OPINIÓN

¿La desigualdad no reduce la felicidad?

Juan Ramón Rallo afirma que las sociedades más desiguales no son menos felices. Y defiende en dos sendos artículos posturas que en gran parte contradicen lo que hasta la fecha la evidencia empírica de numerosos trabajos había consensuado.

¿La desigualdad no reduce la felicidad?
¿La desigualdad no reduce la felicidad? Xavier Sotomayor

En los últimos días hemos asistido a la aparición de dos artículos relacionando positivamente la desigualdad de ingresos con el crecimiento económico y la felicidad. Concretamente, el primero de los artículos se pregunta sobre si es o no es cierto que la desigualdad limite la capacidad de crecimiento de una economía. La conclusión, después de muchas citas académicas mágicamente mezcladas, se aleja en cierto modo del título del artículo: lo importante es la pobreza, por lo que no nos debemos preocupar por la desigualdad ya que, además, no limita el crecimiento. El segundo de los artículos es más directo, menos enrevesado. Afirma sencillamente que las sociedades más desiguales no son menos felices. Su autor, Juan Ramón Rallo, defiende así en dos sendos artículos posturas que en gran parte contradicen lo que hasta la fecha la evidencia empírica de numerosos trabajos había consensuado. Muy interesante para el debate.

Sin embargo, y a pesar del esfuerzo por aportar solidez empírica al análisis intentando alejarlo de un mero ejercicio apriorístico, estos artículos han generado un cierto revuelo. Muchos calificativos ha recibido el razonamiento que el autor plasma para alcanzar sus conclusiones: incorrecto, forzado y retorcido, por expresar solo algunos de ellos. Las razones de tales adjetivos se basan es que muchos, yo entre ellos, entendemos que el uso que el autor realiza de la literatura existente en ambos trabajos está repleto de imprecisiones, incorrectas valoraciones, mal entendimiento y, a veces, de mínima crítica para poner en duda aquello que se lee.

En este segundo análisis, según Juan Ramón Rallo, las sociedades más desiguales no son más infelices

Me voy a centrar en el segundo de estos artículos (del primero tendrán a no mucho tardar una argumentación mucho más elaborada de la que les brindo en este caso). En este segundo análisis, según el autor, las sociedades más desiguales no son más infelices. Aunque dedica todo el artículo para desarrollar una idea que resulta algo más compleja y llena de matices que esta simple afirmación, para su descargo no es él el que llega a esta conclusión, sino un artículo publicado recientemente en la revista Social Science Research, concretamente en su volumen 62 y escrito por Jonathan Kelley y M.D.R. Evans. Lo que estos autores encuentran en su investigación es que aquellas sociedades con una mayor desigualdad de ingresos, medida con el famosísimo índice de GINI, la felicidad es mayor, medida esta última como un indicador sintético de dos variables que se derivan de preguntas a los encuestados. Tales resultados se encuentran después de un preciso análisis a partir de una base de datos amplísima para decenas de países y no menos de tres décadas. El trabajo, debo decirlo, es muy sugerente, meritorio y digno de consideración. Sin embargo, una lectura inquieta y curiosa del mismo permite que emerjan ciertas dudas sobre tal conclusión.

En primer lugar, es un trabajo más. Existen multitud de estudios que afirman lo contrario mediante el uso de otras bases de datos y otros métodos. Esto cuando menos nos debe llevar a la prudencia. El papel de un buen economista es el de valorar la nueva evidencia y ponerla en su contexto. Si este trabajo señala otro camino, otro resultado, cuando menos debe llevarnos a valorar su importancia, pero nunca asegurar que es este el representante de una verdad absoluta.

El resultado más importante del trabajo es que una sociedad más desigualdad es más feliz, especialmente en países donde la renta es menor

En segundo lugar, este trabajo tiene numerosas e importantes debilidades. Como he afirmado antes, una lectura relajada del mismo hace saltar las dudas, lo que es de lo más normal y natural en todo ejercicio que pretenda alcanzar el conocimiento, si es que esto es posible. Así, por ejemplo, Kelley y Evans relacionan un indicador agregado, como es el Índice de GINI, con una percepción individual subjetiva de los cientos de miles de encuestados. Plantear esta relación en un ejercicio econométrico implica muchos problemas necesarios de resolver. Uno de ellos de interpretación. Por ejemplo, el resultado más importante del trabajo es que una sociedad más desigualdad es más feliz, especialmente en países donde la renta es menor. Sin embargo, en sociedades más opulentas no parece encontrarse tal relación. Ante esto, lo primero que debemos hacer es preguntarnos qué es un índice de GINI. Debemos preguntarnos cómo y por qué evoluciona, qué determina su cambio. Debemos razonar cómo puede influir dicho indicador, o lo que pretende medir, sobre qué van a percibir los ciudadanos sobre su bienestar y felicidad. Debemos preguntarnos si este índice puede captar o no la heterogeneidad, no solo de los individuos en un mismo país sino además entre países que puedan invalidar las comparaciones de bienestar entre los mismos.

En sociedades donde la renta crece con intensidad, por ejemplo emergentes, el efecto neto sobre la felicidad puede ser positivo, más gente más feliz que infeliz, pero a costa de una mayor desigualdad

Por ejemplo, un aumento del GINI (aumenta la desigualdad) implica que habrá gente concentrándose tanto en la parte alta de la distribución de la renta como en la parte baja. Si asumimos que los primeros van a ser más felices mientras que los segundos no, entonces el efecto neto del GINI sobre la felicidad media puede cancelarse parcialmente. ¿Recuerdan lo del medio pollo o lo de ni frio ni calor? Este es el problema. Mientras en sociedades donde la renta crece con intensidad, por ejemplo emergentes, el efecto neto sobre la felicidad puede ser positivo, más gente más feliz que infeliz, pero a costa de una mayor desigualdad, en sociedades donde la economía es más estable, crece con menos intensidad, el efecto neto sobre la felicidad puede cancelarse del todo, aunque el GINI pueda llegar a crecer. Esta sería una explicación válida sobre la posible evidencia encontrada por el trabajo, y que por supuesto no tiene nada que ver con que la desigualdad haga feliz a la gente.

Que este trabajo no aclare el sentido de la causalidad es otra duda que añadir a las conclusiones del mismo. Dicho en otras palabras, Kelley y Evans encuentran correlación, pero no causalidad. No sabemos si la mayor desigualdad genera felicidad, al revés, o simplemente ambas responden a una tercera variable que es causa original. Por ejemplo, en sociedades emergentes es normal que el crecimiento sea desigual (Kuznets), lo que implicaría dos efectos. Por un lado, que aumentar la renta de todos los ciudadanos elevaría su bienestar y por ello su felicidad. Pero, además, al aumentar más la renta de algunos, aumentaría la desigualdad. Se establece así una relación que no vincula directamente desigualdad con felicidad, pero que, sin embargo, permite esa relación positiva especialmente en los países emergentes.

Salvo situaciones raras, lo normal es que el GINI de hoy sea muy similar al de hace tres años. Sólo muestra cambios importantes a largo plazo

Para descargo de los autores, decir que estos correlacionan felicidad con el GINI de tres años antes. De este modo pretenden establecer el orden causal, si es que este existiera. Pero esta estrategia o se hace bien o no se hace. En primer lugar, el GINI tiene mucha inercia. Salvo situaciones raras, lo normal es que el GINI de hoy sea muy similar al de hace tres años. Sólo muestra cambios importantes a largo plazo. Esto quiere decir que no somos capaces de discernir cómo es esta relación de causalidad a menos que se tomen medidas econométricas oportunas que los autores no llevan a cabo. En segundo lugar, los autores interpolan, crean, los GINIS para años que no está presente. Más inercia que dificulta esta identificación.

Por lo tanto, el GINI y su uso para este tipo de análisis es deficiente. Deberíamos disponer, por el contrario, de variables de percepción individual de desigualdad que podamos relacionar con la felicidad del individuo. Y esto es muy curioso, ¡esta variable existe! Estos autores se olvidan de mencionar, lo que es muy extraño, que a los encuestados se les pregunta por su percepción sobre la desigualdad de su país. Concretamente, que si es necesaria una mayor o menor igualdad en su sociedad. ¿Por qué los autores no usan esta información y prefieren usar un indicador agregado que dificulta la identificación causal? Buena pregunta.

Pues bien, me he permitido la tarea de descargarme la base de datos. He realizado un análisis probabilístico con los más de 284.000 registros y he valorado cómo la renta del individuo y su percepción de desigualdad correlacionan con su felicidad. He controlado por años y países y he dividido el análisis por países emergentes, desarrollados y postcomunistas. ¿Y qué sale? (El gráfico lo colgaré en las redes sociales para no cargar en exceso la lectura de este post).

Incluso aquellos que están en la parte alta de la distribución de ingresos son más infelices si creen que es necesaria una mayor igualdad

Algo previsible. En primer lugar, cuanto menor es la renta, menos feliz es el encuestado. En segundo lugar, que si consideras que tu sociedad necesita más igualdad, eres más infeliz. Lo contrario a lo que encuentran los autores en su trabajo. Pero lo más interesante es que esto ocurre independientemente del nivel de renta. Es decir, incluso aquellos que están en la parte alta de la distribución de ingresos son más infelices si creen que es necesaria una mayor igualdad. Y lo mejor del ejercicio: cuando incluyo una medida de dispersión global de desigualdad, construida con los propios datos de la encuesta, sale una correlación positiva entre desigualdad, medida por esta dispersión agregada y felicidad, exactamente como a Kelly y Evans. Sin embargo, la relación entre percepción individual de desigualdad y felicidad se mantiene negativa. Esto me lleva a pensar que las contradicciones entre percepciones individuales y medidas generales de dispersión vienen motivadas porque necesariamente miden cosas diferentes. Por cierto, este resultado es común para los tres grupos de países, aunque mucho más agresivo en los postcomunistas, seguido en importancia por los emergentes y terminando con los desarrollados.

No es tan evidente pues que más desigualdad implique más felicidad. Más bien parece que es al contrario

En resumen, hay que tener cuidado con lo que se cita y cómo se cita. El trabajo de Kelley y Evans es muy sugerente e interesante. Pero suscita grandes dudas. Esto no nos debe llevar a rechazarlo, pero sí a cuidar nuestras afirmaciones. No es tan evidente pues que más desigualdad implique más felicidad. Más bien parece que es al contrario, sobre todo cuando preguntamos a la gente y abandonamos indicadores agregados complejos que no entendemos bien qué miden en análisis de datos individuales. Parece pues que el debate sigue donde estaba. Estaremos atentos al futuro para conocer si de nuevo, algún día, leyendo la prensa, nos llevamos otra sorpresa.


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