La Economía explicada

¿Por qué aumenta la desigualdad?

Hoy quiero volver a mis orígenes. O mejor dicho, a mi terreno. Como economista, y como investigador, mi campo principal de estudio es la desigualdad económica. No quiero ni pretendo contarles con qué rocambolesca sucesión de eventos terminé en este campo de estudio, pero lo cierto es que aquí me encuentro desde hace años. Cuando Piketty no era más que un nombre extraño a los oídos de muchos de los que ahora lo alaban, yo ya lo incluía como alguna de las citas más prestigiosas en mis trabajos. Es por esta razón que asisto con curiosidad y, a veces, con espanto, al repentino interés mediático, y gran parte profano, sobre el tema. Desde luego, la desigualdad es un asunto de principal relevancia, pero no ahora, sino desde hace tiempo y me extrañaba enormemente la falta de atención que se merecía. Sin embargo, y espero que no me tilden de vanidoso, el debate existente es pobre, muy pobre, pues se construye desde bases erróneas o dogmáticas. Por este motivo quería dedicar hoy el post a ofrecerles alguna información rudimentaria, aunque suficiente, para poder construir un debate serio sobre desigualdad.

La mayoría de los países occidentales han experimentado un aumento en la desigualdad de renta desde, incluso, antes de que se iniciara la crisis

La mayoría de los países occidentales han experimentado un aumento en la desigualdad de renta (y de salarios) desde, incluso, antes de que se iniciara la crisis. También desde hace ya algunos lustros, se observa una reducción del peso de las rentas salariales en el conjunto del valor añadido frente a las del capital. Por último, otro hecho observado en muchos países, es el aumento de la diferencia salarial entre los trabajadores con cierto nivel de cualificación y habilidades comparado con aquellos menos agraciados. Desde no hace mucho, estos hechos están siendo conocidos por el gran público gracias a la labor de economistas, periodistas y divulgadores en general. Sin embargo esta realidad está siendo trufada con opiniones, supersticiones y a veces, me atrevo a decir, mentiras, y que acaban construyendo un imaginario colectivo que nada tiene que ver con la realidad. En particular sobre las causas que explican tal tendencia estructural. 

No, no hablo de Piketty. El economista francés es uno de los grandes investigadores que más ha aportado al conocimiento de las causas del aumento de la desigualdad. Es cierto que su libro ni es lo mejor ni es lo más acertado que ha hecho el galo, pero no es menos cierto que sus trabajos son muy interesantes, y sugerentes. Más bien me centro en aquellos que han tergiversado sus ideas, o simplemente han elegido obviar muchas otras que ayudan a entender este evento tan trascendental de las sociedades de inicio del siglo XXI.

Pero antes de entrar en detalle una aclaración. La evolución de la desigualdad tiene causas coyunturales y estructurales. Respecto a su componente coyuntural, podemos afirmar que la desigualdad es contracíclica. Suele crecer en recesiones y caer en expansiones, aunque esto último no es tan cierto en las últimas décadas. La principal razón es el aumento del desempleo ya que éste suele golpear con más intensidad a las familias menos favorecidas, pues su dotación de capital humano, experiencia y su “network social” los hace más vulnerables. Por el contrario, el resto de familias suelen sufrir menos los envites de una crisis económica. El desempleo es, por ejemplo, la principal razón del aumento de la desigualdad en España desde 2008.

Sin embargo me interesa detenerme más en las razones estructurales, pues son las que permanecerán una vez la crisis sea un mal recuerdo. Para ello les recomiendo leer un trabajo reciente del Fondo Monetario Internacional (aquí). En él se muestra un resumen de lo que la literatura ha señalado desde hace ya décadas como las principales causas del aumento de la desigualdad. A saber, y como encontrarán descrito en dicho trabajo: cambio tecnológico, debilitamiento de las instituciones laborales y, en menor medida, globalización. Las consecuencias, mayor desigualdad, polarización del empleo y de los salarios y caída de la porción de la tarta que los trabajadores poseen.

La caída del peso de la renta salarial se explica en gran parte por el cambio tecnológico. Las evidencias a este respecto son numerosas

Así, por ejemplo, y empezando por el final, la caída del peso de la renta salarial se explica en gran parte por el cambio tecnológico. Las evidencias a este respecto son numerosas. Por ejemplo, en este trabajo (aquí), Karabarbounis y Neiman muestran que al menos el 50 % de la caída global del peso de la renta salarial viene motivado por esta razón. En este otro, Matthew Rognile muestra que el aumento de la amortización necesaria de un capital físico cada vez más complejo y con una vida útil cada vez menor, ha reducido la renta disponible para el resto de factores. La explicación es sencilla, la elevada rotación del capital tecnológico comparado con la del capital más tradicional, obliga a las empresas a su rápida sustitución, elevando la amortización necesaria, y por ello reduciendo la retribución de los factores, no solo el trabajo sino además el capital. Así, una vez eliminada de la contabilidad la amortización, las rentas salariales dejan de caer. Si a esto sumamos el peso cada vez mayor del capital inmobiliario, con una retribución “abultada” desde hace no menos de treinta años, hasta 2007-2008 tenemos una ecuación que al despejarla explica las razones para la caída del peso de las rentas salariales. Aunque estás son las principales razones, existen otras no menos importantes, aunque no es este post el lugar de describirlas todas. No obstante, si desean un análisis más completo les recomiendo la lectura de este post magníficamente escrito por Daniel Marbella (aquí). 

También, el cambio tecnológico explicaría la polarización en el empleo y salarios de los trabajadores en muchos países. Una mayor demanda de trabajo cualificado con salarios cada vez más altos y de trabajadores manuales asociados a actividades de baja retribución pero necesarias (por ejemplo asociadas a tareas asistenciales), a cambio de una “clase media de empleos” que va desapareciendo gracias a la robotización explicaría el aumento en la brecha salarial entre los cada vez más diferentes “grupos” de trabajadores.

En segundo lugar, el debilitamiento de las instituciones laborales ha tenido un efecto claro en el aumento de la desigualdad desde los ochenta, en especial en los países aglosajones, aunque extendiéndose posteriormente al resto de países occidentales. El papel cada vez menos importante de los sindicatos o la caída en términos reales del salario mínimo interprofesional, explicaría un aumento en esta desigualdad al eliminar parte del “suelo” que servía de apoyo a los salarios más bajos. Sin embargo, y en contra de lo que se ha venido a discutir en algunos foros recientemente, no existe ninguna evidencia, al menos de momento, de que el debilitamiento de las instituciones laborales haya permitido el excesivo aumento de las rentas más altas. Al parecer, y en esto hay que acudir a Piketty, gran parte de la causa para tal aumento es principalmente una reducción para algunos países de los impuestos pagados por las rentas más altas.

Por último, la globalización. El intenso acceso a los mercados de países como China, desde los noventa, y más recientemente India, Rusia, Brasil o Sudáfrica, está presionando no sólo el comercio internacional con exportaciones baratas, sino “exportando” mano de obra barata, aunque tendiendo cada vez más hacia productos más sofisticados, así como modificando el modo de entender los procesos de producción. Esto provoca, y lo hará más intensamente en los próximos lustros, una necesaria reacción en las relaciones laborales y en los salarios de los trabajadores del “primer mundo” cuya actividad o bien compite directamente con la de los trabajadores de estos países, o bien son derivadas de estos efectos. No quiere decir esto que haya que igualar nuestras “condiciones laborales” a las de nuestros nuevos competidores, pero sí normalizarlas a un entorno novedoso y mucho más dinámico que el de hace tan sólo veinte años.

La desigualdad ha llegado no sólo para quedarse, sino incluso para hacerse más intensa

En consecuencia, la desigualdad ha llegado no sólo para quedarse, sino incluso para hacerse más intensa. El propio FMI propone políticas públicas que la limiten, pues este mismo organismo presentó en un análisis previo que la desigualdad y el crecimiento no son necesariamente buenos compañeros. Como en muchas otras cuestiones, estas políticas necesariamente deben aplicarse para sólo obtener resultados a muy largo plazo. Por lo tanto sólo una férrea voluntad política mucho más allá de los dictados cortoplacistas nos evitará convivir con cifras de desigualdad cada vez más elevadas.


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