OPINIÓN

El deseo por la inflación

Todos sufrimos de ilusión monetaria. Algunos más que otros. Esto ha permitido durante años que los gobiernos puedan aprovecharse del señoreaje y del impuesto de la inflación.

El deseo por la inflación
El deseo por la inflación kschneider2991

En mi post de la semana pasada reflexionaba, siquiera muy por encima, sobre las posibles dificultades en la aplicación de “nuevas” medidas de política monetaria. En particular, señalaba los límites que los bancos centrales podrían encontrarse en una sociedad occidental democrática en el supuesto caso de eliminar el dinero en efectivo y, en consecuencia, poder aplicar sin límites tipos nominales negativos, y que podrían ser necesarios para estabilizar el ciclo económico. Mi argumento era que un tipo negativo es de facto un impuesto al ahorro y que este, a diferencia de la política fiscal tradicional, sería aplicado por una institución no elegida democráticamente.

Al igual que hay ahorradores, los hay quienes deben dinero, y unos tipos negativos sería una medida muy popular entre ellos

Gracias a este post pude mantener algunos debates interesantes con amigos y colegas. En primer lugar, Rafael Domenech enlazaba un post de la Reserva Federal de St. Louis donde se argumentaba que un tipo de interés negativo sería un impuesto a los bancos, a sus reservas. No sería necesariamente un impuesto al ahorro, sino a la actividad desempeñada por el “productor”. Como cualquier otro impuesto, su incidencia dependerá de la estructura del mercado y la elasticidad de demanda y oferta. Por ejemplo, si los bancos observan que aplicar tipos negativos a sus clientes conllevaría un elevado riesgo de éxodo de estos a la competencia, asumirán esta rentabilidad negativa a través de un menor margen comercial. En segundo lugar, Kamal Romero, en una larga conversación , me llamaba la atención sobre la desigual distribución del patrimonio neto y su posible influencia en los efectos de tipos negativos. Al igual que hay ahorradores, los hay quienes deben dinero, y unos tipos negativos sería una medida muy popular entre ellos. Dicho esto, la contestación social dependería de dónde se situaría el votante mediano en la distribución del patrimonio neto. Interesante y muy razonable.

Pero hubo otra conversación muy productiva con mi estimado Jorge Bielsa-Callau. Jorge, con su particular prudencia pero seguridad en lo que dice, me recordó que en realidad este “impuesto” ya existe, y es la inflación. Para Jorge, la existencia de tipos negativos nominales no implicaría nada novedoso. El señoreaje, o rentas que obtiene el gobierno gracias a su monopolio de emisión de moneda y de creación de inflación es antiguo como la propia humanidad. Los bancos centrales no harían nada que ya no hayan hecho dejando la rentabilidad real de los ahorros (tipos nominales menos inflación) en niveles negativos. Y no parece que, recientemente, haya habido mucha contestación por ello.

De nuevo una interesante reflexión. Sin embargo, mi posición defendida en el momento en que mantuve la conversación con Jorge fue débil. Debo reconocer que en tiempos estivales uno se relaja en lo que escribe y en cómo lo dice, y no me llegué a documentar en algunos apartados del post como quizás hubiera sido necesario. Entonces le comenté a Jorge que mi experiencia personal era que mientras la gente no reparaba en la pérdida de poder adquisitivo siempre que el nominal de su capital no decreciera, sí creía que no sería igual en el caso en el que el valor nominal sufriera una caída. Esta asimetría, sesgo psicológico o ilusión monetaria era lo que me llevaba a pensar que una política de tipos negativos nominales podría ser mucho más notoria y contestada que una de tipos reales negativos gracias a inesperadas subidas de la inflación.

Los encuestados mostraban una clara preferencia en la toma de decisiones por la información financiera que les venía en términos nominales

Dicho y hecho. Revisé mis apuntes de macro y rebusqué. Si bien la ilusión monetaria es algo establecido en la academia desde hace décadas, su evidencia no la conocía. Mi esperanza era que tenía que haber algún experimento realizado para comprobar si este sesgo se daba.

Y lo había. Ha habido mucha literatura sobre el tema, gran parte de ella pivotando sobre la economía del comportamiento y por economistas tan notorios como el Nobel Robert Shiller. Sin embargo, repasando la misma encontré un trabajo fundamental. En 1997, los economistas Eldar Shafir, Peter Diamond y Amos Tversky presentaron los resultados de un experimento, aunque hay que decir que más que un experimento fue una encuesta, donde los resultados confirmaban este sesgo psicológico. Los encuestados mostraban una clara preferencia en la toma de decisiones por la información financiera que les venía en términos nominales.

En su experimento, estos autores preguntaban a los encuestados que pensaran en tres personas que habían heredado una casa. La casa valía lo mismo para los tres, aunque cada uno la vendían un año después a diferente precio y bajo situaciones diferenciadas, como por ejemplo, la inflación existente durante el año en el que tuvieron la casa en propiedad. Así, por ejemplo, el propietario Adam vende la casa a un precio un 23% inferior a su valor en el momento de la herencia, pero en un entorno de deflación del 25 %. El segundo de ellos, Ben, vende la casa con una pérdida de un 1 % pero sin cambios en los precios del conjunto de la economía, es decir, inflación cero. En tercer lugar y último, Carl vende la casa con un 23% de ganancia sobre el precio heredado pero con una inflación durante el año del 25%.

Como el valor real de la ganancia es el aumento del precio de venta de la vivienda menos la inflación, Adam obtuvo una ganancia real del 2%, Ben del -1% mientras que Carl obtuvo una pérdida real del -2%. Pues bien, el 48% de los encuestados consideró que fue Carl el que hizo una mejor operación, seguido por Adam, con un 37% de los votos. Ben solo fue considerado como el mejor por un 10%. Este resultado, a todas luces irracional, señala precisamente la cuestión. Lo relevante son los cálculos nominales y no los reales, a pesar de que son estos segundos los que realmente deberían importar.

Estos no son extraños y han ayudado a reducir la carga de la deuda tanto de los gobiernos como de las familias y empresas tras episodios de fuerte endeudamiento

El tipo de interés real ha sido negativo en numerosas ocasiones. Sin incluir los años previos a la Primera Guerra Mundial, por ser puntuales a pesar de intensos, las dos guerras mundiales, los peores años de la inflación de los setenta y la Gran Recesión son períodos de tipos negativos. Como se puede comprobar, estos no son extraños y han ayudado a reducir la carga de la deuda tanto de los gobiernos como de las familias y empresas tras episodios de fuerte endeudamiento.

Estos episodios fueron por razones de elevada inflación o por tipos nominales excepcionalmente bajos. Sin embargo, no ha habido una especial dificultad para aplicar estas políticas monetarias. La razón, posiblemente, porque los tipos nominales permanecían elevados, superiores al cero, y como sabemos, el sesgo por la inflación impediría ver que realmente los ahorros menguan.

Esta preferencia por la inflación y lo nominal explicaría otros comportamientos que en principio podríamos catalogar como poco racionales, pero con grandes consecuencias para la economía. Por ejemplo una de las explicaciones habituales para describir la existencia de histéresis salarial (los salarios se resisten a bajar en términos nominales) se explicaría de nuevo por este sesgo. Así, los salarios serían rígidos no por cuestiones regulatorias, de negociación o por los costes que implicarían su continua revisión, sino por factores psicológicos. Este sesgo nominal reclamaría sus 15 minutos de gloria para explicar la existencia de fluctuaciones cíclicas. La dificultad de ajustar salarios ante shocks de demanda estaría detrás de parte de las fluctuaciones cíclicas.

En resumen, el problema de unos tipos de interés nominales negativos es que resultarían más significativos a los ojos de los ahorradores que unos tipos de interés nominales positivos pero reales negativos. Todos sufrimos de ilusión monetaria. Algunos más que otros. Esto ha permitido durante años que los gobiernos puedan aprovecharse del señoreaje y del impuesto de la inflación, pero resultaría más difícil que lo hicieran igualmente a través de unos tipos de interés negativos. Y es que al final, nos gusta la inflación.

* Agradezco a Jorge Bielsa-Callau y Kamal Romero su interés y comentarios tanto a este post como al anterior


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