejemplo de segregación y discriminación no es el único. Junto con el que más debates enconados suscita, el de las diferencia salariales, hay que sumar muchos otros, como son la auto-selección en los estudios, en sectores productivos, en ocupaciones laborales así como en las responsabilidades y tareas asumidas en el puesto de trabajo.

Todas estas diferencias están estrechamente ligadas y relacionadas. Así, los hombres y mujeres se auto-seleccionan en los estudios, en la ocupación y en el sector productivo. Y es que todos conocemos de empleos y sectores primordialmente femeninos o masculinos. De hecho, habitualmente, las mujeres suelen ocupar empleos, ocupaciones y desarrollan tareas donde la productividad, y por ello la remuneración, suele ser menor que la de los hombres, lo que explica parte del famoso diferencial salarial de género.

Muchos se han preguntado por las razones de esta especie de selección condicionada al género. Algunos señalan a las propias características biológicas. Es decir, la diferente naturaleza de hombres y mujeres puede determinar que haya empleos típicamente masculinos, mientras que otros parecen ser típicamente femeninos. También, y quizás el ejemplo más claro, es que la propia maternidad debe ser asumida de forma diferenciada por ambos géneros lo que determina efectos dispares en la vida profesional de los padres. Si esto fuera así, es decir, si la selección no aleatoria condicionada al género viniera explicada por las diferencias naturales entre hombres y mujeres, las fuerzas sociales y las del mercado quedarían eximidas de toda culpa y cualquier intervención para corregirlo por parte de las administraciones sería evidentemente negativo. Iría en contra de la eficiencia y del bienestar.

Las ideas que emanan de nuestra vertiente social revierten sobre nosotros mismos, afectando a nuestras decisiones

Sin embargo, estas razones resultan difíciles de admitir (y aunque así lo fuera, dudo mucho que no intervenir sea óptimo). Por ejemplo, es posible que estas diferencias de género sean creadas por la misma sociedad. Una sociedad que crea estereotipos y contra los cuáles es complejo luchar. Pero no imposible.

Recientemente, algunos trabajos han tratado de entender por qué existen diferencias de género en características tan valoradas e importantes para el mercado de trabajo como son la competitividad y autoconfianza. Así, por ejemplo, Uri Gneezy y Aldo Rustichini encontraron, en un experimento con niños y niñas de entre 9 y 10 años en Israel, que los entornos competitivos fuerzan a los primeros a dar más de lo que ofrecerían en entornos no competitivos, pero no así en las niñas. Ernesto Reuben, Paola Sapiens y Luigi Zingales explican que por algún motivo, las mujeres muestran menor grado de competitividad y autoconfianza, lo que les lleva entre muchas cosas a ser menos exigentes en cuanto a no solo qué vida profesional quieren llevar sino a qué esperan de ella. Por último, Peter Backus, Maria Cubel, Matej Guid, Santiago Sánchez-Pages y Enrique Lopez Mañas analizando la historia de miles de partidas de ajedrez donde han participado tanto mujeres como hombres y controlando por multitud de datos y características observadas, encuentran que las mujeres rinden por debajo de su potencial en entornos competitivos donde un hombre participe o compita directamente con ellas y donde estos últimos sean mayoría.

Algunos señalan a razones biológicas. Por ejemplo, los niños sólo reproducen comportamientos que centenares de miles de años, por no decir millones, de evolución ha impreso en nuestros genes

¿Qué motiva estos diferentes comportamientos? Algunos señalan, como adelanté, a razones biológicas. Por ejemplo, los niños sólo reproducen comportamientos que centenares de miles de años, por no decir millones, de evolución ha impreso en nuestros genes. La necesidad de competir de los machos mamíferos para poder optar a la reproducción nos habría dejado en herencia la necesidad de “ser los mejores”. Si esto es así, las diferencias de género en muchas facetas de la vida cotidiana así como en el mercado de trabajo tendría poco más que ser compensada, pero nunca podrían ser eliminadas.

Pero no parece que esto sea así, ya que en muchos de estos trabajos se detecta un diferente comportamiento femenino en función del entorno. Cobran así relevancia los estereotipos sociales. Es decir, las ideas que emanan de nuestra vertiente social revierten sobre nosotros mismos, afectando a nuestras decisiones. Por ejemplo, esto podría explicar por qué las mujeres deciden estudiar carreras sociales o de humanidades mientras que existe una clara desproporción de hombres en carreras técnicas o matemáticas. No sería por la necesidad de competir más, sino por lo que es “usual”.

Así, de nuevo Ernesto Reuben junto con otros coautores, y en un trabajo aún sin publicar, han encontrado que ante igualdad de condiciones, los estereotipos son importantes, no solo para la elección de una carrera profesional sino para la decisión de qué estudios se deciden cursar y empleos optar. Comprobaron que en ciertos empleos técnicos y científicos los empleadores suelen tener preferencias por la contratación de hombres, aunque existan indicios de que pueden estar equivocados, e incluso que estos no tengan la cualificación necesaria, lo que al final termina por auto seleccionar a las mujeres en empleos donde sus características suelen “cuadrar” más con lo esperado.

Si los estereotipos son más importantes que la propia biología, existiría un campo amplio de actuación para corregir tales influencias negativas

Si los estereotipos son más importantes que la propia biología, supuesto que esta última sea tal y como se ha adelantado, existiría un campo amplio de actuación para corregir tales influencias negativas. Debemos entender así que quizás las diferencias salariales de género no se pueden resolver mediante leyes que obliguen a cuotas o que exijan escrupulosamente la igualdad salarial. Aunque también. Como ya afirmé la semana pasada, las diferencias de género hundirían sus raíces en lo más profundo de la conciencia social. Lo que se espera de una mujer y lo que se espera de un hombre. Y que esta conciencia, aunque mutada hacia una mayor igualdad en las últimas décadas, permanece fuertemente anclada en el subconsciente de los individuos. Aprender a convivir con igualdad de derechos y obligaciones desde pequeños sería una tarea necesaria y que debe ser explicada a los niños. O, como expresaba la semana pasada, con la implementación de ciertas políticas de discriminación positiva o de reducción de costes de oportunidad que son principalmente asumidos por las mujeres. O, como expresa la señora ministra, ocultando nuestro género hasta el preciso instante de la contratación.


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