OPINIÓN

Lo que aprendí en Pompeu Fabra

Los acontecimientos de no solo esta semana, sino especialmente por todos aquellos que faltan aún por venir, determinará un enorme coste tanto para la economía catalana como para la española, aunque especialmente intensa en la primera.

Lo que aprendí en Pompeu Fabra.
Lo que aprendí en Pompeu Fabra. EFE

Muchos hemos pasado por las magníficas aulas de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. En mi caso, para hacer un master y doctorado. En ellas, sin duda, llegamos a aprender muchísimo. Profesores de la talla de Xavier Sala-i-Martín, Andreu Mas-Collel, Jordi Galí, Jaume Ventura, José García Montalvo, Tim Kehoe, Albert Marcet, Jaume García o Antonio Ciccone, entre muchos otros, han dado clase entre sus muros o siguen haciéndolo. Todos ellos de enorme valía y muchos merecedores de los mejores y más importantes galardones por los que un economista puede ser reconocido. Unos explicaban crecimiento, otros ciclos, otros política monetaria, otros comercio internacional o econometría. Pero en su conjunto todos nos enseñaron a pensar como economistas y a evaluar el entorno económico metódicamente y con coherencia.

Entendimos la relevancia del capital humano y empresarial o la importancia de las instituciones

Uno de los cursos que más disfruté fue el de Sala-i-Martín: crecimiento económico. Aunque sus clases acababan con las pizarras llenas de fórmulas, estados estacionarios, ecuaciones diferenciales y “golden rules”, te ibas con esa sensación de que habías aprendido cosas interesantes y, algunas, poderosas. En particular, su objetivo era introducirnos en las razones del crecimiento económico a largo plazo, deteniéndonos en sus cimientos y determinantes.

A lo largo de sucesivos cursos, como los de mi estimado supervisor, Antonio Ciccone, fuimos completando el dibujo que exponía cuáles eran los fundamentos del crecimiento económico. Durante esos años entendimos, sin embargo, que nuestro conocimiento sobre estos fundamentos resultaba aún imperfecto. No obstante, y a pesar de la cura de humildad que suponía, aprendimos también que cierto consenso existía sobre algunas cuestiones. Por ejemplo, y entre muchas otras, entendimos la relevancia del capital humano y empresarial o la importancia de las instituciones y del comercio internacional para comprender cuáles eran las fuentes desde donde brotaba el desarrollo económico de las naciones.

Cataluña era para mis ojos un muy buen ejemplo de estas hipótesis aprendidas. Cataluña disponía (y aún dispone) de esos mimbres que la convertían en una de las regiones más prosperas y desarrolladas de Europa. Yo, como un andaluz temporalmente  emigrado a Barcelona, sentía envidia sana de su sociedad, de sus instituciones, de su cosmopolitismo y, además, de su gran capacidad de acogimiento. Sin lugar a dudas, pensaba entonces y sigo pensando hoy, todo ello favorecía su desarrollo así como explicaba en gran parte su posición privilegiada en el Mundo.

Cataluña disponía (y aún dispone) de esos mimbres que la convertían en una de las regiones más prosperas y desarrolladas de Europa

Estos mimbres permitieron a Cataluña mostrar seculares ratios de desarrollo superiores a la media española, diferencia que, por cierto, prácticamente no se ha reducido desde el inicio de la democracia. Y es que el desarrollo catalán, desde los años 80 ha sido exitoso, aunque eso sí, similar al del conjunto de España. Como puede verse en el gráfico que muestro a continuación, donde represento el PIB per cápita de las diferentes regiones españolas para 1980 y 2013, se aprecia que Cataluña se sitúa muy ligeramente por encima de la línea de puntos que muestra el comportamiento “medio” del conjunto de España para este período. Todas las regiones están por encima de la diagonal, es decir, todas disfrutan hoy de un nivel de bienestar económico muy superior al de hace 37 años, aunque con ligeras diferencias unas de otras. La cercanía de Cataluña a la linea de puntos indica que la región no ha tenido un comportamiento alejado de la media, algo que no podemos decir de Baleares, por ejemplo. Para tener una referencia de esta similar evolución a largo plazo durante estas décadas, si en 1980 el PIB per cápita catalán era un 18 % superior al de la media española, en 2013 esta diferencia era del 16,5 %, es decir, tanto solo 1,5 puntos menor. A Cataluña le ha ido muy bien dentro de España y en la democracia que ha compartido con el resto de las regiones. Algo de lo que nos debemos congratular tanto los andaluces, como los madrileños y, desde luego, los propios catalanes.

Gráfico
Gráfico A.H.

Sin embargo, lo que aprendimos de nuestros estudios de crecimiento, entre otras muchas cuestiones, es que estas tendencias pueden verse truncadas con facilidad. El crecimiento económico a largo plazo es muy sensible a cambios institucionales que incluso pueden condicionarlo para mucho más tiempo del que creemos. Los acontecimientos de no solo esta semana, sino especialmente por todos aquellos que faltan aún por venir, determinará un enorme coste tanto para la economía catalana como para la española, aunque especialmente intensa en la primera. La amenaza constante de una secesión erosionará el tejido productivo catalán sin remedio. No será algo súbito. Será poco a poco, sin que nos demos cuenta. Pero ocurrirá. La amenaza, no ya sólo de secesión, sino particularmente lo que ello implica como las salidas de la UE y de la UME, podría limar el crecimiento económico a largo plazo, generando paradójicamente una reducción de las diferencias económicas entre catalanes y resto de españoles. Y es que al capital lo que menos le gusta no es la regulación, sino la incertidumbre sobre ella. Lo ocurrido el martes simplemente alarga la agonía y eleva los costes a largo plazo del “procés”.

La amenaza constante de una secesión erosionará el tejido productivo catalán sin remedio

La estabilidad institucional, así como la seguridad jurídica, explican en parte el crecimiento económico a largo plazo. Esto lo aprendimos muy rápidamente y fuimos capaces de ver cómo la evidencia apoya esta tesis. Estas ideas, aprendidas por un servidor en el seno de una prestigiosa universidad catalana, me permiten conjurar las posibles consecuencias de la secesión. Y les aseguro que no son nada halagüeñas. Tant de bo m'equivoqui.


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