OPINIÓN

Seamos pragmáticos: la unión hace la fuerza

La identidad de los pueblos europeos solo pueden salvaguardarse si nos unimos bajo una misma bandera que nos embarque dentro de un mismo objetivo.

Seamos pragmáticos: la unión hace la fuerza.
Seamos pragmáticos: la unión hace la fuerza. EFE

El pasado lunes Josep Borrell acudió al programa "Intermedio" de La Sexta para hablar de lo único. Entre lo mucho que dijo, me gustaría centrarme en una de las particulares observaciones que el ex ministro sostuvo durante su intervención: los beneficios de ser europeísta frente al coste que suponen los nacionalismos regionales en un mundo globalizado. Y es que ser europeísta es ser ante todo pragmático. Frente a un discurso que pretende convencer a los secesionistas mediante argumentos sentimentales o legales, válidos o no, existen argumentos pragmáticos que tratan de convencer de que la unión de regiones y estados europeos es el camino natural a seguir frente a los deseos de secesión que solo llevarían a asumir costes impredecibles.

En este sentido, tres son los principales argumentos que voy a desarrollar y que pretenden explicar por qué es útil la unión de países, en particular la europea, y por qué es desaconsejable la secesión de regiones de estados participantes de esta unión. Lo que a continuación desarrollo converge a una idea muy sencilla que es válida en un discurso antisecesionista: que la unión hace la fuerza y que la única vía de progreso futuro de Europa, y de España junto a Cataluña en particular, es mediante la suma de voluntades y no mediante su separación.

En primer lugar, existe una razón histórica. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el mundo occidental reconoció que las derivas nacionalistas se pagan, y muy caro. La aparición de Alemania mediado el siglo XIX, con un fuerte carácter indentitario dirigido por la élite prusiana exigía, a fuerza de codazos, reclamar una posición en el continente que por su juventud la tenía negada. Simplemente Alemania no existía cuando las potencias occidentales habían reclamado sus zonas de influencia, tanto en Europa como en el resto del mundo. La presión prusiana basculó primero hacia el sur, imponiendo al Imperio Austro-Húngaro un papel secundario en el mundo germánico y después hacia el oeste, contra una Francia a la que se consideraba potencia extranjera en lo que se consideraban territorios históricos alemanes. La Guerra Franco-Prusiana de 1871, por cierto con orígenes hispanos, fue el primero de los tres actos de una serie de desgracias que asolaron a Europa y al Mundo en los siguientes ochenta años. Ni siquiera la prosperidad económica del último tercio del XIX, con una Alemania ya consolidada en el corazón de Europa, ayudó a templar los deseos nacionalistas que surgieron en el continente y que se exacerbaron con la aparición de innumerables fronteras después de la Paz de Versalles. Finalizada la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, la ONU, heredera de la fallida Sociedad de Naciones y casi en el mismo tiempo la creación de la CECA apostaron por la resolución dialogada de los conflictos con la unión de voluntades y, en el segundo de los casos, con la unión de soberanías. La práctica desaparición de los conflictos bélicos en suelo europeo es el logro de un nuevo espíritu que pasaba por la superación de unos conflictos originados, en su mayor parte, por las otrora tendencias suicidas generadas por los nacionalismos.

Cataluña hoy no es posible entenderla sin su participación en los últimos 500 años en un proyecto más ambicioso llamado España

En segundo lugar, una razón simbiótica, con ejemplo hispánico. Como me comentaba hace no pocos días mi gran amigo y mejor profesor de historia económica en la UPO, Fernando Ramos-Palencia, Cataluña hoy no es posible entenderla sin su participación en los últimos 500 años en un proyecto más ambicioso llamado España. El descubrimiento de las Américas y de sus metales preciosos puso punto y final (casi) a la entonces nada despreciable industria textil castellana. El peso de la conquista, así como de las guerras que el Imperio exigía, recayó en una mayor proporción en la antigua Corona de Castilla, que entre los siglos XVI y XVII se desangraba literalmente quedando la Corona de Aragón, y por ello también Cataluña, en un segundo plano. La llegada de los Borbones, en el siglo XVIII, supuso paradójicamente el despertar de una economía catalana, muy debilitada desde el siglo XV, y que compensaba de este modo la pérdida de sus fueros vía Decretos de Nueva Planta. Este despertar no fue ajeno a la reorganización económica diseñada durante el XVIII, entre ellas, la desaparición del monopolio americano de Sevilla y Cádiz y que facilitó el acceso a los mercados de ultramar a una incipiente industria catalana.

Los costes de la desaparición definitiva de los territorios de ultramar en 1898, y por ello de su mercado, fue en gran parte compensado, no en su totalidad, por políticas cada vez más proteccionistas

Tras la pérdida de las colonias americanas, el mercado de la industria catalana basculó hacia la península Ibérica. El descubrimiento de América fue un regalo envenenado para España –fundamentalmente para Castilla- ya que padeció lo que se conoce como “enfermedad holandesa”. Sin embargo, Cataluña gracias al comercio atlántico desde mediados del siglo XVIII asentó las bases para aprovechar el impulso definitivo que supuso la Revolución Industrial a inicios del XIX. Fue por esta y otras razones que en Cataluña, junto con País Vasco, hubieran posibilidades reales de un salto definitivo, al contrario que en otras regiones, como en Andalucía y cuyos esperanzadores inicios industriales rápidamente fueron abortados, en parte por las razones esgrimidas. Al mismo tiempo, la industria y burguesía catalana apostaron sobre seguro ya que optaron por el acceso protegido al resto de los mercados españoles (incluido a los restos del Imperio, particularmente Cuba). Los costes de la desaparición definitiva de los territorios de ultramar en 1898, y por ello de su mercado, fue en gran parte compensado, no en su totalidad, por políticas cada vez más proteccionistas y complementarias a los intereses de la burguesía catalana. Aun así, el coste del Desastre del 98 fue evidente y no es casual que sea en los últimos años del XIX cuando el nacionalismo catalán encontrara su principal y definitivo impulso.

La pertenencia de Cataluña a España es lo que ha conferido a esta región su razón de ser actual y los datos actuales confirman que esto sigue siendo así

Durante el resto del siglo XX la industria catalana supo aprovechar ese factor proteccionista para seguir acumulando actividad y población. La Primera Guerra Mundial y las posteriores dictaduras de Primo de Rivera y de Franco (con la excepción evidente de la Depresión del 29 y de la Guerra Civil) consolidaron su actividad, siempre muy relacionada con los mercados “cautivos” del resto de España. La liberalización de la economía española no fue sin embargo un problema, ya en las décadas de los 80 y posteriores, para una industria catalana con fuertes necesidades de ajuste pero con las bases sólidas de siglos de asentamiento. Así pues, la historia de Cataluña y su desarrollo económico no es posible sin España al igual que España no es posible sin Cataluña, cuando menos desde el punto de vista económico. En este caso, la pertenencia de Cataluña a España es lo que ha conferido a esta región su razón de ser actual y los datos actuales confirman que esto sigue siendo así.

En tercer lugar una razón geopolítica (y económica), basada en la amenaza económica exterior que proyecta sombras sobre el futuro de las economía europea si el proyecto de la Unión Económica fracasara. Como dijo Paul de Grauwe en una entrevista reciente, una Cataluña independiente sería una nación muy dependiente a las imposiciones (económicas) exteriores. Esta paradoja se explica porque sólo en una unión de estados que toman decisiones conjuntas es posible tener voz y voto en una economía global muy integrada.

La capacidad de competir en mercados globalizados solo es posible mediante la construcción de un tejido productivo eficiente y rentable. En este caso, la Unión Europea se puede analizar como la creación de un mercado único que permite la obtención de un entramado productivo eficiente, de tamaño óptimo y de elevada productividad capaz de competir con las grandes economías mundiales, como son Estados Unidos, Japón, China y dentro de poco India y Brasil. Sin la Unión esto es imposible. Y la separación de los actuales estados-nación introduciría a la Unión en un tornado político de difícil resolución. Este pragmatismo económico, pero también político (ningún estado europeo con movimientos internos independentistas va a aceptar ninguna secesión, por mucha pataleta que se muestre) impide la fragmentación de ninguno de ellos siempre que permanezcan cubiertos por la bandera azul con estrellas doradas.

Nuestra identidad, la española, sólo tiene posibilidades de sobrevivir a largo plazo si unimos nuestros esfuerzos junto al de los flamencos, bretones o silesios

Soy andaluz, y estoy muy orgulloso de serlo. Me considero también español. Pero sobre todo y ante todo soy un europeísta pragmático porque sé que mi cultura, la andaluza, nuestra identidad, la española, sólo tiene posibilidades de sobrevivir a largo plazo si unimos nuestros esfuerzos junto al de los flamencos, bretones o silesios. Esta es una bellísima paradoja: la identidad de los pueblos europeos solo pueden salvaguardarse si nos unimos bajo una misma bandera que nos embarque dentro de un mismo objetivo. Y en este objetivo es indispensable el concurso de Cataluña, parte fundamental y necesaria de esta Europa y de esta España del siglo XXI.

Este post hubiera sido imposible sin las amenas conversaciones sobre historia económica de España con Fernando Ramos-Palencia, al que le estoy enormemente agradecido por sus comentarios y puntualizaciones.


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