OPINIÓN

La economía española: sin balas en el tambor

La complacencia de la clase dirigente española, una política fiscal con una restricción presupuestaria considerable y un entorno de tipos de interés bajos, limita la capacidad de implementación de políticas económicas adecuadas para afrontar ciclos económicos que serán cada vez más agresivos.

Los ministros de Economía y de Hacienda, Luis de Guindos y Cristóbal Montoro.
Los ministros de Economía y de Hacienda, Luis de Guindos y Cristóbal Montoro. EFE

Muchos lo dicen: España va bien. No, no es un déjà vu. No es necesario que miren la fecha del artículo. Hoy es 28 de abril de 2017. Durante este año nuestra economía crecerá más o menos un tres por ciento. Las décimas son un detalle sin importancia. Será el tercer año consecutivo en el que la economía española consiga tales cifras, algo impensable hace menos de un lustro. Volveremos a liderar a las economías europeas en su crecimiento. Cierto es, como todos sabemos, que no es un crecimiento perfecto y que posee importantes taras. No es todo lo inclusivo que nos gustaría, pero al fin y al cabo se crece, lo que indudablemente es mucho mejor que no hacerlo.

Casi todo rezuma pues optimismo. Sin embargo, algunos puntualizan, no sin razón, que existen enormes riesgos que pueden terminar por asomar a la vuelta de la esquina y que por ello debemos tener precaución. Mi objetivo en el post de hoy es destacar cuáles pueden ser algunos de estos posibles riesgos a los que nuestra economía podría enfrentarse en el hipotético caso de una nueva recesión. Con este objetivo, voy a concentrarme en dos tipos de riesgos, los propios y los ajenos. En el primero hablaré de la falta de reformas y de la deuda pública. En el segundo, de política monetaria y tipos de interés.

Nuestra economía debe crecer, y cuanto más, mejor. Esto nos permitirá estar en mejor posición para cuando suceda la siguiente recesión

Nuestra economía debe crecer, y cuanto más, mejor. Esto nos permitirá estar en mejor posición para cuando suceda la siguiente recesión. Debemos alejarnos lo máximo posible de un precipicio sobre el que aún estamos muy cerca y por lo cual nos encontramos enormemente indefensos. Más tarde o más temprano nos enfrentaremos a un duelo y, de momento, no tenemos balas en el tambor.

En este sentido, uno de los principales riesgos de nuestra economía es la autocomplacencia. Como suele ser habitual, los buenos tiempos reducen las ansias reformadoras. No es sin embargo España un país donde los legisladores enloquezcan en una orgía reformadora cuando nos vienen mal dadas, pero al menos, recibíamos ciertas presiones desde el exterior para hacerlo. Los grandes planes reformadores españoles (1959, 1978, 1994 y 2010-12) son hijos de tiempos oscuros y de señores con maletín negro y trajes del mismo color. Pero en cuanto el PIB crece, estos impulsos reformadores se debilitan. Quien gobierna España no encuentra las razones para asumir riesgos políticos al desaparecer los incentivos para ello. Cuando el bolsillo de los ciudadanos vuelve a llenarse, el voto suele castigar menos. Si las cosas van bien ¿para qué una nueva reforma laboral? ¿Para qué continuar con la transformación de las Administraciones Públicas? ¿Para qué un pacto de estado en educación o para qué asumir los graves problemas presupuestarios que acarrea una población que envejece? No hay incentivos. Total, en cuatro años veremos qué ocurre.

España hoy tiene grandes debilidades, como en 2008, y en 1993, y en 1978

Sin embargo, España hoy tiene grandes debilidades, como en 2008, y en 1993, y en 1978. Sí, mutados y algunos intercambiados por otros. Pero la lista de tareas pendientes sigue siendo inmensa. Y estas tareas, muchas, si se llevaran a cabo, podrían evitar que vuelva a repetirse lo ocurrido entre 2009 y 2013. Así, si en no muchos años experimentáramos una nueva recesión y por causa de ella el desempleo volviera a sus máximos, ya saben a quién deberán reprochárselo.

El segundo riesgo responde a una política fiscal exhausta. La elevada deuda pública resta capacidad de actuación a un gobierno que, llegado el caso, debería aplicar medidas contracíclicas. Una elevada carga como es una deuda pública del 100 % del PIB es un límite evidente para poder contrarrestar una posible caída de la actividad privada. Más si cabe cuando aún tenemos uno de los déficits públicos más elevados de toda Europa.

Una elevada carga como es una deuda pública del 100 % del PIB es un límite evidente para poder contrarrestar una posible caída de la actividad privada

No menos cierto es que este límite depende de muchas otras variables. Por ejemplo, es primordial conocer qué respuestas daría el Banco Central Europeo una vez llegado el caso. Y es que la capacidad que tiene la política fiscal de contrarrestar una caída de la producción está estrechamente ligada al papel que en ese momento juegue la política monetaria. Así, los límites de la misma y el papel que juegue la elevada deuda dependerá de la respuesta que el BCE ofrezca en su momento. Desde luego es preferible que no repita su mala actuación entre 2009 y 2011 y por la que siempre explicitaremos un profundo rencor.

Es importante además el nivel del déficit estructural llegado el momento. Y para ello son imprescindibles, cuanto antes, reformas en materia fiscal en el sentido descrito numerosas veces en este blog. Por ello es urgente y primordial tratar de reducir el déficit público cuanto antes.

Si la próxima recesión nos atropella con tipos de entre el 1 y 2 %, la posibilidad de usar la política monetaria para reducir los efectos perniciosos de la caída de la demanda sería mínima

El tercer riesgo, y que podemos considerar ajeno a nosotros, son los bajos tipos de interés. Sin considerar la posibilidad de actuación actual del BCE a través de políticas como el QE, el problema actual que posee la política monetaria de cara a una crisis futura es precisamente la imposibilidad de reducir los tipos una vez sea necesario. Y es que esta situación incomoda en exceso incluso a los propios bancos centrales. Que sean bajos simplemente impide que estos puedan responder adecuadamente a cambios en la demanda que nos lleve a recesiones cada vez más profundas. Así, algunas estimaciones muestran que las recesiones suelen aliviarse en gran parte cuando los tipos pueden reducirse en el entorno de 4-6 puntos porcentuales. Sin embargo, si la próxima recesión nos atropella con tipos de entre el 1 y 2 %, la posibilidad de usar la política monetaria para reducir los efectos perniciosos de la caída de la demanda sería mínima. Estaríamos abocados de nuevo a un ciclo intenso con un daño considerable sobre la actividad económica.

Por lo tanto, la existencia de una gran complacencia en la clase dirigente española, una política fiscal con una restricción presupuestaria considerable y un nuevo entorno de tipos de interés bajos, limita la implementación de las políticas económicas adecuadas para evitar ciclos económicos que en dicho caso serán cada vez más agresivos. Es por ello que una vez más hay que hablar de reformas. Todo lo que hagamos hoy no tendremos que hacerlo mañana.


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