La Economía explicada

¿Y si nadie tuviera la culpa?

En economía no soy aristotélico. Me explico. Aristóteles definía el movimiento o el cambio de las cosas como el paso de lo que potencialmente puede ser a serlo. Todas las cosas tienen potencia de ser algo diferente a lo que son. Por ejemplo, el silicio puede convertirse en un chip, o el hierro en un coche. Sólo existe algo/alguien al que Aristóteles niega la posibilidad del movimiento porque no puede ser potencialmente lo que no es, dado que ya es todo lo que potencialmente puede ser, es decir, porque es perfecto. Aristóteles define este algo/alguien como el motor inmóvil, ya que para él es el origen de todo movimiento, pues todo se mueve hacia él. 

Dicho de un modo menos arcano: las cosas se mueven porque hay algo o alguien que causa su movimiento. Esta idea fue posteriormente asimilada por el cristianismo, y durante la Edad Media la visión aristotélica del cosmos fue fundamental en la teología de la Iglesia Católica. Aún hoy el concepto de la causa final, de que siempre hay alguien culpable de lo que está pasando, está grabado en el subconsciente de la sociedad y de los individuos. Por eso resulta desconcertante para muchos que a veces no podamos identificar al culpable de lo que ocurre, simplemente porque no existe tal culpable.

Como decía, no soy aristotélico. En economía creo en los incentivos. Esto quiere decir que los mercados, incluso los gobiernos, los políticos, los abogados, los futbolistas, los monjes, todos, actúan en base a incentivos. Son estos los que definen el movimiento (las decisiones) de los individuos, y por agregación, de la economía en su conjunto. Cierto es que los incentivos responden en general a las reglas que la misma sociedad ha dictado. Y cierto es también que algunas corporaciones o grupos de interesados intenten manejar de un modo controlado ciertos elementos de la economía a su favor. Pero esto es muy diferente a la idea de la causa final y que presupone que todo ocurre porque alguien o algunos han decidido que así sea.

No debemos buscar culpables por la crisis del euro, ni países centrales ni países periféricos, ya que lo sucedido puede explicarse por incentivos que emergen de un diseño incompleto de la Unión Monetaria

Toda esta introducción me sirve para exponer mi idea de por qué creo que no debemos buscar culpables por la crisis del euro, ni países centrales ni países periféricos, ya que lo sucedido puede explicarse por incentivos que emergen de un diseño incompleto de la Unión Monetaria. No quiero decir que, por ejemplo, la posición alemana sobre la crisis griega no derive en parte del trauma inflacionista de los años veinte o que lo ocurrido con la economía griega no parta de su incapacidad para reconocer y actuar sobre una economía fallida. Mi argumento, sin embargo, es que gran parte de lo sucedido desde 2002 responde a unos incentivos derivados de un euro que se diseñó mal, muy mal.

Para desarrollar adecuadamente este argumento permítanme que les cuente una pequeña historia personal. En mi doctorado tuve la inmensa suerte de ser alumno de uno de los grandes economista españoles y referente en su campo: Jordi Galí. Profesor de doctorado en la Pompeu Fabra así como de la New York University, en su curso aprendimos cómo los nuevos modelos neoclásicos y neokeynesianos podían explicar (con sus imperfecciones) los ciclos económicos actuales. Algo relativamente complejo pero excitante. Para salvar su asignatura no era necesario pasar un examen, sino hacer un pequeño trabajo de investigación. Yo decidí analizar el efecto que una moneda única tendría en dos países con diferencias económicas apreciables. Dicho en palabras sencillas, cuando en una misma familia metemos a dos personas que no se parecen en nada.

Y el pequeño modelo que diseñé a partir de otro realizado por los hermanos Benigno, tenía una serie de conclusiones interesantes que intentaré exponer de un modo muy sencillo. Supongamos que tenemos dos países, uno por ejemplo puede llamarse Germania y otro, si les parece, Helas. Supongamos que el primero tiene una economía equilibrada, un poquito o mucho (no es relevante) de déficit público, algo de inflación, pero todo tranquilo. Supongamos que la segunda tiene una economía con un déficit público muy elevado (no es relevante) y una elevada inflación. Cualquier parecido con la realidad, por supuesto, (no) es casualidad. Y ahora vamos con la pregunta que me hacía en ese ejercicio: si tenemos dos países con una misma moneda pero distintas inflaciones, ¿qué pasaría?

Verán como es sencillo. Tenemos dos países con la misma moneda. Supongamos que si no hay riesgo diferencial, el tipo de interés nominal que les pide su banco de confianza sería muy similar en ambos países. De hecho esto es así pues los tipos convergieron desde finales de los noventa hasta 2008 en los todos los países del euro.

El coste de endeudarse no se determina por el tipo de interés nominal, sino por el real. Es decir, si la hipoteca tiene un tipo del 2% pero la inflación (y el crecimiento de los salarios nominales) es del 2%, el coste de financiar mi deuda es cero

En este punto por lo tanto podríamos pensar que endeudarse tiene el mismo coste en ambos países. Sin embargo no es así. Pensemos un poco: el coste de endeudarse no se determina por el tipo de interés nominal, sino por el real. Es decir, si la hipoteca tiene un tipo del 2% pero la inflación (y el crecimiento de los salarios nominales) es del 2%, el coste de financiar mi deuda es cero. Entonces, dado el mismo interés pero diferentes inflaciones, ¿qué país creerá que tiene más incentivos a endeudarse?¿Cuál tendrá más incentivos a ahorrar? Exacto, los habitantes de Helas se endeudarán y los de Germania ahorrarán. Como el ahorro abunda en el segundo, gran parte irá allí dónde se demanda; es decir, al primero. Una vez en Helas, servirá para financiar déficits (privado o público). Al cabo de un tiempo, si los diferenciales de inflación se mantienen, los flujos de capital seguirán inflando la burbuja crediticia en Helas mientras los ahorradores de Germania intensificarán su posición acreedora. Tendremos así un país con elevada inflación, fuerte endeudamiento, elevado consumo e importaciones, y otro con baja inflación, bajo consumo y exportaciones. 

Los datos no refutan esta hipótesis. Para muestra de lo que digo les adjunto al final de este párrafo un gráfico donde se relaciona para varios países de la UME entre 2002 y 2008 la inflación con el déficit de la balanza por cuenta corriente (que mide la diferencia entre importaciones y exportaciones, negativo si es mayor el primero) y con la necesidad o capacidad de financiación (necesidad si el país se endeuda y capacidad si presta). Lo que observamos es que a mayor inflación mayor déficit en la balanza por cuenta corriente y mayor endeudamiento. Aunque esta relación inversa puede tener varios canales causales, uno de ellos puede ser el que les comento. 

Así pues, mi hipótesis es que los germanos prestaron siguiendo incentivos económicos racionales, mientras que los helenos lo hicieron al pedir prestado. Simplemente los diferenciales de inflación condicionaron los flujos de capital así como de las exportaciones e importaciones terminando por crear presiones que derivaron en la crisis del euro y, en particular la griega.

¿Cómo podemos evitar tales incentivos para que tales tensiones desaparezcan? Igualando inflaciones, por supuesto, a través de integración económica, convergencia real y nominal, etc. También, mediante un avance en la integración no solo económica. Por supuesto la unificación bancaria, e incluso, si me lo permiten, haciendo gala de mi europeismo, avanzando hacia una unión fiscal y política.


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