OPINIÓN

El Trauma de la Inflación

El celebérrimo “haremos lo necesario” supuso el punto y final a estos errores que sumieron a Europa – recuerden que fue una decisión política- en la segunda de las recesiones en el período 2011 y 2013.

El Trauma de la Inflación.
El Trauma de la Inflación. EFE

Hay quienes odian la fruta escarchada en los roscones de Reyes. Hay quienes odian el queso y hasta hay quienes odian el jamón; el ibérico, se entiende. Incomprensible pero cierto. Todos tenemos nuestras fobias y buenos y malos gustos, y según algunos expertos gran parte de ellos son consecuencia de traumas vividos en el pasado, o simplemente porque nacimos con ellos. Ni idea, la verdad. Pero igualmente que en los asuntos mundanos de andar por casa mostramos nuestros rechazos y rarezas, en el mundo de la economía existen igualmente algunas fobias que responden de similar modo a traumas sufridos en el pasado.

Los casos de hiperinflación no se originan tanto por políticas monetarias desbocadas sino por la prevalencia de políticas fiscales deficitarias en países con instituciones débiles

En Alemania hay dos grandes miedos derivados de un pasado traumático. El primero de ellos es de sobra conocido y sobre el que no vamos a entrar. El segundo, la inflación. Corría el año 23 del siglo pasado cuando Francia había invadido la cuenca del Ruhr en represalia por los impagos de Alemania. Simplemente el país, por muchas razones más en las que no me voy a detener, no podía hacer frente a las “mensualidades” impuestas por el ignominioso Tratado de Versalles. Las tropas francesas, ávidas de infligir cualesquiera de los insultos posibles al que fuera su encarnizado enemigo no hacía muchos años, cruzaron la entonces virtual frontera y trataron de cobrarse los pagos en especie. El gobierno alemán, en reacción, instó a la huelga a sus obreros del sector minero e industrial, mientras, a cambio, pagaba sus sueldos con cargo a un déficit fiscal rampante que se financió mediante la impresión de dinero. La política monetaria se supeditó a la fiscal. Y es que los casos de hiperinflación, tengan esto en cuenta - algún día le dedicaré un post-, no se originan tanto por políticas monetarias desbocadas sino por la prevalencia de políticas fiscales deficitarias en países con instituciones débiles.

Muchos conocen este hecho. La hiperinflación alemana -también extendida a Austria, Hungría y otros países de la órbita centro-europea- fue extrema. Las imágenes de empapelados de pared con billetes o niños usando paquetes de billetes cual bloques de Lego para construir un castillo, ha quedado en el imaginario. Sus consecuencias, sin embargo, no fueron tan “curiosas”. La clase media alemana fue barrida de un plumazo y, en consecuencia, se puede decir que supuso el definitivo germen para el nazismo. No es casualidad que el famoso Putsch de la Cervecería de Múnich fuera justamente en 1923.

Los alemanes, cuando nacen, traen consigo tres cosas: un coche, un acento imposible de reproducir y una fobia a la inflación

Desde entonces, los alemanes, cuando nacen, traen consigo tres cosas: un coche, un acento imposible de reproducir y una fobia a la inflación. Las historias de mesa camilla de abuelos a nietos sobre las consecuencias de la inflación compitieron con otras más terroríficas. Cuentan que las noches de campamento de verano en Baviera no se contaban historias escritas por Mary Shelley o John William Polidori. No. Cuando un monitor quería infundir miedo a los inocentes niños alemanes a la luz de las llamas de una hoguera solo tenía que explicarles qué era la inflación.

Esta animadversión a la inflación, razonable diría yo, explica en parte la reacción del Banco Central Europeo ante los eventos de la crisis económica entre 2008 y 2012. Por un lado, la reacción tibia en un inicio por parte del BCE, a pesar de que fuera de los primeros en proponer expansiones de balance, aunque claramente insuficientes, y su claro objetivo de mantener a toda costa la estabilidad de precios, le hizo cometer dos veces el mismo error: subir tipos cuando, en la primera de las ocasiones, la economía europea enfilaba el precipicio y cercenar la recuperación cuando esta parecía reverdecer en la segunda ocasión. En ambos casos, Jean-Claude Trichet, el entonces presidente, atendió tanto a los “consejos” teutones como a algunos trabajos que, desde una parte de la academia económica, recomendaban no solo la austeridad en la política monetaria sino especialmente en la fiscal.

La primera subida de tipos se hizo en julio de 2008, justo antes de la caída de Lehman Brothers

La primera subida de tipos se hizo en julio de 2008, justo antes de la caída de Lehman Brothers. Esta subida tuvo que ser rápidamente revertida, tan solo tres meses después, dados los claros efectos negativos de la misma. Por entonces, el repunte de la inflación, cómo si no, pudo más con la posibilidad de un agravamiento del ciclo económico recesivo. Rápidamente los tipos fueron recortados hasta el 1 %, dejando atrás aquella eventual fase de locura económica de un banco central excesivamente germanófilo.

La segunda de las veces fue en abril de 2011, cuando Trichet creyó solventada la crisis y por lo tanto llegado el momento de subir los tipos ante el temor a un repunte de la inflación. Nuevo error, nueva incapacidad para prever las consecuencias de tales acciones y de nuevo, un excesivo miedo, infundado, sobre la inflación.

Más aún, el halo germano llegó no solo a través de una política monetaria, también la política fiscal fue claramente influenciada bajo el paraguas del temor a la inflación (y de la obligación de imponer restricciones a los países desvergonzados del sur). Este halo venía claramente influenciado por el criterio de una parte de la literatura académica, aquella liderada por un tal Alesina que promulgaba la austeridad fiscal para salir de una crisis de deuda y una famosa hoja de cálculo Excel de unos Rogoff y Reinhart, quizás excesivamente papistas con esto de la deuda. Rápidamente la política monetaria se quedó sola en la ciudad para librar su particular batalla contra la recesión y la deflación y solo el italiano Mario Draghi pudo darle la vuelta a la situación. Mientras, los países adoptaban la austeridad fiscal para contener el déficit y la deuda, sin saber que haciendo eso, precisamente y aunque resulte paradójico, alentaban su crecimiento.

Woodford dijo una vez que la política monetaria simplemente se había convertido en una política de mensajes

El celebérrimo “haremos lo necesario” supuso el punto y final a estos errores que sumieron a Europa – recuerden que fue una decisión política- en la segunda de las recesiones en el período 2011 y 2013. Dragui no solo advirtió, sino que además actuó. Woodford dijo una vez que la política monetaria simplemente se había convertido en una política de mensajes. Aquel mensaje lo cambió todo. Aunque como suelo decirles a mis alumnos, las políticas de comunicación tienen que suponer amenazas creíbles. Porque si no lo son, tarde o temprano, nadie te cree. Si eres padre o madre es lo mismo que amenazar a un hijo o hija con consecuencias ante comportamientos indeseados. No amenaces con aquello que no puedes cumplir. Dragui llegó, amenazó, disparó y ganó. Pero solo en 2014, siete años después de iniciada la crisis el BCE se quitó de encima las alforjas teutonas, pudiendo llevar a cabo una política monetaria cercana a las experimentadas por los Estados Unidos y el Reino Unido, así como otras economías occidentales. Mientras, ciertos países de la moneda única llevaban a cabo su particular ajuste fiscal, pero ya en un entorno más amigable. Aun así, la política monetaria permanecía como la única jugadora en la mesa, lo que terminará por agotar su capacidad.

Esta historia la comparten muchos economistas, en particular Ángel Ubide, de cuyo libro “The Paradox of Risk, Leaving the Monetary Policy Comfort Zone” he derivado gran parte de esta argumentación. Los prejuicios económicos pueden ser, como han podido comprobar, muy costosos. Es cierto que muchos hemos aprendido durante estos años, pero no es menos cierto que muchas de las actuaciones llevadas a cabo por los responsables políticos se basaron en simples apreciaciones derivadas de traumas del pasado. Como explicaré más adelante, hoy podemos decir que en gran parte de la inflación no es un fenómeno monetario. En Europa hemos tardado 7 años y una recesión en caer en la cuenta.  


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