OPINIÓN

En las tripas de la (no) inflación. La ruptura de la Curva de Phillips (y II)

Muchos trabajadores, dada la caída de los salarios reales desde el inicio de la Gran Recesión en 2008, han abandonado el mercado de trabajo hacia una posición secundaria, en la retaguardia, especialmente entre los colectivos de menores ingresos.

En las tripas de la (no) inflación. La ruptura de la Curva de Phillips (y II)
En las tripas de la (no) inflación. La ruptura de la Curva de Phillips (y II) EFE

En el post de la semana pasada explicaba cómo la relación negativa entre inflación y desempleo nacía de la negociación salarial entre trabajadores y empresarios . Como decía entonces, un aumento del empleo o una caída del desempleo sesgaba el poder de negociación hacia los trabajadores, lo que les permitía obtener un mayor aumento del salario real. Si asumimos que esto es así, suponiendo lo demás constante, un aumento del empleo aceleraba el crecimiento de los salarios reales mientras que una caída reduciría este aumento e incluso podría llegar a reducirlos. Pasar desde este punto a los precios implicaba solo asumir que las empresas imponen un margen a sus costes. Con esto teníamos la famosa Curva de Phillips.

La relación entre desempleo e inflación parece haberse roto

Sin embargo, como nos explican día sí y otro también, esta relación entre desempleo e inflación parece haberse roto. Así parece derivarse de unas cifras de desempleo que en no pocos países son lo suficiente bajas como para que debieran provocar tasas de inflación muy superiores a las observadas. A pesar de una política monetaria no convencional que ha tratado de elevar la inflación mediante la reducción del desempleo, los precios no parecen crecer más allá del 1-2%, por lo que, con estos mimbres, no es posible colocar los tipos de interés nominales en la zona de confort, es decir, alejada del indeseable cero.

Ante esta aparente falta de reacción de los precios, los bancos centrales están “desconcertados”. Sin embargo, este desconcierto no significa que los responsables de la política monetaria no tenga claros candidatos que expliquen esta falta de reacción. En lo que resta de post trataré de presentar a estos candidatos. Sobre esta cuestión hay disponible una extensa literatura que no voy a enlazar, pero que les invito a buscar. No quiero sacrificar claridad expositiva a cambio de demasiada información. Además, no voy a ser exhaustivo, por lo que quiero dejar claro, antes de enumerar las posibles razones, que hay todo un mundo más allá de estas líneas. Seguro que encuentran otras razones plausibles que deberían no solo entrar en esta lista, sino además en la agenda de cualquier investigador que pretenda desentrañar las tripas de este asunto.

Tras la Gran Inflación, en los años setenta, los bancos centrales modificaron los objetivos de sus políticas monetarias

Una primera candidata son las expectativas. Tras la Gran Inflación, en los años setenta, los bancos centrales modificaron los objetivos de sus políticas monetarias. A partir de finales de la siguiente década y sobre todo en la de los noventa, los bancos centrales dejaron claros que el principal objetivo de su política sería la estabilidad de precios. No solo se contentaron con verbalizarlo sino que además dieron una cifra, el famoso 2%. Empezando por Nueva Zelanda, los demás países fueron poco a poco asumiendo este nuevo paradigma que iba acompañado de una política de comunicación sin ambigüedades así como una necesaria independencia de los bancos centrales. Este nuevo paradigma acompañado de otras razones, ayudó a reducir la inflación de un modo sorprendente y continuado durante los siguientes veinte años.

La cuestión es que gran parte de este logro fue alcanzado gracias al modelado de las expectativas de los agentes. Si piensas que la inflación va a ser baja, la inflación va a ser baja. Solo necesitamos, para que esto se cumpla, dos condiciones. La primera, que los agentes usen estas expectativas en la renegociación de sueldos y precios. La segunda, que estos mismos agentes se crean dichas expectativas. Esto último suele ser normal cuando los bancos centrales se comprometen en su objetivo dentro de su independencia.

Después de la Gran Recesión la caída de los precios en numerosos países colocó la inflación en niveles de mínimos históricos

Después de la Gran Recesión la caída de los precios en numerosos países (descontando el breve impulso motivado por razones exógenas a estas economías, principalmente con origen energético), colocó la inflación en niveles de mínimos históricos. Estos nuevos niveles de inflación pueden muy bien haber “enraizado” en las expectativas de los agentes. Si esto es así, la labor de los bancos centrales para impulsar la inflación es compleja, a menos que muestren claramente su compromiso con un objetivo de inflación más elevado que el 2%. Como Ángel Ubide explica en su último libro, “The paradox of risk: leaving the monetary policy confort zone” , solo el Banco de Inglaterra ha tenido éxito en esta tarea porque, según su autor, es precisamente el único que ha dado muestras de creerse su mensaje (y cumplirlo).

Así pues, una primera razón es que los agentes simplemente trabajan con expectativas de inflación baja, lo que limitaría el efecto del desempleo sobre los salarios y por ello sobre los precios. Por mucho que el desempleo se reduzca, su efecto positivo sobre la inflación queda en un segundo plano por unas expectativas ancladas.

En segundo lugar, puede que estemos presenciando que simplemente los trabajadores son incapaces de impulsar sus salarios a pesar del bajo desempleo. Esta posibilidad, que altera el mecanismo de la misma Curva de Phillips, puede tener varias explicaciones.

La primera de ellas es que los trabajadores han perdido capacidad de negociación. Esta explicación es enormemente plausible. Piense por ejemplo en la evolución a largo plazo del peso de las rentas salariales sobre el valor añadido bruto de muchas economías occidentales. O piense en el aumento de la desigualdad de los salarios. Piense además en el aumento de la precariedad o de la caída de la afiliación sindical en numerosos países. Todo ello puede estar reduciendo la capacidad de negociación de los trabajadores y limando (que no rompiendo) el canal que relaciona el desempleo con los salarios y con la inflación.

Puede ocurrir que el desempleo haya dejado de ser una variable adecuada para medir la “tensión” en el mercado de trabajo

Pero también puede ocurrir que además de lo anterior el desempleo haya dejado de ser una variable adecuada para medir la “tensión” en el mercado de trabajo. Muchos trabajadores, dada la caída de los salarios reales desde el inicio de la Gran Recesión en 2008, han abandonado el mercado de trabajo hacia una posición secundaria, en la retaguardia, especialmente entre los colectivos de menores ingresos. No son realmente “no activos”, pues están dispuestos a incorporarse al mercado si tienen la oportunidad, pero no aparecen como desempleados. Esto elevaría la tasa de paro hacia niveles muy superiores a aquellas para las cuáles suponemos que debiera aumentar la inflación. No se habría limado el canal, sino que sólo estamos midiendo mal el desempleo.

Por último, existen otras posibles candidatas, como son la globalización, que en general es deflacionaria, o el cambio tecnológico, que reduce el coste de producción de ciertos bienes y servicios así como eleva la desigualdad o puede aumentar la precariedad y que tendría su cuota de responsabilidad en los candidatos antes mencionados

Todas estas posibles razones están en la mente de los bancos centrales. ¿Cuál de ellas puede ser la principal causa? Difícil saberlo, de momento. Pero no minusvaloren la capacidad de los economistas de estos bancos, y de fuera de ellos, para darnos una explicación convincente más temprano que tarde. Tiempo al tiempo.


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