OPINIÓN

Uber, ¿el fordismo del siglo XXI?

El 'fordismo' permitía que gente no cualificada generara valor para la sociedad. Tecnología y empleo no cualificado eran complementarios, en el argot economicista. Ese fue el gran hito de la cadena de montaje. Algo similar ocurre con Uber.

Uber, ¿el fordismo del siglo XXI?
Uber, ¿el fordismo del siglo XXI?

Hace unas semanas escribía sobre los efectos de la robotización en la economía . En aquel texto explicaba algo que sin duda es mayoritariamente compartido, pero que era necesario recordar: que el cambio tecnológico tenía efectos disruptivos aunque la experiencia histórica de la humanidad había sido finalmente positiva. En aquel momento dejé para más adelante algunos comentarios sobre otra de las nuevas expresiones del nuevo cambio tecnológico, una parte de la llamada cuarta revolución industrial, y que empieza a mutar nuestros usos y costumbres tanto como consumidores como trabajadores: las plataformas de economía “colaborativa” o gig economy.

Las plataformas de economía colaborativa tipo Uber, TaskRabbit o Deliveroo aprovechan el uso masivo de los teléfonos móviles (smarts phones) y sus aplicaciones para poner en contacto, con la celeridad que permite un clic, a consumidores con productores. Su carácter revolucionario no sólo proviene de la tecnología que lo habilita, sino en particular en algunos casos porque permiten nuevos modelos de negocio que vienen a competir con otros más tradicionales, estructurados en una red de regulaciones que les otorga poder de mercado y rentas monopolísticas, minando con ello el statu quo que estos negocios mantenían desde hace décadas. Otras, simplemente, facilitan la creación de una relación de consumo que sin ellas sería prácticamente imposible que existiera.

Uno de los efectos habitualmente señalados de esta nuevas plataformas es la de reducir los estándares de calidad de la relación laboral que se crea para la satisfacción de la necesidad

Uno de los efectos habitualmente señalados de esta nuevas plataformas es la de reducir los estándares de calidad de la relación laboral que se crea para la satisfacción de la necesidad. Es decir, aumenta la precariedad. La palabra gig tiene varias acepciones, pero reflejaría una relación laboral concreta en el tiempo, puntual. De ahí que la expresión gig economy refleje perfectamente cómo se caracterizan las relaciones laborales en el seno de estas plataformas digitales.

Como expliqué la semana pasada, un informe del propio Parlamento Europeo así como otros análisis más técnicos como es el de la consultora McKinsey, alertan de los efectos que este tipo de negocios puede tener sobre las relaciones laborales. El llamado Imperio del Consumidor y de la Inmediatez exigen reconstruir unas relaciones tradicionales entre empleador y empleado que ya no encajan bien, o eso se cree, en este nuevo paradigma de negocio. Las relaciones laborales deben ser, así, re-interpretadas bajo el manto de la flexibilidad.

Uber es buen ejemplo de cómo un cambio tecnológico puede llevar, si existe voluntad para ello, a una mejora en las condiciones laborales y económicas de los recién llegados

Sin embargo, no todas las plataformas son necesariamente disruptivas en cuanto al empleo y muchas de ellas podrían sin problemas avanzar en direcciones más equitativas en cuanto a las relaciones entre empleado y empleador. Es más, algunas simplemente representan la reedición de experiencias pasadas cuya resolución terminó por ser exitosa tanto para empresa como para trabajador. Es el caso, en mi opinión, de plataformas tipo Uber. Es esta un buen ejemplo de cómo un cambio tecnológico puede llevar, si existe voluntad para ello, a una mejora en las condiciones laborales y económicas de los recién llegados al negocio en comparación con aquellos que ven su empleo y negocio amenazado.

Hace ya cien años a Henry Ford se le ocurrió una genial idea. Observaba la producción de sus coches en su factoría y no le convencía la eficiencia de la misma. Sus empleados, muy cualificados para tareas más o menos específicas, pasaban a trabajar de un coche a otro de forma no necesariamente ordenada y con mayor similitud a una tradicional actividad artesanal. Se dice que Ford, para solucionar la pérdida de tiempo que suponía este tipo de organización, asimiló de forma inversa la organización productiva que las factorías cárnicas llevaban aplicando desde hacía no menos de un siglo. Mediante el uso de cadenas, trenes de montaje y ganchos, pollos y otros desafortunados animales eran ordenadamente descuartizados y destripados para mayor utilidad del consumidor, y que así obtenía un producto más barato y mejor preparado. Henry Ford pensó que si organizaba a sus trabajadores y a las tareas sobre una cadena de montaje, y no de desmontaje que es lo que supone descuartizar a estos animales, podría mejorar la eficiencia de los mismos y con ello producir una mayor cantidad de coches a menor precio.

La cadena de montaje afectó a cómo se creaba valor además de quién se beneficiaba por ello. Por supuesto Ford fue el gran beneficiado, pero también lo fueron sus trabajadores

La cadena de montaje afectó a cómo se creaba valor además de quién se beneficiaba por ello. Por supuesto Ford fue el gran beneficiado, pero también lo fueron sus trabajadores. Para que nos hagamos una idea, en la fábrica de Ford un trabajador no necesariamente cualificado, con pocas capacidades de crear valor fuera de ella, generaba riqueza gracias a esta innovación tecnológica. Dicho en un modo más resumido, el fordismo permitía que gente no cualificada generara valor para la sociedad. Tecnología y empleo no cualificado eran complementarios, en el argot economicista. Ese fue el gran hito de la cadena de montaje. ¿A qué coste? La expulsión de trabajadores medianamente cualificados que veían cómo sus habilidades y conocimientos ya no eran estrictamente necesarios, al menos en dicha factoría, para crear valor.

Algo similar ocurre con Uber, tal y como cuenta en su reciente libro Ryan Avent , “The wealth of humans”. La “industria” del taxi es una reminiscencia del pasado. La pesada regulación que aún protege esta actividad pudo tener un sentido en décadas pasadas, aunque hoy sea en sí misma disruptiva. Cuando aparecieron los taxis, los bajos costes de entrada al negocio amenazaba con colapsar ciudades enteras. Esto obligó a los regidores urbanos a limitar el número de taxistas con derecho a desempeñar la labor así como imponer ciertas barreras de entrada, como por ejemplo conocer el callejero de la ciudad en la cual vas a desarrollar tu actividad. Con el tiempo, además, hubo que imponer cuotas de taxis para ciertas carreras, como el de los aeropuertos, más lucrativas, ya que la rentabilidad diferenciada de las mismas terminaban aglomerando a los taxistas en ciertas zonas de la ciudad mientras que otras quedaban prácticamente desiertas y desabastecidas de este servicio “público”.

Como muestran en su trabajo Judd Cramer y Alan B. Krueger, los “taxistas” de Uber son más eficientes, por lo que sus ingresos medios por hora serán superiores a los del taxista tradicional

Sin embargo, la aparición de estas plataformas pone solución a estos grandes problemas sin necesidad de imponer cuotas o regulaciones. La contratación del servicio, estés donde estés, permite que éste se distribuya más homogéneamente sobre el territorio de la ciudad, además permite que los coches no necesiten estar estacionados en ciertos lugares a la espera de la llegada del cliente. Como muestran en su trabajo Judd Cramer y Alan B. Krueger, esto lleva a que los “taxistas” de Uber sean más eficientes, por lo que sus ingresos medios por hora serán superiores al del taxista tradicional. Como explica Avent, aquí radica la similitud entre Uber y Ford. Dado que ya no es necesario tener habilidades tales como conocer un callejero - tenemos GPS para ello- el conductor de Uber no es necesariamente un empleado “cualificado”, más allá de que sabe conducir, pero que sin embargo está capacitado, gracias a esta nueva plataforma, gracias a esta tecnología, para obtener un valor por su actividad superior al que se venía obteniendo mediante “tecnologías” más tradicionales. Además, y esto es lo interesante, al igual que Ford tuvo de enfrentarse a los efectos nocivos que podrían crear la realización de tareas repetitivas que las cadenas de montaje exigían durante horas, y que solucionó subiendo sueldos y reduciendo la jornada laboral, no hay nada que impida que plataformas tipo Uber no puedan mantener una buena simbiosis, en parámetros aceptables, de seguridad laboral y social para “sus” empleados. Todo es querer.

La economia "gig”, como se le empieza a llamar, puede tener efectos diferenciados en función del tipo de servicio que se contrata y la mejora de eficiencia que supone

Otras plataformas, sin embargo, permiten mercantilizar servicios que en cierto modo no suponen una mejora sustancial en la eficiencia del mismo, aunque sí facilitan el contacto entre consumidor y productor. Son principalmente plataformas en las que contratas tareas puntuales, como TaskRabbit, ejemplo de muchas otras. En unos casos siguen siendo empleados cualificados los que siguen ofertando un mismo servicio aunque más fuertemente sometido a una competencia que exige menores precios. En otros casos, no son trabajadores cualificados y simplemente tienen la oportunidad, gracias a estas aplicaciones, de obtener unos ingresos que de otro modo no sería posible. Son personas sin cualificación (exigida) ofertando servicios puntuales de, en muchos casos, baja retribución. Ya saben, si quieren que le guarden cola para obtener unas entradas para la siguiente final de la Champions descargue la aplicación adecuada. A diferencia de los taxistas de Uber, en estos casos no será tan fácil el acoplamiento entre estas nuevas relaciones laborales y los estándares sociales que tratamos de exigir. Los conflictos no se harán esperar, como demuestra las primeras reivindicaciones de los mensajeros de Deliveroo .

En resumen, la economia "gig”, como se le empieza a llamar, puede tener efectos diferenciados en función del tipo de servicio que se contrata y la mejora de eficiencia que supone. En algunos casos no se crea un mercado nuevo, pero la razón de ser supone una mejora en la eficiencia de la actividad. Un fordismo del siglo XXI. En otros, sin embargo, se aprovecha la disponibilidad de mano de obra barata o abundante y dispuesta para a llevar a cabo una actividad existente pero a precios inferiores a los que se pagaba antes de la aparición de la plataforma. Es en este segundo caso donde la precarización puede ser más intensa y difícil de reducir. Mientras tanto, demos la bienvenida a esta “nueva” economía. Si aprendemos a domarla puede resultar, como siempre, muy beneficiosa para todos.


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